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Alberto Barrera Tyszka

Dialogar con la realidad

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A veces pienso que la esquizofrenia se nos ha convertido en un patrimonio nacional. Enciendo el televisor y aparece Hermann Escarrá. Es el mismo Escarrá de siempre, con su voz endomingada y sus palabras redondas. El Escarrá que ha cambiado de bando varias veces sin dar explicaciones, que se muda de ideología pero no de pañuelo. Ese mismo. Dice Escarrá que “la Fuerza Armada ha actuado con mucha prudencia, con mucho cuidado (…) Que el gobierno nacional ha actuado en el marco de los derechos humanos”. Cambio de canal. Ahí está la defensora del pueblo, después de tantos días, reconociendo por fin que ha habido problemas. “Tenemos 757 actuaciones por violación de derechos humanos”, dice. Nos pide confianza y fe. Me regreso y veo de nuevo a Escarrá. Lo miro gesticular con parsimonia. Siempre habla como si estuviera citando la Constitución. Todo esto también es una evidencia de cómo el absurdo se nos ha vuelto una forma de normalidad.

Pero nada como Wills Rangel. La noticia salió este viernes en Últimas Noticias. Me apresuro a aclararlo porque el director de Conatel denunció que los “medios privados” quieren “criminalizar al Estado”. Últimas Noticias es un periódico privado pero tiene un director patriota, que censura los reportajes de investigación que no favorecen la verdad oficial. Así que lo de Wills es una noticia permitida, no subversiva. ¿Y qué dice el presidente de la Central Bolivariana Socialista de Venezuela? Nos anuncia el inicio del “entrenamiento militar de las milicias obreras”. El primer curso empezará con 1.500 trabajadores de la industria petrolera pero la meta es que lleguen a dos millones y medio de personas. “El ejército de Maduro somos los trabajadores”, exclama Rangel. Cierro el periódico y me viene la imagen de Maduro hablando de paz. ¿Qué puede pensar cualquier ciudadano? ¿Qué debe creer? ¿Acaso Wills y Maduro hablan de lo mismo? ¿Acaso se refieren a la misma paz?

El diálogo tiene una condición previa, mucho más sencilla y determinante que cualquier declaración de principios; mucho más simple y definitiva que cualquier propuesta o procedimiento burocrático. Es la condición de la confianza. Casi suena a truco de autoayuda y, sin embargo, es un requisito indispensable para cualquier intento de conciliación. Un mínimo de confianza, de sinceridad y de respeto. Eso es lo primero que hay que recomponer en el país. Y eso pasa, necesariamente, por las instituciones. Mientras el gobierno no comprenda y asuma esto, cualquier intento de diálogo será una morisqueta.

La imagen de Tibisay Lucena con un brazalete tricolor en la celebración del 4-F es más elocuente que todas las conferencias de paz. Es algo tan obvio como asistir a un clásico Caracas-Magallanes y que, de pronto, el árbitro principal salga vestido con una franela de los Leones. Quien no entienda eso, no entiende lo que ocurre en el país. Así de simple. No importa cuántas veces Maduro invoque, invite o proponga un diálogo. Lo que en verdad genera confianza, sinceridad y respeto, son las acciones. El cese de la represión. El fin de las milicias. La liberación de las instituciones… Han confundido la identidad del chavismo con la identidad del país. No es lo mismo. No somos lo mismo. La única manera de que Venezuela sea de todos, empieza por asumir que todos somos diferentes.

La violencia, en gran parte, se alimenta de la impotencia. De la impotencia de un sector del país que cree en el voto y no acepta más a los Reyes Reyes, a los Jaua, a los Villegas, derrotados en elecciones pero impuestos por decreto. La impotencia de un sector del país que no acepta que las reformas rechazadas en el año 2007 se le impongan de otra forma, tramposamente, abusando del poder. La impotencia de un sector del país que no es minoría, al que no pueden seguir carajeando, arrinconando, encarcelando.

De tanto no querer escuchar, el gobierno ha terminado hablando solo consigo mismo. Su único interlocutor es un espejo. Aunque ponga cadenas, se aísla. Aun antes de dialogar con la oposición, necesita aprender a dialogar con la realidad.