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Ana María Matute

Día de Difuntos

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Pétalos amarillos en el piso marcan el sendero para que los espíritus conozcan el camino hacia el altar. Allí hay más flores, de colores estruendosos, llamativos, cálidos, alegres. Allí hay comidas que a los espíritus les parecerán conocidas y reconocerán por su aroma. Allí hay música, la que les gustaba escuchar, la que bailaban. Hay dulces, banderas, ropa, muñecos, calaveras. Allí hay una fiesta que les dice a los muertos que son bienvenidos, que son honrados y que son queridos.

Ese altar está hecho en la casa pensando en aquel que se fue. Está hecho desde el recuerdo, desde la presencia que no abandona, desde el tiempo compartido. No desde las lágrimas ni la desolación. Allí el espíritu puede pasar la noche bailando con la vida que dejó, con aquello que gozó y saboreó. En esa representación el muerto puede ver que los vivos no lo olvidan, que los vivos lo conservan en sus corazones. Es un ritual de muerte y renacimiento. Una costumbre que une las dos puertas, los dos caminos. Una tradición que pretende el reencuentro y que celebra la belleza de las vidas pasadas.

No hay nada fantasmagórico, no celebra lo oscuro. Celebra la vida que tenemos gracias a los ancestros que tuvimos. No es la cultura de la muerte.

No es aferrarse al pasado.

Tengo la certeza de que me acompañan mis ancestros. Tengo fe en que esta vida da paso a otra. ¿Por qué no hacer como los indígenas mesoamericanos y honrar a mis antepasados? ¿Por qué no celebrar la vida que me dieron?

Lo vertiginoso de la realidad ahoga y atrapa, pero quiero detenerme a pensar en cada una de las cosas que mi padre me dijo: tienes que ser fuerte, tienes que resistir, tienes que ayudar, tienes que querer, tienes que ser solidario, tienes que trabajar, tienes que insistir, tienes que creer en ti. Celebro la vida que me dio en este Día de los Difuntos.