• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

Descomunal

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Por un artilugio verbal, casi un acto de prestidigitación, en una de las tantas leyes traídas de Cuba y aprobada por los legisladores de la mayoría oficialista, se establece que el Estado comunal es una simple derivación lógica del preámbulo y el articulado de la constitución de la república bolivariana de Venezuela que rige desde 1999. El instrumento jurídico, si puede llamarse así a un listado de normas y mandatos que en su redacción, vocabulario y estructura formal traiciona la tradición y eficiencia legislativa del país de Germán Roscio, crea una estructura social novedosa en estos trances de ficción revolucionaria, pero de catastróficos fracasos en los últimos 150 años, especialmente en las naciones en las que han tomado el poder combatientes que se autodenominan marxistas-leninistas.

No vamos a recordar los millones de camboyanos que murieron asesinados por los jémeres rojos en su intención de construir un Estado comunal, ni las hambrunas que ocasionaron en la Unión Soviética los intentos de colectivización que emprendieron los bolcheviques, de los cuales Lenin y Stalin fueron los más crueles y desalmados, pero no la excepción de la regla.

La consigna que ha puesto a rodar el Ministerio de Propaganda es simple: “Comunas o nada”, que equivale a “la bolsa o la vida”, “patria o muerte”, que también se vincula con la táctica de “tierra arrasada” que en la Segunda Guerra Mundial el Koba tomó prestada de Iván, el Terrible, a quien tanto admiró como imitó en su crueldad. No me voy a oponer a su instauración ni voy a recurrir a los argumentos que la historia ha acumulado contra fracasos similares. No. Prefiero hacer una simple propuesta y que a partir de sus buenos resultados el país entero proceda de inmediato a regirse por el sistema comunal. Si fracasase, nos olvidamos de las comunas para siempre.

Propongo que la camarilla gobernante, la nomenklatura, la clase dirigente sea trasladada al mejor sitio del territorio nacional –¿La Orchila?– y que se organice y viva como una comuna, y que cada uno cumpla los preceptos morales y éticos que la ley establece, que cada uno vele por el bienestar de los otros y que todos contribuyan en el mantenimiento de la comunidad, en trabajo y en dinero; en ideas y sacrificios; en limpieza y en orden, sin que nadie sea “más igual” que los demás. A los seis meses, si ninguno saltó la talanquera y todos son más felices que cuando empezaron, los venezolanos aceptaremos participar en el experimento y hasta dar ideas para mejorarlo y enriquecerlo. Como estamos seguros de su fracaso, mientras no aparezca el “hombre nuevo”, otra utopía, sugerimos que le eviten más sufrimientos al noble pueblo que cometió la equivocación de mantenerlos en el poder. Cerrado por retrasos en el puerto.