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José Rafael Herrera

Desgarramiento

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Hans-Georg Gadamer, padre de la hermenéutica contemporánea, tuvo el mérito de definir a Hegel, el gran filósofo alemán, como “el último de los griegos”. Por supuesto, Gadamer se refería al hecho de que Hegel había llevado la herencia cultural y filosófica dejada por la Grecia clásica a su más elevado grado de exposición y desarrollo. Y, de hecho, fue Hegel quien se dio a la tarea de fluidificar, mediante la extraordinaria labor de reconstruir y concretar la dialéctica antigua, la rigidez de las formas propias del pensamiento moderno. La dialéctica hegeliana se propuso superar las distinciones del ser y del pensar, y descubrir, tras su condición estática, el movimiento continuo que las constituye.

En la filosofía de Hegel, el desgarramiento –en alemán, Trennung– es una de las categorías clave que permite comprender la condición estática de dos extremos que se niegan recíprocamente y para cada uno de los cuales no existe el más mínimo reconocimiento. Tanto para el uno como para el otro no existe sino un solo término: el otro no existe, es “la nada”. Ambos han perdido fluidez, dialecticidad. Ambos se enfrentan, ciertamente, en una “lucha a muerte”. Cada uno quiere anular, aplastar, al otro, a pesar de que sin el otro él mismo no puede ser, porque la razón de su existencia es, justamente, la existencia del otro.

Esta formulación del problema de la oposición hecha por Hegel, siguiendo a los clásicos de la filosofía griega, permite comprender la situación que vive actualmente Venezuela. Los hombres no son más que lo que hacen. Como decía el filósofo italiano Giambattista Vico: “Verum ipsum factum”, lo verdadero es lo que se hace. Las sociedades las construyen –y también las destruyen– los hombres, quienes son sus auténticos demiurgos. Un Estado es el resultado del continuo hacer de la sociedad, la cual, de acuerdo con sus necesidades y requerimientos, se va, progresivamente, organizando de manera continua, creando así el cuerpo legal, jurídico y político que es expresión directa de su quehacer social. Y son esos, precisamente, los dos polos constitutivos que dan organicidad a un Estado: la sociedad civil y la sociedad política. El hacer continuo, en sus más diversas determinaciones materiales y espirituales, y el corpus formal u oficial que garantiza las reglas del juego productivo que esa sociedad se da a sí misma.

Cuando la sociedad exige la introducción de modificaciones sustantivas que surgen como resultado de sus propias necesidades de desarrollo, y el corpus jurídico-político se niega a aceptarlas, perdiendo así la conciencia de su origen y enseñoreándose por encima de la sociedad (tratando de imponer desde sus esferas de poder las líneas de acción que la sociedad debe acatar), se produce, entonces, el desgarramiento entre ambos polos, y se abre así un período de crisis orgánica que trae consigo el propósito de la doble negación, del no reconocimiento del otro término de la relación.

La sociedad, ahora, lucha en contra de la estructura que ella misma se había dado, y se abre un período de abierta pugnacidad, de luchas que, tarde o temprano, terminan en una recomposición, un reordenamiento de la relación que hasta ese momento imperaba, y la cual abre una nueva etapa de las relaciones, basada en el reconocimiento recíproco de lo uno y de lo otro.

Con el paso del tiempo, quienes, en un principio, habían llegado al poder en nombre de la justicia y el orden, del cambio y el progreso, terminan cristalizándose en la defensa de un sistema político ya insostenible y deslegitimado, que no solo no coincide con las exigencias de cambio social que reclama la ancha base productiva de la sociedad, sino que, justamente por ello, son sorprendidos en su condición conservatista y reaccionaria. Lo que quizá en un principio surgió bajo el sueño de una ideología de izquierdas, se revela en el factum como una auténtica pesadilla de derechas, una fe ciega, obcecada, que se sustenta en el temor y la represión, que usa el “garrote vil” de la coerción para sobrevivir en la confrontación. Lo uno deviene lo otro: el buen progreso socialista se hace, en la práctica, el peor retroceso fascista. Y a la inversa: quienes son acusados de ir en contra del Estado, de querer subvertir el orden y la paz, con la oscura intención de implantar un régimen de derechas, conservador y fascista, son, en realidad, los nuevos agentes históricos de la transformación, aquellos que transitan –como dice una de sus consignas más recientes– por “el lado correcto de la historia”.

Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, decía el genial Heráclito de Éfeso, uno de los filósofos de la antigua Grecia que mayor influjo tuvo sobre el pensamiento de Hegel. La historia de la humanidad es como el río de Heráclito: en ella todo fluye continuamente, una y otra vez, siempre de nuevo. Los “diques” en la historia humana son ficciones temporales, tienen fecha de vencimiento desde el momento mismo en que se terminan de construir.

Sin saberlo, la Venezuela de estos días asiste al encuentro real, efectivo, con la filosofía de Hegel. Y fue el mismo Hegel quien afirmara que “la conciencia dice –y hace– lo que no sabe y sabe –y piensa– lo que no dice”. Pocos, en realidad, saben sobre la existencia de Hegel y de su siempre denso modo de pensar. Pero, y a pesar de ello, lo que sí parece ser inevitable es que el actual desgarramiento que padece la sociedad venezolana, la dramática crisis de su Estado, ha puesto de manifiesto la condición insustentable del actual orden de las cosas, de una sobrestructura envejecida, anacrónica, que no podrá seguir aguantando por mucho tiempo el nuevo país que ya comienza a hacerse patente y solo dentro del cual puede surgir el reconocimiento, la reconciliación y la paz.