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Pedro Conde Regardiz

Devaneos del fracasado Giordani (I)

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Leía Luis Miquilena, en plena campaña electoral de 1998, los artículos que el suscrito escribía en este gran periódico. Hablamos una vez telefónicamente y me invitó a una reunión en la sede del MVR en la avenida Libertador. Acepté, pues era y soy independiente. Había renunciado a AD en agosto de 1993 por muchas causas. Cuando entré en la sala el día y hora pautados encontré, de la época del ARS en AD, viejos amigos, quienes me acogieron con mucho afecto y avalaron mi presencia. Después, Luis comentó que el proyecto trataba de restablecer “lo que era AD en el 45”, sugiriendo así la traición de este partido. Luego, dijo que llamaría a Giordani para que me incorporase al equipo económico. En efecto, hablé luego con este y me invitó a una reunión el sábado siguiente en su casa. Fui. Me sorprendí cuando vi la escualidez del presunto “equipo”: el estadístico José Rojas, casi sin experiencia, un profesor del Zulia de nombre Domingo, Héctor Navarro y el dueño de la casa. Nos presentamos.

Cuando le tocó el turno a Giordani, palabras más palabras menos: “Yo –dijo– ni sé quién soy políticamente ni para qué me llamaron  para esta tarea, no creo que haya sido por el solo hecho de haber visitado en la cárcel de Yare a ese adulante de muchedumbres. Todavía no entiendo muy bien por dónde comenzar. ¡Qué de veces me lo he preguntado a mí mismo, tan necio como curioso! Pues, si el preguntar comienza en el ignorar, mal pudiera yo responderme”. Entonces, ahí intervine diplomáticamente para detener aquella retahíla de quejas, remordimientos, producto tal vez de momentos depresivos, de frustraciones. Esa tarde hablamos generalidades. Ninguno de los presentes tenía conocimientos teóricos ni conocían profundamente las particularidades de la economía venezolana. Quedamos en reunirnos el sábado siguiente comprometiéndome a presentar el contenido de un trabajo que había redactado para el BCV sobre temas monetarios. En eso llamaron para una reunión con representantes del FMI en el Caracas Hilton. No fui, pues desde el desastroso gobierno del doctor Lusinchi había criticado la instrumentación de la fórmula “el enlatado” de esta institución internacional.  Ellos fueron. Según supe después, la impresión que causaron no dejaba mucho que desear.

Cuando el sábado siguiente nos reunimos, hice la exposición convenida, demostrando cómo las series estadísticas, desde 1983,  sugerían una fuerte correlación entre las devaluaciones del bolívar y la inflación, las cuales devaluaciones inundaban la economía con más bolívares a pesar de que las exportaciones petroleras fueran las mismas o que disminuyeran. Que el BCV fabricaba exceso de dinero que luego recogía pagando intereses. De ahí se desprendían dos medidas de política monetaria y cambiaria a ejecutar. Mantener el tipo de cambio fijo y reducir el monto de dólares que Petróleos de Venezuela cambiaba en el BCV.

Siguieron las reuniones. Hasta que un día Giordani anunció una con el candidato. Fuimos a un apartamento en Alto Prado. Nos recibió Chávez muy amablemente con Rosinés en los brazos. Saludamos a la señora Marisabel. Nos sentamos a la mesa de comedor. Chávez tomó su cuaderno de notas y Giordani nos presentó y me pidió que hiciera una exposición sobre el problema de la deuda, lo cual hice. Chávez anotaba todo lo que yo decía ante la mirada preocupada de Giordani. Me hacía preguntas disculpándose. Le respondí que dentro de mis actividades estaba la de ser profesor y que no me molestaba en absoluto. Más nadie habló. Era un jueves en la tarde. Chávez tomó su agenda y pasó sendas rayas en las partes correspondientes a viernes en la tarde y sábado, queriendo decir, aclaró, que al regresar del interior seguiremos conversando durante ese tiempo reservado. Y así fue. Seguía el furor de la campaña y los trabajos para las medidas de corto plazo. Yo insistía en la necesidad de tener claridad al respecto y proceder a redactar proyectos de leyes, decretos, resoluciones para ejecutarlos al comienzo del gobierno. No llegar con las “manos vacías”, como en efecto sucedió.

Al ganar las elecciones se constituyó la comisión de enlace con el gobierno. Hubo una reunión con el gabinete económico del presidente Caldera en el Ministerio de Hacienda. Ahí Petkoff le reclamó a Giordani que unas declaraciones de Chávez habían perturbado el tipo de cambio. Giordani, como no sabía qué responder, se quedó callado. Tuve que refutar las afirmaciones de Petkoff. Posteriormente me pidieron que estudiase, por mi experiencia como diputado miembro de la Comisión de Finanzas, el presupuesto de 1999 que ya había aprobado el entonces Congreso de la República. Redacté un informe sugiriendo la reconducción del presupuesto y ciertos recortes de partidas para tener un fondo con qué financiar un plan de empleo que aliviase la crisis social Al tomar posesión del gobierno, se sugirió mi nombre para el Ministerio Hacienda, pero cuál fue la sorpresa que nos encontramos con la oposición de Giordani. Y así para otros cargos importantes.

Una vez, Luis Miquilena me dijo que en el punto de cuenta de ese lunes con el presidente Chávez me proponía para presidente del Banco Industrial, añadiendo: “Vente y espérame en el despacho”. Cuando regresó no le vi la cara muy alegre; me anunció que el presidente le había dicho: “Ponte de acuerdo con Giordani sobre el caso de Pedro. Bueno, él viene para acá a las 7:00 pm a una reunión con unos gobernadores, vamos a esperar”. Entonces, me dio pena exigirle a Luis seguir en esa lucha, pues me parecía una desconsideración que siendo ministro del Interior y “padre putativo” que el presidente lo hubiese conminado a ponerse de acuerdo con Giordani, quien ahora era la infamante paternidad de maniobras alegando que yo era adeco. Pensé que era, como en efecto ha sido, un ejemplo de que existe la perversidad humana.

Le comenté: “Luis, prefiero entonces irme al exterior, tú verás, esto será un rotundo fracaso, ese grupito no tienen la menor idea de la política económica que necesita el país ahorita”. “¡Cónfiro, esa es la mejor idea! Voy a llamar a José Vicente”, lo cual hizo por el interministerial y le sugirió mi nombre. Aquel me citó para el día siguiente, martes, a las 9:00 am. Me recibió muy bien y me preguntó: ¿Para dónde quieres ir? Al otro día, miércoles, me llama Luis a la casa como a las 3:00 pm y me dice: Almorzamos José Vicente y yo con el presidente, quien desea nombrar a alguien en Nueva York que domine el idioma, tenga cancha para hablar con empresarios, banqueros periodistas, se propuso tu nombre y quiero saber si aceptas. Le di las gracias y respondí afirmativamente.

Fui nombrado cónsul general en Nueva York. Logré burlar así la oposición del taimado Giordani y reincorporarme a la administración pública, lo cual deseaba después de que los adecos me habían sacado, por mis reiteradas críticas, de la planchas de diputados en 1993. Siempre agradecí al presidente Chávez el nombramiento, pues en la cuarta república ese cargo lo reservaban para allegados, familias, de altos dirigentes o de la oligarquía.

Desde Nueva York noté que, durante 1999, decidieron erróneamente aumentar sueldos y salarios a los empleados públicos con los fondos acopiados mediante las reducciones de las partidas específicas y genéricas sugeridas por este servidor. De lo que se trataba era de aliviar el desempleo y reanimar la economía, no de mejorar a los que ya estaban trabajando, dados los recursos limitados. Acogieron otras de mis recomendaciones como: mantener el tipo de cambio con poca variación, lo cual arrojó una reducción considerable de la inflación en el año 2000, al situarse en 16,2%, bajando de 23,6% en 1999. Después cedieron a las presiones de los partidarios de devaluaciones sucesivas, sobre todo, de los que tienen muchos fondos en el exterior, para corregir presuntas sobrevaluaciones, y la inflación no ha cesado de subir, lo cual origina nuevas devaluaciones y más inflación empobreciendo a los venezolanos. Es un círculo vicioso que hay que romper. Ahí estamos. No lo entienden o tienen otros intereses. El pueblo sufre golpes en el estómago, máxime cuando se niega discusión de  contratos colectivos, de este desastre, tal como se lo pronostiqué a Miquilena.

Y se creó el Fonden, lamentablemente desnaturalizado. Una vez en Nueva York, Giordani me dijo: “Ahí está tu fondo y lo del tipo de cambio”. Le contesté: “Pero parece que gastarán los recursos del Fonden internamente. Eso es contraproducente”. Respondiendo: ¡Ya veremos, tú estás en la retaguardia! Y se despidió. Posteriormente instrumentaron muy mal el quitarle tres ceros al bolívar, lo cual había propuesto varias veces, desde 1996, por muchas  razones, entre ellas, la inflación y facilitar el cálculo económico y contable con magnitudes manejables, en unas declaraciones concedidas a este periódico por intermedio de la periodista Yolanda Ojeda, como consta cronológicamente. La inflación los obligará a realizarlo nuevamente en peores condiciones.

No es necesario analizar numerosos indicadores económicos para cerciorarse de que la economía actual, con 100 dólares el barril de petróleo, y después de 15 años de fabulosos ingresos petroleros, está peor que en 1999 cuando el barril estaba en 16 dólares. Por ello, Giordani fracasó, fue irresponsable al aceptar cargos para los cuales no es idóneo. Se enredó, además, en su mediocridad, ineptitud, sin noción de que el hablar es atajo único para el saber. No supo ni planificar el sector eléctrico. Pero, sí veía adecos por todas partes y vetaba, como “el ojo de Moscú”. Ahora quiere disimular, salir airoso, haciendo denuncias que ya se sabían, en lugar de contribuir a enderezar el rumbo. Pero, ¿quién lo saca de su dogmatismo, arcaísmo y estrechez mental? Actúa como si la historia se hubiera detenido antes de la caída del Muro de Berlín. Por su “ininteligencia” no percibe los cambios. No cree en la idea de progreso. Siempre creí que Chávez era muy ingenuo al confiar en semejante perverso y traficante de ideas de otros, rodeado de muchachos para que ejecutasen sus arbitrariedades. El país lo está pagando. Es un “crimen social” haber reprimido el progreso nacional y haber lanzado miles a la pobreza, tronchado carreras, desanimar esperanzas y empeñado en una presunta desviación cultural del venezolano, por lo cual había que auspiciar el “hombre nuevo” semejante al pobre, escuálido y desdentado cubano al reducir drásticamente su nivel y calidad de vida.

¿Por qué no renunció, como ministro de Finanzas, cuando le ordenaron o notó lo que él llama  “gastos excesivos” de la campaña en 2012? ¡Puro cinismo! Pues, con esos “gastos excesivos” infringieron las leyes, con la anuencia del CNE, al utilizar fondos públicos para apuntalar con ventajismo la candidatura de Chávez. Ahí tienen una prueba el país y los organismos internacionales de un aspecto fraudulento de las elecciones en Venezuela. Y por qué, en parte, siempre las gana el gobierno para seguir subastando y arruinando al país. Todo sale a la luz, todo malhechor cae, como han caído otros, y seguramente saldrá más y caerán más en su momento. Un contemporáneo de Maquiavelo, Máximo de Azeglio, no cesaba de decir: Sulle slealtá, le bugie, le corruzione e i giochi di bussolotti, non si fonda una nazione, come non si fonda nulla, esto es, con deslealtad,  falsedades, corrupciones, supercherías, no se funda una nación, como no se funda nada. La traicionera carta  de Giordani demuestra cobardía, dibuja su característica conducta perversa. Su salida limpia al gobierno, entre otras cosas, de perversidad. Ahora hay que limpiarlo de  corrupción y ejecutar las correctas políticas públicas, económicas, para fundar una gran nación. ¿Qué espera, presidente? El inmovilismo es fatal en estas circunstancias.

 psconderegardiz@gmail.com