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Francisco Javier Pérez

Desinformación y destrucción

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“Aunque esos eran signos inconfundibles de una catástrofe que afectaba a todo el país, no siempre era fácil saber más sobre la índole y las dimensiones de la destrucción. La necesidad de saber luchaba con la tentación de cerrar los sentidos. Por un lado circulaba una gran cantidad de desinformación, por otro, historias ciertas que superaban toda capacidad de entendimiento”.

La tentación produce la intención de ver en todo texto funesto, a falta de contextos y referencias ciertas, un relato de lo que se vive en el hoy más desventurado. Es la búsqueda de asideros cuando las tablas de salvación parecen escasear. Es el retrato personal ante la visión del naufragio de los otros. La desinformación actuando con crimen frente a la capacidad que tenemos (y que necesitamos) para comprender las situaciones.

El fragmento citado pertenece a uno de los libros más agudos (más punzantes) publicados durante la última década: Sobre la historia natural de la destrucción (Anagrama, 2003), obra póstuma de W.G. Sebald. Pertenece, además, a la conferencia Guerra aérea y literatura, con la que se abre el volumen y que fue leída en Zúrich, en el otoño de 1997, a 54 años de la destrucción de Hamburgo por el fuego. Ganado por las coincidencias cronológicas (el peso de las fechas y su destino secreto; primero, el relato indiferente de Carl Seelig sobre uno de sus paseos con Robert Walser, el día antes de la fatídica noche; segundo, el nacimiento del autor de Los anillos de Saturno, en 1944, al pie de los Alpes alemanes, que nada supieron de la guerra, en la rústica y plácida región de la Allgäu, tierra de pastos sosegados y de lácteos suculentos), Sebald se interna en una reflexión sensible e inteligente de lo que significó la asimilación de la devastación bélica en suelo alemán en la gestión de los intelectuales del momento. El ocultamiento por incapacidad para entender lo ocurrido y para saberse parte de lo ocurrido; el intento posterior por redefinir la comprensión de los hechos terroríficos. Adulteración de la realidad para trocar la tragedia en “aquí no pasa nada” y para desconocer a conciencia que la situación funesta y funeraria de Alemania, en donde más de 600.000 civiles murieron a consecuencia de la guerra aérea, no existía. La formulación de Sebald es tan cierta que daña: “La asombrosa capacidad de autoanestesia de una comunidad”.

El drama se constituía en tragedia en relación con la información y su contrario. Se desarrollaba un ansia de saber lo que ocurría y la tentación de cerrar todos los sentidos para creer que de esta forma nada estaba pasando. Si no escucho las bombas y si no veo los muertos la guerra no existe. Pero la guerra existía y, se escribiera o no, tuvieron que ver los muertos por millares y escuchar las bombas caer por cientos de miles. Las estadísticas aportadas por Sebald son desesperantes por incomprensibles para la razón: 1 millón de toneladas de bombas arrojadas sobre Alemania, 131 ciudades atacadas, 3,5 millones de viviendas destruidas, 42 metros cúbicos de escombros para cada habitante solo en Dresde y, finalmente, el dato de imposible asimilación: 200.000 civiles muertos en una noche, esa tan cruel y nefasta en que se concretó el bombardeo sobre la ciudad hanseática. La cifra no puede caber sino en el corazón desgarrado.

Era el resultado del volumen de la desinformación (dañina y perversa, deliberada y malévola) frente a la (in)capacidad para entender el volumen de la agónica tragedia humana que allí tuvo su punto culminante y que no se pudo o no se quiso ver. La actuación de los peores sentimientos: la revancha feroz, la venganza inclemente, el daño brutal retaliativo y la condena premeditada del inocente por ser la que produce más dolor.

Pésame por la muerte de la información (el ocultamiento) y adiós definitivo a la posibilidad de entender la densidad del drama impostergable (el olvido). El ocultamiento (la desinformación) como triunfo del mal. El olvido (el drama) como analgésico inefectivo: “La capacidad del ser humano para olvidar lo que no quiere saber, para no ver lo que tiene delante, pocas veces se ha puesto a prueba mejor que en Alemania en aquella época”.

Hay un pasmo aterrador en la identidad de los patrones en toda historia natural de la destrucción.