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Pedro Conde Regardiz

Diálogo en Ucrania y Venezuela

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En el contexto geopolítico, la crisis política ucraniana revela las tensiones que atraviesa el continente europeo, donde los habitantes de la unión de veinticinco países deploran las condiciones de vida a causa del alto y crónico desempleo arrojado por las políticas públicas ineficaces para dinamizar las economías. La teoría económica aceptada no proporciona soluciones. Africanos buscando evadir la pobreza prefieren ahogarse en el Mediterráneo antes de llegar a la tierra prometida europea donde sus nacionales se ahogan también en su amargura por su nivel de vida, que no es precisamente la misma cosa. Por ello, es extraordinario que los ucranianos, en su gran mayoría, quieran devenir europeos, bien que haya algo de surrealista al ver gentes cuestionar el orden establecido para abrazar una institución que los europeos casi desprecian debido a la tecnocracia indiferente, entre otras.

Pero es todavía más extraordinario que Europa no esté en capacidad de ir muy lejos en la perspectiva de una relación significativa. Claro está, no es lo mismo integrar a la pequeña Bulgaria que aceptar a la enorme Ucrania. Hay reticencias. Es algo así como cuando en una buena pensión colocan un aviso con la palabra “completo” para alertar solicitantes de hospedaje. También es verdad que veinticinco alrededor de la mesa ya es complicado, y ampliarlos sería casi imprudente. La cuestión fue ya considerada cuando el caso de Turquía, la cual también deseaba membresía, pero se pospuso para más tarde, puesto que el pez gordo del Bósforo era muy difícil de digerir. Desde entonces Turquía ha crecido en poder, ha trazado su camino.


En Ucrania, el deseo de ser europeos pasa por un cuestionamiento del poder constituido cuando el presidente Yanukóvich rechazó ex abrupto firmar a fines de noviembre en Vilnius el acuerdo de asociación de ucranianos y europeos, lo que provocó una onda de inconformidad cuyas consecuencias nadie sabe cuáles serán. Un momento de verdad para Europa, Ucrania y Rusia. La reacción inmediata de la calle cambió la tonalidad. Todos los actores están estupefactos. Ya que la crisis estaba latente desde hace tiempo, pero sorprendió, en consonancia con la Revolución Naranja, tan espontánea, dirigida contra el mismo hombre y en nombre de los mismos valores: independencia, justicia y democracia. Al escoger a Rusia en lugar de Europa, el jefe del Estado indignó a la opinión y se fraguó la unión nacional para disentir y llamar al diálogo.

En Venezuela, el presidente Maduro convocó a un diálogo con gobernadores y alcaldes opositores. Ahí expusieron calamidades de todo orden e indicaron la situación caótica en que se ahogan los venezolanos, pero, quizá, lo más sorprendente es que el ansiado diálogo tiene como condiciones el aceptar al presidente electo y al presunto plan de la patria, esto es, la imposición de lo que piensa el gobierno acerca del desarrollo nacional, sin considerar lo que opina el “otro”, un vastísimo sector de venezolanos. Querer gobernar ignorando a este es desestabilizante. Podría convocar a un consenso en cuanto a lo que desean los venezolanos con su país, en relación con el conjunto de políticas públicas para mejorar el nivel de vida nacional. Así tendría más poder, y con un plan de la patria realista tanto en contenido como por la amplitud de la convocatoria para expresar ideas relativas a la nación deseada: independiente, justa y democrática, como aspira Ucrania.

El intercambio de opiniones debería llegar al nivel de las corrientes políticas opositoras representativas del sistema político. Si se busca eliminar crispaduras en la sociedad deberían devolverse, como parece que ya sucede, las competencias arrebatadas a alcaldías y gobernaciones; desconocer derechos, elecciones, crispa los ánimos y acrecienta la inestabilidad política, desmiente intenciones serias de dialogar.

Maduro tiene la ocasión de ser un gran presidente como lo pide el país. Venezuela lo agradecería.