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Elsa Cardozo

Desmemoria y desparpajo

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En lo que va de este año, para hacer la cuenta corta, han desfilado por La Habana visitantes de gran visibilidad internacional: un representante de la Unión Europea en procura de la normalización de relaciones, una delegación de la Cámara de comercio de EE.UU. y Dilma Rousseff, quien distinguió a Raúl Castro alojándolo en la presidencial casa de campo en los días de la cumbre del grupo Brics (allí donde, en otros tiempos, Lula da Silva recibió a George W. Bush). También estuvieron el canciller Serguei Lavrov y el presidente Vladimir Putin en plan de reacercamiento geopolítico. Después llegó el presidente Xi Jinping con el portafolio chino.

Los visitantes de estos meses tienen entre sus intereses, en diversa medida, estar presentes en la lenta transición económica cubana y hacerse sentir desde la isleña caja de resonancia del Caribe. Entre los Brics, acercamientos como este son parte de su impulso a un peculiar “nuevo” orden internacional, que en realidad se perfila muy semejante  al de los viejos y fríos usos de la política de poder.

La revolución cubana, que antes supo sacar partido de la Guerra Fría, del derrumbe soviético y de los resentimientos antiestadounidenses, ahora fluye con la reconfiguración geopolítica mundial que está en marcha. Los Castro, que han sabido cultivar licencias y privilegios que hasta hoy asombran, no dejan de alentar el cortejo internacional. Si desde 1994 Fidel lo puso en práctica con Hugo Chávez para salir de un gravísimo atolladero económico, ahora su hermano lo multiplica con todo el que pueda llevar inversiones a la isla.

No faltan en el cortejo actual la desmemoria y el desparpajo. El Granma reportó, en tono de crónica social, cómo “en ameno diálogo (…) tras un recorrido por áreas de pastos y forrajes” Fidel Castro explicó al Presidente chino “los resultados de la investigación y los estudios teóricos y prácticos que ha venido realizando, de los cuales se deriva la posibilidad real de multiplicar la producción de alimentos proteicos de alta calidad y demanda internacional”.  Sin comentarios.

El caso es que ahora, bajo la conducción del más pragmático Raúl, el régimen cubano está buscando nuevos apoyos y neutralizando resistencias. En el entusiasta saludo de Fidel a las giras latinoamericanas de Putin y Jinping (“una de las proezas más grandes de la historia humana”) hay más que la usual geopolítica trasnochada: Rusia acaba de condonar la vieja deuda del moroso régimen, negado por décadas a reconocerla,  y con China se han suscrito importantes acuerdos sobre inversiones y líneas de crédito.

Regionalmente, el régimen cubano participa en la  Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe, donde sus pares son ciegos y sordos a lo que ocurre en las casas de los demás. También, por supuesto, es parte de Petrocaribe y un cúmulo de acuerdos, innumerables e inescrutables, con Venezuela.

Qué bueno, por los cubanos, que el régimen castrista como que por fin se ocupa en serio de la economía. Qué malo, por nosotros los venezolanos, que lo hemos pagado tan caro.

Las cuentas remontan a los días de aquel acuerdo sustraído del control legislativo de 2000 y de los centenares, aún más opacos, que le han seguido. Es una suma incalculable, irrecuperable, que ha significado un enorme drenaje de recursos financieros, energéticos, profesionales, institucionales y, aunque cueste decirlo, de soberanía y dignidad.