• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Sergio Antillano

Desquicio  

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Subían por las escaleras del edificio. Nunca había visto tan de cerca a uno de ellos. Llevaban las mismas botas altas, de largas trenzas. Verde el uniforme y el casco. Los pertrechos, correas, y hasta el largo y pesado rifle mimetizaban con el verdor del caqui hasta fundirse para hacer de cada uno de ellos un cuerpo todo verde oliva, similar a los soldaditos de goma que por decenas tenía para las largas horas de batallas simuladas que organizaba lanzado en el piso de su habitación. Estos que ahora veía eran los de verdad-verdad. Y estaban allí en el edificio, subiendo a la azotea mientras él aguardaba por el ascensor para bajar a esperar el transporte del colegio. La emoción fue inolvidable. Tardó años en comprender que esos uniformados eran parte de la violencia que el gobierno aplicaba para reprimir a sus adversarios. Y ya cuando estudiaba en el liceo los vio de nuevo, pero con otros ojos.

Jugando soldaditos en el piso, hasta romper la tela de los pantalones a la altura de las rodillas, fue por años de las actividades más placenteras de abstracción que los niños tenían. Luego los videojuegos sacaron del piso el escenario, cuando la consola llegó al espacio cotidiano. El campo de batallas imaginarias se volvió digital y los soldaditos de goma invadieron la pantalla del monitor.

El mundo imaginario de niños y jóvenes ha estado plagado de soldados feroces pero inofensivos, de batallas sin consecuencias dolorosas. De heroísmos y traiciones, aventuras y disparos que a nadie hacen daño y que solo producen emoción y sobresaltos momentáneos que nos han invadido, a veces en solitario o acompañado en otras ocasiones por amigos. Esas batallas solo desatan adrenalina y gritos, risas o expresiones de triunfo y emoción.

En recientes semanas los jóvenes han sido víctimas y testigos sensibles de la brutalidad y desquicio de uniformados reales en “batallas” sin imaginación alguna. Los soldaditos se han tornado en brutales instrumentos de maldad y atropello, contra chamos que han asumido muchas veces el rol de soldados de heroísmo y honor en campos de batalla imaginarios.

Guardias nacionales y policías de variados uniformes han plagado las calles del país con gases tóxicos, lacrimógenos, irritantes, lanzados sin consideración a grupos de jóvenes que manifiestan su malestar y hartazgo por un país donde no pueden ser simplemente jóvenes porque la delincuencia les tiene azotados y sus centros de estudio están deteriorados a niveles de precariedad, o porque no hay empleo para ellos. Una nación que no tiene programas eficaces que faciliten y garanticen formación de calidad, empleo temprano o protección frente a la delincuencia asesina. Son jóvenes la mayoría de los asesinados por la delincuencia. Muchas veces terminan bachillerato sin haber tenido profesores calificados en muchas asignaturas o sin haber usado un laboratorio dotado de herramientas para didáctica de la ciencia. Son los más jóvenes a quienes se le hace más difícil conseguir trabajo. A miles, la alegría de lograr ingresar a una universidad o instituto superior se le torna pronto en decepción al percatarse de lo precario de esas instituciones, cercadas por bajo presupuesto asignado, abandono oficial, violencia delincuencial o de grupos políticos que quieren imponerse por la fuerza cuando no logran persuadir.

En estos aciagos días los jóvenes que se han atrevido a expresar su molestia en las calles y pedir un país que se parezca más al que ellos merecen han sido víctimas de una respuesta del Estado, de empujones, golpes, disparos de perdigones y balas asesinas; psicopáticas acciones de quienes ungidos de poder e impunidad y armados con todo tipo de instrumentos de daño,  arremeten cobardemente contra jóvenes que además de anhelos y sus celulares, cuando mucho, tienen apenas piedras para expresar su rabia acumulada.

Eso que llaman “las fuerzas del orden” han mostrado descomunal incapacidad e impericia para manejar de forma inteligente y pacífica situaciones de tensión que usualmente generan las protestas de calle. Muchos de quienes están obligados por la Constitución y las leyes a proteger a los jóvenes y garantizarles sus derechos, han dejado de lado ese compromiso. Desde el derecho a la vida y al estudio hasta el derecho a la protesta, deben ser garantizados por el Estado. Pero para ello hay que entender el ejercicio de la gestión pública como una acción de servicio, de respeto, de lealtad a principios y valores consagrados en la Constitución, y no como un despótico y maniobrero servir a la causa doctrinaria de un sector.

Hay uniformados que parecen no entender que su deber es evitar la muerte, no causarla. Y parte de la acción de protección de la vida es mediatizar a los grupos de mercenarios erróneamente llamados “colectivos”, que armados con su primitiva irresponsabilidad y parapetados tras instrumentos letales e impunidad, aterrorizan, disparan, hieren y asesinan a quienes expresan ideas y opiniones. En las batallas de consolas esos vándalos son los “malos” a derrotar. En la realidad son los mimados del desquicio arrogante de los poderosos.

Quienes dirigen a los uniformados y a quienes protestan, necesitan tener la imaginación e inteligencia de los niños y jóvenes para crear escenarios de confrontación sin consecuencias de sangre, llanto y dolor. Se requiere que los uniformados de la nación sean más como aquellos soldaditos de goma que tantos buenos ratos nos han hecho pasar. ¿Será mucho pedir? 

 

*Ingeniero. Planificador ambiental. Comunicador visual