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Eli Bravo

Después de todo

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Criados bajo el mismo techo, alimentados en la misma mesa, y aun así parecían de familias diferentes. La madre había fallecido cuando eran muy pequeños y papá decidió quedarse solo.

Literalmente.

Los negocios eran su todo y sus hijos, unos satélites visibles cuando volvía a casa


    eli@inspirulina.com www.inspirulina.com
Eli Bravo



Ilustración Alejandro Ovalles jaoc28@yahoo.com

¿Hace cuánto tiempo que no hablaban? Por lo menos 10 años, pensó, desde que murió papá. Después de resolver los documentos quizás habían conversado en un par de oportunidades. Los primeros años llevó la cuenta mental de ese silencio con amargura, mientras cada mes sentía como un castigo que pesaba sobre ambos por igual. Luego se fue olvidando del asunto, o eso creía, y solo se acordaba cuando llegaba otro aniversario.

Y mañana sería otro aniversario. Papá no escogió morir en estas fechas, aunque a su manera había escogido morir de esa forma. Jamás dejó de fumar, ni siquiera cuando cambió la mesa de noche por una bombona de oxígeno. Su partida fue como la tos de aquellas últimas semanas. Un estertor y luego la sensación de ahogo.

¿Por qué no se hablaban? La herencia era la razón más evidente. Papá intentó controlarlo todo hasta el último minuto y dejó atrás un desorden que tomó meses y abogados para resolver. Pero en realidad el abismo se había abierto antes. ¿Cuándo? No había forma de saberlo. Él había buscado en su memoria el momento en que el terreno cedió y quedaron separados por el vacío. Nunca lo había encontrado.

Algo era evidente. Su hermano era distinto y los dos caracteres, incompatibles. Criados bajo el mismo techo, alimentados en la misma mesa, y aun así parecían de familias diferentes. La madre había fallecido cuando eran muy pequeños y papá decidió quedarse solo. Literalmente. Los negocios eran su todo y sus hijos, unos satélites visibles cuando volvía a casa. Su hermano, quizás por ser menor, no resistió el abandono. Culpaba a papá y a él por su tristeza.

Quizás de haber cerrado filas ante la adversidad hubiese sido diferente. Quizás. Sin embargo, en lugar de hacerse compañía terminaron compitiendo.

Papá lo metió en los negocios apenas salió de la universidad y su hermano se sintió excluido. Luego, cuando le dieron un cargo menor en una ciudad distante, se sintió apartado.

Sí, razones para la distancia existían, pero ahora que lo pensaba jamás se esforzaron por acortarla, y si lo intentaron, fue desde el resentimiento, para ajustar cuentas, como si la única manera de hacer las paces era revolviendo el lodazal en donde habían crecido.

Diez años habían pasado. Su hijo mayor tenía cinco y jamás había visto a su tío sino en fotos. Diez años pueden servir para muchas cosas. También pueden atenuar muchos males.

No sabría explicar cómo sucedió, posiblemente fue al ver los ojos de su hijo brillando de emoción mientras colgaba otro adorno en el pino. Diría que en esos ojos vio los de su hermano, años atrás, cuando no se había dejado arrastrar por la tristeza. También, reconoció, cuando él mismo veía el mundo sin el peso del juicio y el orgullo. Así que fue a la cocina, buscó la libreta telefónica y marcó sin pensarlo mucho.

--¿Aló? --La voz era la misma, quizás un poco más grave.

--Hola, hermano, soy yo --dijo con un ligero temblor.

--¡Qué agradable sorpresa! --Sintió que además de honestidad había algo en sus palabras... como si hubiese esperado esa llamada desde hacía tiempo.

Hablaron por un largo rato, esquivando los temas complicados, pero paseándose en ocasiones por la superficie. Al despedirse, acordaron algo inesperado: ir juntos al cementerio al día siguiente.

Su hijo continuaba decorando el pino con la ayuda de su hermano menor. Quizás sería una buena idea almorzar todos juntos mañana. Después de todo, ellos no conocían a su primo.