• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

Descafeinado

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I.

Los que nos ven desde lejos suelen decir que nuestra sociedad vive momentos interesantes, un elogio, desde luego, mientras el venezolano de a pie quisiera un país más normalito, con algunas certezas básicas, uno cuyo gobierno no se crea el epicentro de una nueva civilización planetaria y en donde, por ejemplo, se tenga la seguridad de que el Presidente se encuentra vivo y, efectivamente, “mandando más que un dinamo”, como ha dicho su yerno ministro; que de verdad concibe sendos discursos para que Maduro o Jaua los pronuncien en el exterior y gira instrucciones a fin de que los responsables de la economía completen el paquete neoliberal, pero revolucionario, que nos tiene pasando las de Caín desde que se anunció la devaluación.

II.

Tras su lamentable enfermedad, se ha demostrado que el presidente Chávez es absolutamente imprescindible para el funcionamiento del actual gobierno y esto no es, por supuesto, una alabanza política, sino todo lo contrario. Después de casi década y media en el poder, la prédica del liderazgo colectivo no aguanta, sin caerse, el más suave empujoncito venido desde la terca realidad, simbolizada ésta en el dedo autocrático que, de manera tan sincera y desaprensiva, definió Jacqueline Farías cuando fue nombrada, sin que nadie la eligiera, jefa de Caracas.

El suyo es, pues, un caso de liderazgo único, incluida la prerrogativa de ejercer el cargo sólo conforme a su leal saber y entender, asumiendo que los consejos sobran y las críticas molestan. Los que lo rodean, dentro y fuera del Gobierno, obedecen sus órdenes rodilla en tierra, señal de lo bien que se da el narcisismo presidencial con el culto a la personalidad.

Así las cosas, por lo que se ha visto claramente durante las últimas semanas, el chavismo sin Chávez es un movimiento descafeinado, que finalmente se decantará, como el peronismo, en una franquicia con cupo para casi cualquier opción contenida en el menú político, contemporáneo o no tanto.

III.

Ojalá el viento sople a favor de la recuperación de la salud del Presidente, aunque es cosa imposible de saber, dado que el Gobierno es el que regula lo que los ciudadanos podemos saber, el que nos confunde según vaya yendo y le vaya pareciendo de acuerdo con una estrategia, Maduro dixit, dirigida a descolocar a la derecha imperialista, capaz de cualquier cosa con tal de desestabilizar al país. Entre tanto los ciudadanos, los de un bando y los del otro, son irrespetados a mansalva, y no tienen más remedio que abrevar en la versión de periodistas y médicos devenidos en espías, y en chismes, convertidos en un artículo de primera necesidad, aunque al Gobierno le ha dado por considerarlos un recurso subversivo.

Al paso que ocurre lo anterior, la dirigencia descafeinada del chavismo se da a la tarea de exprimirle al Presidente hasta la última gota de su capital político. Así, por ejemplo, Maduro anda en campaña electoral, inaugura obras de todo tipo, habla aquí y allá, usufructuando su imagen política de una manera que no luce muy respetuosa, por decir lo menos

IV.

En fin, es posible, de acuerdo con los rumores de que disponemos, que el presidente Chávez deje el poder, justo en medio de una crisis que muestra la economía con las costuras al aire (¡y a los chinos preocupados!), tras catorce años de épica endógena. Tanto remar, pues, para terminar en la orilla, vale decir, en la necesidad de tomar medidas que siempre se asumieron como parte del arsenal del equipo contrario.

Lástima, piensa uno, porque en 1999 Chávez se hizo del poder al calor de buenos motivos y con un libreto de gobierno razonable que daba cuenta de un país que no andaba bien. Lástima que durante el camino se hayan traicionado algunas de las razones y buena parte del libreto. Lástima que se haya desaprovechado un respaldo político sin precedentes y se le haya sacado el cuerpo a decisiones necesarias porque se antojaban difíciles. Lástima que se haya creído en la desmesura del propio discurso, el de un gobierno presumido. Lástima, en fin, que corramos el riesgo de que esta experiencia política de década y media le dé la razón a los que no la tienen, a aquellos que aún añoran un país al que miran a través de la nostalgia la cual, como se sabe, es mentirosa, porque maquilla el pasado y no deja ver los polvos que trajeron estos lodos.