• Caracas (Venezuela)

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Ildemaro Torres

Deseable y deseado

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Con el ruego de disculpa por lo reiterativo, siento que hay muchas cosas que no nos hace mal recordar de vez en cuando, e incluso tenerlas siempre presentes, para no decaer en el enfrentamiento que nos lleve a superarlas.

Si uno trata de definir la situación por la que atraviesa Venezuela, de preguntarse qué país tenemos hoy, uno se encuentra con que más que una apreciación única y profunda, la respuesta está dada por una suma de factores de distintos tipos y a cual más insólito y grave. Vemos familias viviendo junto a cloacas abiertas, barrios ahogados en basura, la ruina y las carencias de los hospitales públicos; los agudos problemas de educación, alimentación y vivienda; los altos índices de inflación y desempleo, con el agravamiento de los niveles de pobreza crítica; y las universidades sufriendo salvajes agresiones de hordas que se dicen revolucionarias socialistas.

En los periódicos, la radio, la televisión, y las conversaciones en la calle, los lugares de trabajo y con la familia, son temas obligados la corrupción, los abusos de poder, el auge delictivo y la inseguridad con sus numerosos homicidios y secuestros en goce de impunidad, la degradación moral, el narcotráfico y otras lacras de un doloroso panorama nacional. Es terrible el hacinamiento de los reclusos en las cárceles nacionales, poseedores de cocaína y armas de todo tipo, extorsionados por sus guardianes y con diversas enfermedades de transmisión sexual.

Los llamados cuerpos de seguridad, con el argumento de ser responsables de encarar la delincuencia y proteger a la población, con frecuencia estrenan sofisticados y costosos equipos, que incluyen lujosas patrullas y motocicletas con aditamentos lumínicos y sonoros, hasta cuanto armamento o artefacto tecnológico se puede llevar en un uniforme y a mano; mientras que a los contribuyentes del Fisco nunca se nos ha informado quiénes y cómo hacen esas compras, ni su monto real.

Aspiramos a una forma de ejercicio policial sin humillación del detenido, interrogatorios conminatorios a golpes, privaciones ante necesidades básicas, ni apremios inhumanos, que son patrón típico en regímenes dictatoriales; sino de pesquisa y constatación de evidencias probatorias, con análisis inteligentes y ejercicios deductivos, y sobre todo respeto a la condición de persona.

Hemos asistido a una devaluación humana y humanística con hundimiento del país en un absoluto primitivismo, efecto manifiesto de la militarización a que nos ha sometido la barbarie en abuso del poder; y se nos plantea cual necesidad vital, una recuperación plena.

Pero si grave es esa situación descrita, mayor gravedad reviste que ante ella seamos sólo lectores, oyentes, espectadores y testigos pasivos, pareciendo estar en trance de reposo intelectual y político, como si para tranquilidad de conciencia con el país nos bastara con criticar el espionaje telefónico, expresar quejas por el costo de la vida, comentar rumores de golpe, o inmiscuirnos hasta donde sus mentiras lo permitan en el estado de salud del teniente coronel. Lucimos poco dispuestos a diseñar una respuesta significativa, de gran alcance, de definición clara, a esos problemas, y mucho menos dispuestos a abrir nuevas perspectivas que vayan más allá de esa respuesta. Suerte de aceptación de una realidad plagada de injusticias.

Es así deseable y deseado volver al país digno, sano, fraterno, que siempre fuimos, gobernado por gente honorable y no por voraces e impúdicos saqueadores de los bienes de la nación, por personas respetuosas de las leyes, de reconocida actitud considerada hacia sus semejantes y sin inclinación al rechazo discriminatorio por diferencias étnicas, religiosas o políticas.