• Caracas (Venezuela)

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Vladimir Villegas

¡Diálogo, ahora más que nunca!

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En El Salvador, años ochenta y tantos, una guerra civil le costó la vida a casi 100.000 seres humanos, para que, finalmente, después de una sangrienta década de combates, las partes en conflicto llegaran a acuerdos de paz, se incorporaran los grupos guerrilleros a la política y la nación centroamericana emprendiera un proceso de reconstrucción nacional para abrir paso a la democracia. Hoy el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional es gobierno y es altamente probable que retenga el poder en la segunda vuelta electoral que tendrá lugar próximamente.

En Venezuela estamos a tiempo de parar la caída hacia el tobogán de la violencia incontrolable. Ciertamente, hemos ido lejos en los últimos días, pero lo que ha ocurrido es apenas un cuento infantil con lo que nos puede pasar si no le bajamos dos a la locura. Más de diez muertos, centenares de detenidos, decenas de heridos y bienes públicos y privados sometidos a la dinámica de la destrucción son más que suficientes para que le metamos algo de sensatez al asunto. ¿O mejor esperamos un poco más de sangre, violencia y muerte para sentarnos a conversar sobre lo que nos reclama nuestra adolorida patria?

No es aceptable la violencia en cualquiera de sus presentaciones y venga de donde venga. Tampoco es aceptable que en nombre de la necesidad de enfrentar a quienes promueven guarimbas, destrucción de bienes públicos y escenarios que pueden derivar en acciones claramente insurreccionales se apliquen medidas represivas que violenten los derechos humanos y las garantías constitucionales. El uso de armas de fuego en manifestaciones está expresamente prohibido por las leyes nacionales y por los convenios internacionales. La tortura es un delito contra los derechos humanos y como tal no prescribe. El propio gobernador del estado Táchira, José Vielma Mora, ha ofrecido excusas por los excesos de la Guardia Nacional.

Como principio, debe respetarse absolutamente la protesta pacífica, que enriquece la democracia y permite la expresión cívica del descontento. En tal sentido, ha sido inobjetable desde esa clara perspectiva la concentración opositora del pasado sábado en El Marqués. Pero así como no se debe guardar silencio frente a los abusos contra los derechos humanos, y ante la acción de grupos armados que se autodefinan como revolucionarios, tampoco puede callarse frente a la expresión violenta que se ha enseñoreado en varios puntos de la capital, particularmente en el municipio Chacao, así como en el estado Táchira y en otras regiones del país.

¿Eso de colocar guayas para provocar la muerte de motorizados entra dentro de la categoría de protesta cívica? ¿Qué otras acciones aberrantes debemos presenciar para convencernos de que hay que aislar la violencia y darle fuerza al diálogo autocrítico y fructífero para encaminar la solución de los grandes problemas del país? ¿O va a pasar a la categoría de prócer quien dé clases de cómo matar con mayor efectividad?

Es hora, repito, de rescatar el diálogo como herramienta de solución de nuestros conflictos como sociedad. Tiene el presidente Nicolás Maduro la mayor responsabilidad en la creación de condiciones para que dialogar y rectificar se conjuguen simultáneamente. Y la oposición democrática también tiene que mostrarle al país su capacidad de actuar políticamente y de aislar de su seno las corrientes que le rinden culto a la violencia y a los atajos para la toma del poder. Es responsabilidad de todos que el país no se nos vaya de las manos.


Muertes dolorosas

Las ocurridas con motivo de las situaciones de confrontación política. Y a ella se suma el dolor por la partida de Simón Díaz, ese baluarte y referente de la venezolanidad. Queda su huella imborrable, su música y también sus herederos, para preservar y cultivar su legado. Un abrazo a sus familiares, en especial a doña Betty y a Betsimar.

Y también expreso mi pesar por la partida de mi entrañable amigo y casi hermano Wolfgang González, fallecido el pasado sábado, justo cuando cumpliría 56 años. Fue un excelente servidor público en la Cancillería, pero sobre todo un ser humano de nobles sentimientos