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Eli Bravo

Deseo, mire donde mire te veo

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Inspirulina

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El deseo de experimentar cosas nuevas es algo natural. Viene impreso en el cerebro. Desde un viaje a lugares desconocidos hasta un nuevo teléfono inteligente, estamos programados para buscar experiencias novedosas y mejores. La naturaleza nos hizo así por una razón sencilla: el deseo nos pone en acción y la curiosidad activa la creatividad para alcanzar los objetivos. Sin esta dupla seguiríamos en las cavernas.

Esas ganas de descubrir y mejorar son más que un asunto de carácter. En buena parte tienen que ver con la dopamina, un neurotransmisor que excita las neuronas para que enfoquemos la atención, aprendamos de las experiencias y nos pongamos en marcha. La dopamina ha sido llamada la molécula del querer porque nos infunde confianza y prepara al cerebro para la acción. También nos capacita para responder ante los cambios y nos impulsa a buscarlos.

“Digerir las novedades es una de las actividades principales del cerebro”, escribe Stefan Klein en su libro La fórmula de la felicidad. “Ellas son el alimento de las células grises”, afirma. Analizando la actividad cerebral se ha comprobado que la dopamina regula la intensidad del deseo. Además, hay algo interesante: por lo general resulta más excitante la anticipación del deseo que la satisfacción al obtener lo deseado.

Así somos los humanos: deseamos algo, lo obtenemos y después nos aburrimos. Piensa en la sexualidad. Aquí los mecanismos de la dopamina llevan a la euforia en los primeros encuentros. Sin embargo, con el tiempo sus efectos se atenúan. A partir de allí la emoción del deseo puede transformarse en un sentimiento más profundo para que la relación tome otros cauces. Por otro lado, el deseo de nuevas experiencias puede llevar a buscar una relación con otra pareja.

Los efectos de la dopamina se perciben incluso en las experiencias más elevadas. “En los humanos la dopamina inspira el afán de buscar el sentido de la vida y del mundo”, escribe Klein. ¿Significa eso que toda la sofisticación de nuestro razonamiento depende de una simple molécula de 22 átomos? En parte es así, pues el cerebro opera con base en el caldo bioquímico que lo remoja. Aunque si entendemos la mente más allá del cerebro, como una extensa red de percepciones e información capaz de elaborar pensamientos y acciones, la dopamina es un ingrediente más del caldo.

En otras palabras: de la misma forma que no somos rehenes de los genes, tampoco lo somos de las hormonas y de los neurotransmisores. Tenemos el poder de regularlos, bien sea con medicamentos, bien sea activando los recursos que nos da la conciencia.

Una aliada en este proceso es la curiosidad. Al mantenerla despierta, descubrimos los cambios que surgen a cada instante. Además, deseo y curiosidad trabajando en conjunto potencian la creatividad y abren oportunidades. Siguiendo a este par (aparte de intuición) podemos sentir la emoción de la experiencia y salir de la apatía o el estancamiento.

Claro, la dopamina tiene un lado oscuro. El deseo incontrolado lleva a la adicción, el sufrimiento o el delirio. Acá es donde entra el poder de la conciencia para observar y regular el descontrol o, en caso necesario, cuando hace falta ayuda especializada.