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Fernando Luis Egaña

¿Diálogo o abismo?

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Después de la larga cadena que proyectó la sucesión de intervenciones de voceros oficialistas y opositores, o el diálogo convenido con Unasur y llevado a cabo en Miraflores, siento la obligación de destacar un parecer previo del declarativo canciller de Ecuador, Ricardo Patiño, uno de los más activos en este particular, en el sentido de que en Venezuela si no se produce el diálogo se cae en el abismo... Parecer asumido por el no menos declarativo gobernador del estado Lara, Henri Falcón, quien simplifica la cosa en estos términos: “O el diálogo o el abismo”.

Ese dilema no es verdadero, por la sencilla razón de que Venezuela ya está en el abismo. En el abismo político de la represión y la violencia o terrorismo de Estado. En el abismo económico de una megacrisis catalizada por los delirios seudoideológicos y el monumental latrocinio. En el abismo social de la explosión continuada de la violencia criminal que nos coloca a la cabeza de las naciones más violentas del mundo. Entonces, no es verdad que el diálogo de Unasur sea la alternativa a la amenaza del abismo, porque el abismo ya es la realidad fundamental del país.

De allí que el propósito del diálogo tenga que ser la superación de las causas que han sumido a Venezuela en el abismo. Y la causa central es el montaje de una hegemonía anticonstitucional que se ha acostumbrado a hacer lo que le da la gana, y que por ese desempeño arbitrario y despótico del poder ha desbaratado las inmensas oportunidades de desarrollo de la bonanza petrolera más sostenida de la historia. Para decirlo con las palabras de la Conferencia Episcopal Venezolana en su reciente comunicado del 2 de abril: “Causa fundamental de esa crisis es la pretensión de implantar el llamado Plan de la Patria, detrás del cual se esconde la promoción de un sistema de gobierno de corte totalitario”...

Aquí está el meollo de la cuestión. La raíz de la cual parte todo el universo de desmanes y atropellos que caracterizan el proceder de esta hegemonía que, debe recordarse, tiene más de factura castrista que de vernácula. Mucho debe temerse que el diálogo configurado por Unasur no tenga presente esta esencia. Acaso lo contrario: su aspiración principal es el reforzamiento de Maduro como titular del poder –lo que el referido canciller Patiño denomina: “Defender el Estado de Derecho y la legitimidad de una institucionalidad”– y la reparación, así sea parcial, de la erosionada imagen internacional del régimen que preside. En pocas palabras, lo que los operadores políticos distinguen como una “operación de control de daños”.

Por supuesto que ese no es el objetivo de los participantes de la MUD y es de esperar que sean conscientes del terreno en que se mueven. Casi todos los expositores del evento miraflorino así lo reflejaron, unos con más fuerza que otros. Es indispensable, por tanto, que la presión popular no solo continúe sino que se ramifique.

La protesta justa y legítima, la protesta social y de calle es una expresión natural y positiva de inconformidad y rebeldía ante el abismo. Y hay que defenderla de la manipulación propagandística de equipararla con la “violencia”. Pues la violencia está en la represión barbárica de la protesta por parte de la hegemonía, a través de las bandas armadas, los asesinatos, las torturas, la persecución judicial, etcétera. La violencia no está en la protesta de los sectores estudiantiles, vecinales, sociales o gremiales.

Mucha gente tiene grandes expectativas sobre el diálogo instado por Unasur. Yo no. Si ese diálogo ayuda a salir del abismo, muy bien. Un logro histórico. Pero si su premisa es la de “diálogo o abismo”, entonces muy mal porque es una premisa falsa. Llevamos tiempo en el abismo. Y ese abismo, desde luego, puede hacerse más abismal.