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En Venezuela, la vida es un después.

Nuestro talante ciudadano tiene una tajante línea divisoria: antes y después de Chávez. Nadie escapa a la certeza de que, después de lo ocurrido durante estos años, nunca seremos los mismos.
Muchos apuestan por el país que surgirá después del ocaso de la revolución bolivariana. Otros piensan que no habrá después. Que la semilla del chavismo es invulnerable. 

Perdimos la opinión que teníamos de nosotros mismos. Ha quedado al descubierto que nos hemos sobrevalorado. En el mismo gentilicio donde creíamos que reinaban el humor, la generosidad y la concordia también  hacen fiesta el odio, la violencia y el rencor.
Caídas las máscaras, ahora somos un después.
Tamaña tribulación.   
        
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Una mañana, en mi breve viaje a Miami, visité un local de comida criolla. Son muchos los exiliados que han sobrevivido apelando a la nostalgia del paladar. La gastronomía también es un pasaporte de regreso. Al entrar al sitio veo a una joven que limpia las mesas con afán. Me saluda y, sin mediar protocolos, me cuenta su vertiginosa historia. Tiene apenas tres meses en territorio norteamericano. Se fue al rompe. Vivía en pleno Chacao, allí donde pastaron las bombas lacrimógenas y las guarimbas durante semanas eternas. La vida se le convirtió en un sobresalto. No solo era así la permanencia en el hogar, sino el ejercicio de su vocación. Trabajaba en el Ministerio de Finanzas y había manifestado varias veces su desacuerdo con ciertas políticas. Craso error. Le comenzaron a hacer la vida imposible. Se sintió emboscada entre su trabajo y su casa. No conseguía aire limpio para respirar. Agarró de la mano a su esposo e hijos y saltó al exilio en caída libre. Hoy espera la aprobación de su estatus como asilada política. Es economista, con sólidos estudios de postgrado. Con un coraje admirable, reconstruye su vida en una ciudad que se ha hecho experta en hospedar urgencias. Por ahora, esa joven mujer limpia mesas, con una dignidad a prueba de balas y prejuicios. Después, estrenará su nuevo destino.
Esa es una de tantas historias. Miami, Houston, Toronto, Santiago de Chile, Bogotá, Sidney. En todas partes estamos. Construyendo un después.      
 
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Consuelo nació en revolución. Aprendió a decir camarada, pintar banderitas y aplaudir a Fidel antes de llegar a los quince años. Sus padres se descolocaban al oírla hablar así, pues nunca confiaron en los barbudos de Sierra Maestra. Pero aprendieron a callar mientras su hija se convertía en odontóloga. Años después, Consuelo sintió asfixia, claustrofobia. Quería salir de la isla. Inventarse otra vida. La oportunidad se la presentó Venezuela a través de la Misión Barrio Adentro. La idea era vivir en una barriada popular y prestar sus servicios profesionales a la comunidad. Eran trabajos simples: extracción de cordales, reparación de caries, limpiezas dentales. Su nueva vida comenzaba. Al principio se asombró de la variedad de productos que ofrecían los supermercados y la vistosidad de los centros comerciales. Pero después todo empezó a cambiar.  Durante cuatro meses vivió prácticamente en toque de queda: el consejo unánime era evitar la noche caraqueña. La paga era realmente exigua y a veces pasaba días  donde solo comía pasta. Desde Cuba vigilaban sus movimientos. Limitaron al extremo su vida social. La claustrofobia volvió. Se decidió. Buscó la gente adecuada. Hizo una inversión riesgosa de dinero y logró huir del país a través de una peripecia esencialmente clandestina. Llegó a Estados Unidos, consiguió varias manos solidarias y desde hace tres años ejerce su profesión. La sensación de asfixia cesó.
La frase que detonó su rebelión fue: “Después de Cuba, ¿otra vez Cuba?”.
 
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4:30 pm. Las distintas vías de acceso a FIU (Florida International University) están abarrotadas. Tres son las razones: 1) La remodelación de una de las entradas; 2) El acto de graduación de una larga camada de estudiantes y 3) La celebración, gracias a Venezuelan Studies Initiative, de una charla a cargo de César Miguel Rondón, basada en su libro Armando el rompecabezas de un país. Llegar hasta el lugar se convierte en un embrollo que, como compensación, me permite recorrer a pie los soberbios jardines de la universidad. El recinto académico lo plena un abundante grupo de venezolanos. Muchos de ellos ya tienen años instalados en el sur de la Florida y han convertido ese enorme sol que apenas descansa en su nueva respiración. Estudiantes, académicos, profesionales de diversas áreas, están allí para asomarse, a través de la ecuánime voz de Rondón, a un enjundioso diagnóstico del país. Más allá de la distancia, todos quieren descifrar el momento histórico que vivimos y poner en orden su apuesta por la comarca original. Temas centrales como la política, la justicia, la economía y los valores van dibujando su comprometida silueta a través de un ensamble de voces expertas que César Miguel ha entrevistado en su ineludible programa radial. El saldo que se bosqueja al final es inquietante. Tanto, que la salva de preguntas no tarda en activarse. Sus respuestas y pronósticos no eluden panoramas escabrosos, no trazan espejismos. A pesar de eso, su coda es la que sólo puede destilar un optimista crónico y se emparenta con las palabras últimas del prólogo del libro: “El rompecabezas se ESTÁ construyendo, la acción es continua y no acepta pausas. Es decir: nos implica, nos convoca y nos compromete a todos. Sin excepción”. 
Después de la desazón, bienvenida la acción.      
 
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Leo Un ángel impuro, la más reciente novela de Henning Mankell. Su protagonista, Hannah, después de una compleja travesía, termina regentando el burdel más famoso de una región hostil de África. Un día, una pulsión inexplicable la lleva a escribir lo que ocurre en su interior. La primera frase que se atrevió a anotar fue: “Anoche soñé con lo que ya no existe”. Me detuve en esa línea, me sedujo su enigma, su olor a misterio. La subrayé y sentí la necesidad de expandir su belleza en las redes sociales. Pero entendí lo que iba a pasar. Preví los comentarios que los usuarios de Twitter harían. Efectivamente, surgieron a mares las acotaciones que enlazaban la frase al mástil de la realidad nacional. “Anoche soñé con lo que ya no existe” estimuló respuestas como: “Con la libertad/ con el papel tualé / con la democracia/ con la luz eléctrica/ con Venezuela”.
Después del tajo que somos, hasta la literatura se decodifica de forma tendenciosa. Habitamos la impureza. El lenguaje es también una quejumbre.
 
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El miércoles 18 de junio, mientras muchos veían el juego donde Chile eliminaba a España del Mundial, un turista alemán era eliminado del mundo por la metralla de un delincuente venezolano a las puertas de un hotel cinco estrellas.
Saldo: dos muertos, dos heridos, y un nuevo estupor nacional. En la noche, en cadena televisiva, el presidente refiere el caso como “extraño” y pone tonito. Tonito y mirada. Le faltaron un verbo y dos esdrújulas para achacarle el crimen a la oposición.  
El sábado anterior asesinaron a un hombre a las puertas del Arizona Grill, un restaurante de El Rosal. La noticia relata que había llegado con su familia a almorzar al local y minutos después salió a la calle a atender una llamada telefónica. Dos hombres arribaron en una moto, el parrillero se bajó y lo sacó de la vida con varios disparos.
Ambos hechos nos recuerdan la alta tasa de mortalidad que poseen las aceras de nuestro país. La calle puede ser también nuestra tumba. Lo sabemos. Somos mucho más hogareños que antes. Hibernar es una obligación, un acto de inteligencia. Las especies siempre buscan sobrevivir.
Una de las razones menos señaladas por la que tanta gente decide emigrar es para recuperar su relación con el aire libre. Hace semanas cenaba con mi pareja y un par de amigas en un restaurante en Doral, Miami. La conversación era tan animosa que prácticamente acompañamos a los dueños a cerrar el local. Prolongamos la tertulia en la acera. Habíamos cruzado la frontera de la medianoche, la calle estaba solitaria y de pronto me di cuenta de que estaba viviendo una experiencia que ya no recordaba: conversar al aire libre, parado en una esquina, obsequiado por la brisa nocturna, sin prisa en el diálogo, sin esperar el bufido de un delincuente.
El miedo. Eso somos hoy. Miedo que respira, que se atasca en el tráfico, que se cuela en las palabras. “El miedo es una fuente de trabajo extraordinaria”, dice un personaje de Mankell. El autor sueco agrega un dato para redondear: “Se había convertido en un empresario del sector del miedo”. Y, una vez más, es imposible no insertar esas líneas en el mapa nacional. El régimen ha hecho del miedo su mejor plan de gobierno.
Después de 25.000 muertos en un año, solo reina el humo del miedo en la calzada.   
 
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Después de tantos discursos prometiéndonos el paraíso para luego aterrizar en el desagüe. Después de más de 3.000 detenidos por invocar sus derechos. Después de 42 epitafios escritos en sangre y protesta. Después de una metra en la orilla del ojo de un estudiante y una larga lista de torturados. Después de la prisión y el acoso a líderes políticos. Después de expulsar de la televisión a un popular y crítico humorista. Después de la oscura intimidación al venezolano que ejerce su albedrío de no ser “revolucionario”. Después de tantos anaqueles vacíos, tantas aerolíneas despidiéndose, tanto falso magnicidio. Después de convertirnos en una abundante escasez.
Después del infierno, ¿qué paisaje seremos?      
Apenas tengo una certeza irrenunciable:
Después del país, siempre el país.
 
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Dice Luis Enrique Belmonte: “Que mi patria es el botón verde/ sobre la corteza del árbol que retoña/ después de un grave incendio”.