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Juan Manuel Raffalli

Después del Efecto Hallaca

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La popularidad de Maduro sigue en picada, lo que ratifica la relación directamente proporcional que existe entre votos e ingresos petroleros, y de la falsedad de la extendida creencia revolucionaria según la cual Chávez hizo que el barril de petróleo subiera de 8 a 100 dólares durante su gestión. El descontento social es inocultable, aunque la “hegemonía mediática” y la época navideña, digamos que el “efecto hallaca”, por ahora pongan mastique en las grietas que son ya estructurales. El mismísimo Maduro y sus acólitos saben que las cosas no están bien. Se jugaron la carta del Canciller Petrolero para intentar subir los precios fomentando una baja en la producción petrolera de los países miembros del Cartel, pero los árabes están muy claros y ahorraron en tiempos de vacas gordas. El Ministro de Fianzas ejecuta intensamente un largo periplo buscando créditos y tampoco ha tenido el éxito que esperaba, al menos hasta ahora.  El paquetazo habilitante no es suficiente ni inmediato, tendrán que apelar a más ajustes y eso tiene costos políticos de alto impacto y más en un año electoral.

En definitiva nadie en su sano juicio es capaz hoy de afirmar que le país está bien y que se avecina un 2015 próspero y prometedor. Todo lo contrario, hay como una especie de sentimiento colectivo, digamos que un gusanito inquieto que se nutre de vivencias recientes, que nos hace preguntarnos a diario, qué pasará cuando se desvanezca el  “efecto hallaca”. A esa angustia hay que añadir ya la visible decisión de muchos negocios grandes, medianos y pequeños, de arrancar el año tarde; algunos con lamentación admiten que sus santamarías y líneas de producción, se activarán a finales de enero o en febrero y no precisamente por gusto.

Este cuadro augura una gobernabilidad comprometida y una pendiente electoral muy pronunciada para la revolución, pero el Presidente ha optado por la misma previsible y gastada receta de culpar al “imperio” de gestar una guerra económica internacional para que nadie preste dinero a Venezuela y aglutinar seguidores en torno a una supuesta agresión gringa.  Esta actitud denota una baja estatura política. Nadie se cree el cuento de la guerra económica y menos internacional, tampoco que potenciales sanciones a ciertos funcionarios en forma individual, puedan ser un castigo a todo el país. Lo que queda claro es que no hay propósito de enmienda, no hay ninguna intención de admitir la falla del modelo y su obsolescencia. Rectificar para ellos no es una opción.

Lo insólito es que en medio de esta crisis que abraca lo económico, social y político, la arrogancia revolucionaria no fleja. Maduro y su entorno, especialmente el Presidente de la Asamblea Nacional, actúan como si todo estuviera en calma y la popularidad del Presidente rondara  sesenta por ciento. Casi que podemos decir que actúan como si su Comodante estuviera vivo y ejerciendo el cargo, cuando hasta su propio encuestador habla de números muy negativos para ellos. 

En este ambientazo político-económico, los verdaderos estadistas, políticos avezados con vocación natural como diría Weber, e incluso hombres simplemente prudentes, optarían por fomentar acercamientos que fortalezcan las instituciones. Por eso la manera como se está manejando la renovación de los cargos del Máximo Tribunal y del árbitro Electoral, encierra una torpeza manifiesta. Los Comités de postulaciones están pintados en la pared. El Gobierno pretende tomarla la decisión a su conveniencia. Pretenden entregar mendrugos sólo para aparentar pluralidad, sin percatarse que en un escenario de ingobernabilidad el vigor de una oposición democrática con peso institucional, sería un factor crucial para la paz y la estabilidad del país. Pero es mezcla de arrogancia e incompetencia les hará perder la extraordinaria oportunidad de tener poderes públicos más que legales, legítimos. Pasará el “efecto hallaca” y veremos los costos que tendremos que pagar por esta tope y arrogante actitud de gente sin visión de Estado.