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Tomás Straka

Desnudos

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El genocidio de Ruanda, cuyo vigésimo aniversario se conmemora en estos días, y la arremetida de grupos armados en la Universidad Central de Venezuela tienen, más allá de la aparente distancia que media entre ambos, elementos inquietantemente comunes que vale la pena analizar. En los dos casos grupos paramilitares decidieron hacer “justicia” por su cuenta, con grados diversos de violencia. En ambos, la humillación de las víctimas jugó un papel central en las acciones, la institucionalidad fue laxa hasta prácticamente romperse y las esperanzas de justicia se ven lejanas. No estamos diciendo que el expolio del estudiante de la UCV sea equiparable a la matanza del país africano, pero sí que el mismo puede ser el primer paso de algo mucho peor.  La lección de Ruanda es elocuente al respecto. 

En efecto, como señala Jonathan Glover en su libro Humanidad e inhumanidad –un documentado estudio sobre las matanzas del siglo XX publicado en 1999− cada vez que se emprendió la persecución de una colectividad a la que se terminó matando, el primer paso fue des-humanizarla a los ojos de los futuros verdugos. Su tesis radica en que es necesario inhibir lo que llama las “respuestas humanas”, es decir, aquellas por las cuales somos capaces de ver en el otro a un prójimo por el que se despierta, inicialmente, sentimientos de simpatía. En ello la incitación al odio, que ya es un delito tipificado en varias legislaciones, cumple un papel muy importante. Para quienes la promueven, es necesario hacer que la persona a ser odiada vaya perdiendo su dignidad, se deslice por el tobogán de la estima hasta convertirse en una especie de alimaña cuya ejecución no genere problemas de conciencia. Glover señala que el humor negro siempre se ha asociado a este tipo de campañas. Reírse de la malaventura de otra persona es un elemento esencial del humor: las rutinas de los comediantes están llenas de esto. Pero ya infligir el tormento y al mismo tiempo reírse, o hacerlo cuando la malaventura termina en la completa humillación o en la muerte, es lo que el autor llama “humor negro”.  Comienza con chistes, sigue con bullying, finalmente con la humillación pública entre las risotadas de quienes, ya en el siguiente nivel, no dudan en halar el gatillo o en hundir el puñal. Los nazis haciendo barrer las calles a los judíos con cepillos de dientes son un ejemplo claro de esto. Pasar de la ridiculización a la maquinaria de muerte de Auschwitz era solo cuestión de tiempo. Los mensajes de la hoy tristemente célebre Radio Télévision Libre des Mille Collines ruandesa no estaban muy lejos de este estilo. De las rechiflas pasó a las amenazas de muerte para la etnia tutsi, rápidamente hechas realidad.

Los ejemplos se multiplican. Desde los sambenitos que les ponían a los condenados por la Inquisición, a las vejaciones públicas durante la Revolución Cultural China, la humillación ha sido una y otra vez un mecanismo para inhibir las “respuestas humanas”. El más famoso de los expolios, el de Cristo, siguió el mismo guion: quien se había declarado rey es ridiculizado con una corona y un manto púrpura (aunque la primera no de oro, sino de espinas); es ejecutado bajo una tabla que se burlaba de su condición de “rey” con el acrónimo de INRI (Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum) y, ya en la cruz, es despojado de sus ropas (el expolio propiamente dicho). Por eso cuando vemos a un grupo armado que apresa a un manifestante, lo humilla, lo golpea, lo desnuda, estamos ante una forma de actuar, ante un procedimiento típico del “humor negro” que coarta las “respuestas humanas”. Esta vez lo dejaron ir, pero hay que recordar que pocos días antes se había hecho algo similar cuando irrumpieron en una asamblea: ese día dejaron a los estudiantes en calzoncillos.  Es decir, hay una escalada en el expolio: de la ropa interior a la desnudez, ¿cuál será el próximo paso? ¿Hasta dónde llegará el “chiste” de la humillación?

Ante eso es bueno saber que todos estamos desnudos. Al menos potencialmente. La sociedad parece entenderlo cuando ha emprendido iniciativas como las de #mejordesnudosque, #denudosconlaUCV y #mejordesnudosquesinlibertad. Denudarse antes de que nos desnuden, tomar la iniciativa, arrebatarles a los que incitan al odio una de sus armas más poderosas: no, no es un chiste lo que hicieron. Es una honra estar entre los ridiculizados por ustedes. El expolio de la UCV puede ser el primer paso, entre las risotadas de los victimarios, de algo mucho peor. En el veinte aniversario de Ruanda podemos ver en su ejemplo una advertencia muy seria que todos debemos atender. Muy distinta hubiera sido la historia si los alemanes, en vez de burlarse de los judíos que barrían las calles con cepillos de dientes, se hubieran puesto a trabajar con ellos, a decir, como muchos hoy acá, que es mucho mejor eso o andar desnudo, que perder la libertad.