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Carlos Paolillo

Diálogo desde el cuerpo

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Cada vez más se imponen las visiones de la danza más allá del movimiento. Se trata de aproximaciones al cuerpo desde perspectivas más integrales, que incluyen tanto lo creativo, múltiple y casi inaprensible, como lo terapéutico, en boga y de creciente revalorización. El divertimento, como reinterpretación estética de la realidad y también reflejo de los procesos de socialización humana, se mantiene como impulso vital en la tradición occidental, que conduce finalmente hasta el éxtasis. También su sentido ritual prevalece como herencia ancestral. Pero el cuerpo ya no es mera especialidad y temporalidad escénicas. También es poética de la escritura, del conflicto dramático y de la experiencia visual.

Como pocos, la poeta venezolana Hanni Ossott entendió la dimensión trascendental del movimiento. “Cuerpo es ser en totalidad”, escribió en su libro fundamental Memoria en ausencia de imagen. Memoria del cuerpo, publicado por Fundarte, del que se conmemoran 35 años de su primera edición. Los textos que lo integran constituyen en sí mismos una indagación  sobre la corporeidad como suceso interno, susceptible de convertirse en expresiones diversas a partir de la racionalización de lo emotivo.

Para Ossott baile y danza no son sinónimos. El baile, dijo, es cacería. “Hay en él una economía de movimientos, una distancia, una trampa (…) el baile se enseña, posee un rigor, leyes y fines”. A su vez, el cuerpo que danza carece de límites. Se hace necesario, por tanto, “aflojar la libertad de ser, liberar todo ejercicio de iniciación, toda fatiga corporal (…) danzar, hablar desde el cuerpo significan hoy que no hay un ‘afuera’ para nosotros. Solitario el poeta, el filósofo, el danzarín, ebrios de su propia energía dibujan para sí mismos el entorno de su fertilidad”.

De acuerdo con su vivencia espiritual, el movimiento tras el éxtasis representa una experiencia mística que lleva consigo la superación del propio cuerpo. “Exige una reiterada disciplina, un ejercicio de entrega, una meditación, un dominio de lo sensible que suspendido alcanza lo divino”. Y con san Juan de la Cruz advierte sobre la percepción de Dios a través de los sentidos, al tiempo que asegura que “el amor místico volvió positiva la tendencia disolutoria del cuerpo en éxtasis”.

Danzar, que es dialogar desde el cuerpo, al sentir de Ossott, indica que no hay ámbito exterior, solo una secreta interioridad. “Las gesticulaciones compartidas en la danza  o en las hablas rotas, la ‘comunicación’ entre los danzarines se dan a zarpazos, brechas comunicativas que se abren y se cierran (...) Cada cuerpo, cada realidad posee allí su gramática secreta”.

En el prólogo de la segunda edición de Memoria en ausencia de imagen. Memoria del cuerpo, debida a la Universidad de Antioquia, Colombia en 2006, el bailarín venezolano Luis Viana propone al lector “que aprecie el éxtasis del reposo físico mientras lee y la vigilia de su propia intranquilidad mientras proyecta en pensamientos las palabras que comparte. Que inexplicablemente dance”.

La voz poética y filosófica de Hanni Ossott apunta hacia un movimiento escrutado antes que  formalizado. La danza complace y desgarra. Es un cuerpo distinto al únicamente lúdico y desaprensivo. La unidad de ser, que refiere, es la unión íntima y amorosa del cuerpo y el pensamiento, en la que el abatimiento también está presente.