• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Julio Bolívar

Desayuno con Volpi

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Un recuerdo: hace un par de años, o más, me llama A. L, presidente vitalicio de la República monárquica de Guarimure e inopinadamente me pregunta que si puedo asistir a un desayuno con el escritor mexicano Jorge Volpi, pero antes me advierte que si no tengo diferencias ideológicas con él. Mi respuesta es simple, sé que se ganó un premio con una novela que parecía escrita por un alemán, el premio Biblioteca Breve, creo, con la novela En busca de Klingsor; además de que intenté leer Será la Tierra, su otra novela y aún no la termino  y que leí completo el ensayo ganador del Premio Casa de América El insomnio de Bolívar, cuatro consideraciones intempestivas sobre América Latina en el siglo XXI, un delicioso ensayo fragmentario que no trata sobre Simón Bolívar, como pudiéramos esperar, pero que sí, y que me gusta su tono irónico y desenfadado sobre el insistente tema de la integración latinoamericana (aquel sueño bolivariano), además de que, como pertenece a la cofradía de admiradores de Roberto Bolaño, goza de mi total simpatía. Hasta aquí la conversación con A. Por un momento pensé que era broma. Dos días después me llama su amable secretaria y me da la dirección de un edificio que está al lado de un hipermercado (que resultó hotel), y me insiste en que llegue puntual, a las 8:00 am. La idea me halaga (la de la puntualidad, como si se tratara de Carlos Fuentes; además, la reunión es especial para los ministros de la República de Guarimure. Finalmente digo que sí, un poco haciéndome el acostumbrado a estas reuniones con estrellas de rock literario.

El viernes, día de la reunión, la ciudad amanece de un cielo gris plomo, con amenaza de lluvia. Bajo hasta la estación de Palo Verde, que es la última en sentido este, portal de los barrios más bravos de la ciudad; antes leo en la prensa la entrevista en donde Volpi dice “que vivimos con miedo”. No me extraña. Creo que vino para un programa con la Fundación de la Cultura Urbana, que realizaba encuentros a menudo sobre el tema de las ciudades y despliega un amplio programa editorial, y para alguna presentación o plática en la Feria del Libro de la Universidad de Carabobo en Valencia. A la que finalmente creo que no fue. (En el vagón del Metro pensaba en la estación en donde debía bajarme y en vano esperé la voz rugosa de los conductores del Metro que dijera: Estación Parque del Este, cuando anunciaron la estación Miranda, paralizado por unos minutos dudé en bajarme, no sabía en dónde estaba, luego pensé, con cierta perplejidad mientras subía por las escaleras mecánicas, que si teníamos una estación llamada Miranda y otra en La Rinconada llamada Ezequiel Zamora, por qué no teníamos una con el nombre del Libertador Simón  Bolívar, qué falta de respeto por el ideólogo principal de este proceso. Para distraerme releí algún pasaje del libro del narrador mexicano para retomar su idea de Latinoamérica).

Cuando llegué al hotel y vi la cara de Volpi, percibí que estaba algo agotado y pálido. La amenaza de un día viernes e intentar salir de Caracas era una aventura que su amigo Herman Sifontes no recomendaba, podía no llegar a la hora, o no regresar jamás. La autopista regional del centro era toda una aventura, era como entrar a la película Jumanji.

Puntualmente llegaron casi todos los republicanos, el poeta y novelista José Pulido y su inseparable Petruska Simne; el narrador y columnista Juan Páez Ávila; además nos acompañaban dos editores de peso, Sergio Dabhar y Víctor García de Random House Mondadori; un merideño al que no conocía ni de vista ni de trato, y el anfitrión Herman Sifontes Tovar que inició la conversa. Un espléndido y delicado desayuno que tuvo temas diversos con un tono optimista de lo que hacemos y somos a pesar de la circunstancia política, tema que evitamos. Todos teníamos algún libro de Volpi en la mano para el recuerdo de la dedicatoria.

Una hora con Volpi me dejó una imagen serena de uno de los escritores más potentes del llamado Crack mexicano. De estatura más bien pequeña, delgado e informal en su vestimenta, algo amurcielagado y tal vez trasnochado por la rumba de la noche anterior, Volpi despejaba su inteligencia en una conversa coherente con sus posturas y rememoraba sus tiempos en la Fiscalía mexicana cuando asesinaron a Luis Donaldo Colosio (marzo de 1994 en Tijuana), aquel asesinato político, que como casi todos los asesinatos políticos y los muchos no políticos, aún no se ha resuelto. Desde esos días más nunca ha ejercido el derecho, confesó, y ha hecho de la escritura su arma favorita, como su cargo en aquellos días tan peligrosos como ahora.

Es verdad vivimos con miedo: los narcos, la guerrilla, los sicarios, el populismo, instituciones débiles, los políticos, la falta de visión compartida de país y la miseria hacen de nosotros criaturas aterradas e indefensas. No sé si la literatura escrita en mexicano o desde un punto de vista más global nos ayuda, pero lo que sé es que nos da una nueva visión sobre la vida que llevamos a cuestas y que es, en definitiva, sobre la que debemos escribir. No queda otra, ni hay otra.

Nos despedimos de Volpi aquella vez y le comentamos la extraña casualidad de su primera venida a Venezuela, que fue en 1999, llegaba Chávez al poder; aquel día regresaba a 11 años de gobierno, como un fiscal de Estado (el que casi fue), a revisar la tarea del chico golpista del 92. Me imagino que se lleva una mala impresión; de aquel encargado que dejó con las elecciones ganadas no queda nada. No hizo sus deberes sociales. Ahora, para lo que puede servir, es para animador de un circo, el Circo de los Hermanos Chávez. Un apretón de manos y la promesa de unas preguntas por email fue nuestra despedida. Todavía no había llegado el presidente chavista sin Chávez, ni tampoco ese Mio Cid que nos invade todos los días. Ni estos muertos que hoy lamentamos y que no sabemos cuándo parará.