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Arnaldo Esté

Dialogar o negociar para un gobierno de transición

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Si vemos con alguna pausa las fotos y videos de las instalaciones de las Conferencias de Paz descubriremos la sinceridad o falsía de los llamados al diálogo: altas tarimas, largas mesas con viceministros y ministros, banderas y otros íconos del poder. Con ese escenario se dan largas exposiciones de logros y propuestas oficiales. Luego se otorgan derechos de palabras o preguntas.

Una agresiva asimetría. Una asimetría parecida a la violencia tan abierta con la que se reprime las protestas y que pareciera querer tapar debilidades.

Sobreponerse a ella requiere  una fuerte voluntad del otro, del que está como asistente a la escena que supere el inevitable temor que ya se ha inducido y que se agrega a ese contexto general de represiones, amenazas y “medidas”.

Ha habido algunos osados.

No, en esos escenarios no se propone paz ni diálogo ni mucho menos negociación. Lo implícito es doblegar,  lo explícito es la propaganda.

Pero más allá de esos escenarios comienza a darse la confesión del agotamiento de la gestión gubernamental y su propuesta. Hay pequeñas muestras, que hay que leer muy entre líneas. Una de esas entrelineas, y con el perdón de los economistas, es el Sicad II, no sólo como devaluación sino como aceptación del mercado para lograr precios.

Más allá de esos escenarios están los graves problemas y la grave crisis que apenas comienza.

Crisis y problemas que no se pueden resolver, ni tan siquiera estudiar sino con el acopio y participación (protagónica, profunda, libre) de todos.

Esta crisis, el estado del gobierno y de la gente, progresivamente llevará al diálogo verdadero y, más allá del diálogo, a la negociación. Negociación entendida como una comunicación que busca un logro eficiente.

Va surgiendo, y es aún muy tenue, esa necesidad. En esta efervescencia esa palabra, negociar,  suena a grosería.

Pero ya le llegará su tiempo.

¿Cuál sería el logro?

La asimilación de lo posible.

Un gobierno de transición. En el marco de la Constitución actual y sin cambiar al presidente, con el referente cuantitativo de las últimas elecciones presidenciales.

Un gabinete de coalición que incorpore a la gente más capaz. Una reestructuración de los poderes públicos de manera de hacerlos fiables, independientes y legítimos. Una reactivación de la apagada Asamblea Nacional, sin delegación por habilitaciones de sus atribuciones y con una respetuosa y proporcional distribución de cargos y funciones.

Desde ese gobierno abordar, proponer y ejecutar un programa de gobierno y de acción social adecuado a las características muy peculiares de este país, sin importaciones ideológicas ni cartillas de uso múltiple. Que no implique retrocesos: ni a revueltas anacrónicas ni a viejos conchabamientos para repartirse los ingresos petroleros.

Todo esto no implicaría la interrupción de los procesos políticos electorales ya pautados por la Constitución.

Será cosa de innovar, de crear.

No hay que asustarse. Los gobiernos de coalición no son novedad. En el mundo emergen las heterodoxias, las hibridaciones ideológicas y los pragmatismos, la multipolaridad. Se macera una mezcla en grandes recipientes de los cuales surgirán otros modos de gobernar y vivir. Otras maneras de construir la realidad. Una mezcla con un catalizador digital omnipresente.

Incluso, las guerras internacionales pasan de moda y las guerras internas que existen se revelan trancadas, costosas y de productos inciertos.

Lo que sí podría asustar es el necesario desprendimiento de las cuotas de poder y beneficios ahora distribuidos. Pero no sería tiempo de retaliaciones ni sanciones y sí de discretas separaciones.