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Humberto Márquez

Deudas del PSUV

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Este Partido Socialista Unido (PSUV) que gobierna en Venezuela acumula deudas con la opinión pública internacional, la izquierda de América Latina, la sociedad venezolana, y con su propia militancia.

El “socialismo del siglo XXI” se exhibe sin una revisión crítica de lo que fue el del siglo XX, en sus varias presentaciones: propuesta ideológica, movimiento político, organización de la sociedad y conducción del Estado. Casi cada socialista del siglo XXI ha podido comentar de cualquier modo ese pasado, sin abundar en las razones por las cuales el socialismo veintiunesco queda a salvo de los pecados cometidos por el del XX.

El fallecido presidente Hugo Chávez, interpelándose sobre esta carencia, evocó repetidamente una frase, extraída de un libro-entrevista a Fidel Castro, en la que el líder cubano admite como error “haber creído que alguien sabía cómo construir el socialismo”. Sin mayor elaboración, esa frase se convirtió en salvoconducto ideológico para moverse cómodamente en el terreno de “socialismo es lo que yo vaya diciendo y voy haciendo”.

Con declaraciones como esas y las actitudes de incondicionalidad (a veces llamada lealtad) requeridas y ofrecidas, se perpetúa el culto a la personalidad. Ya no se usan estatuas, ahora son gigantografías, fe ciega en un “legado” que de tan vasto sólo puede consumirse a la carta, y las expresiones jaculatorias que tiñen los actos civiles, militares, partidistas, de estado, comunales, etc.

  Bolívar es una fuente de humana inspiración. Sin duda. Pero ¿socialismo bolivariano? ¿Bolívar socialista? ¿Cómo fue que no se percataron de ello los genios tutelares del socialismo, Marx, Lenin, Trotski, Gramsci, Mao, Mariátegui, de Gortari, Althusser, y sí lo lograron los exégetas del PSUV? Quizás tienen razón, pero expliquen cómo se formó ese amasijo teórico.

  Esta de Venezuela ha sido una revolución “tipo tranvía”, pues la corriente que la mueve le llega por arriba. Los orígenes del grupo que asume el poder para conducirla no están en movimientos de masas u organizaciones obreras, sino en una logia militar que con su carismático líder cabalga con éxito procesos electorales ante partidos políticos convencionales agotados y desmadejados. El “sujeto histórico” del proceso, cuando en 2007 inicia su fase de alegada construcción del socialismo, no es la clase obrera en alianza con el campesinado, según el catecismo socialista, sino una ya floreciente burocracia civil y uniformada (Y ¿cuántas veces esta revolución ha preferido al lumpen proletariado sobre otras clases?).

Ese pecado original ha engordado con otras faltas. Quizá la principal para un proceso de marcha hacia un socialismo es que no se ha procurado aumentar en número y poderío a la clase obrera, sino todo lo contrario. No se ha privilegiado la producción en la sociedad, sino el consumo. No a los obreros-productores, sino a los consumidores que aspiran y esperan dádivas del Estado: alimentos baratos, viviendas, enseres, divisas subsidiadas. Quienes laboran agregan muy poco valor a los productos y servicios que elaboran. La productividad merma, así como la participación del trabajo en el PIB. El privilegio por las importaciones versus las exportaciones ha favorecido pactos proletariado-burguesía en los países que nos venden desde frijoles hasta pantuflas. La clase obrera está numéricamente disminuida, sin palancas sobre la economía, sus organizaciones arrojadas al desván, su presencia en las esferas del poder es cosmética, su producción de tesis y propuestas reducida a cero, sus reivindicaciones a diario son escamoteadas sin remedio, vive arrinconada en la esquina de la subsistencia y la disolución como clase. Hasta sus consignas desaparecen ante otras como Patria, lealtad, disciplina y legado.

El partido constituido para conducir el proceso socialista, y el cual por estos días anda en su tercer congreso, no sólo no es producto de un proceso de acumulación de fuerza política en las clases populares, sino que, resultado de la inspiración de un líder, de sus áulicos y sus consejeros internacionales, se ha comportado como una maquinaria de control de la sociedad por parte de un acaudalado petro-Estado. Con singular claridad lo ha descrito el estudioso Edgardo Lander: “A diferencia de las experiencias socialistas del siglo pasado, se establece un nuevo tipo de relación entre Estado y partido. En lugar de existir un partido revolucionario que controle al Estado, desde el petro-Estado se ha creado, financiado y dirigido al partido”.

De esa condición deriva el nuevo verticalismo que se propone a la militancia del partido so pena de incurrir en apostasía: disciplinada lealtad a los jefes, que son los del gobierno y demás poderes del Estado y su Fuerza Armada, entremezclados en uno (o varios) “comandos político-militares de la revolución”, instancia directriz cuya aparición demoró hasta la desaparición del creador y líder del proceso y del partido.

Por último --por ahora, ya hemos emborronado dos cuartillas-- debería también el PSUV despejar otra duda. Es que, en América Latina y más allá, militares que se hicieron con el poder utilizaron coartadas (la lucha contra el comunismo, la corrupción de los políticos civiles, inminentes conflictos territoriales) para colocar a la sociedad entera sobre los rieles que les parecían adecuados y de paso asegurarse privilegios materiales e institucionales. ¿No ocurre algo similar con el tema del socialismo en Venezuela?

@hmarquez26