• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

Desidia

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No hay papel. Ni del higiénico ni del que limpia el alma y nos deja informados. La resma tamaño carta se ha vuelto un lujo tan costoso que mis amigos dicen que pronto sólo se expenderán en joyerías muy bien resguardadas. Para imprimir un libro, hay que reservar la materia prima varios meses antes y pagar por adelantado. Los costos por inflación se calculan después.

El neototalitarismo no quema libros ni cierra emisoras de radio y televisoras, tampoco recoge ediciones de periódicos. Los más retorcidos utilizan el dinero de los hospitales públicos, de las pensiones de los viejitos, de las medicinas que deben entregar en las dependencias del Seguro Social para adquirir medios de comunicación, comprar ediciones completas de libros molestos y mantener una red de empleados cuya tarea es saturar todos los medios de expresión con consignas, insultos y demás parafernalia oficialista. Es una ofensiva general contra el libre albedrío, contra la libertad de conciencia, pero no como resultado de una estrategia acordada en una sala situacional, habiendo ponderado minuciosa y juiciosamente todos los elementos en juegos y sus efectos. No, por Dios, que lo que abundan son carreños, vivas y cabellos, y flores en demasía.

Es una cadena incontrolada de causas y efectos. Es como si los tres chiflados se hubiesen multiplicado, y el país todo se hubiese convertido en una interminable comedia de equivocaciones en lo que nada funciona como debe ser, unas por razones políticas –como la escasez de certificados de no producción– y otras porque no saben, o no les interesa saber, cómo funcionan los procesos.

Por una medida mal aplicada y por no haber tomado en serio el juicio, Venezuela tendrá que pagarle a Conoco Phillips una cantidad que ronda entre 4 y 10 millardos de dólares. No importa que sea en especies, son bienes que les pertenecen a los venezolanos y que por la pésima gestión de los gerentes públicos no se transformarán en escuelas, centros de investigación, hospitales, beneficios salariales, autopistas, puentes, cloacas, planta de tratamiento de agua, represas, electricidad y un mejor parque automotor. Y nadie será juzgado ni penado.

Si la Villa del Cine, que se financia con dineros públicos y no de la taquilla, escribiera sus guiones tomados de la realidad que nos rodea, haríamos feliz al resto de la humanidad riéndose de lo que nos pasa cotidianamente y no necesitaría fondos públicos. Si la escasez de papel sanitario fue una comidilla mundial, imaginemos una película que cuente lo que les ocurrió a lo que se anotaron en el esquema que inventó el Gobierno para vender carros chinos. El planeta entero sería una sola carcajada y obtendríamos algún beneficio por los gags-dramas que sufrimos. Cerrado por cadena de chistes.