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Luis Ugalde

Democracia liberal y social

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Ha llegado la hora de la claridad y la definición ante la encrucijada política que enfrenta Venezuela. El futuro no está en los fundos zamoranos. Es mentira el dilema que gusta presentar el régimen: “Si quieren cambios sociales con justicia social y empoderamiento de los excluidos, no hay más alternativa que nuestro comunismo”. Según ellos, la única alternativa posible es el neoliberalismo, que sirve a los intereses de los ricos que excluyen y explotan a los pobres. Su propaganda pone en una balanza todo el bien social y solidaridad de la humanidad y le llaman “socialismo”, y en la otra, el mal del egoísmo explotador. Discurso tentador para muchos, con un predicador, multimillonario, que se apropia y usa sin escrúpulos la renta petrolera estatal. La realidad de los fracasos desmiente las promesas. Venezuela se hunde en todos los frentes, luego de haber malgastado más de 1 millón de millones de dólares.

En el mundo no hay un solo país exitoso con el modelo comunista que aquí se quiere imponer. Pero con todo el poder dictatorial comunista fracasaron los paraísos “socialistas” y los pueblos los derrocaron para salir de su pobreza y de la opresión totalitaria.

La tercera realidad es que en el mundo, en los últimos 60 años, se ha avanzado extraordinariamente en desarrollo económico, justicia social y libertades personales. Es una impresionante revolución de las motivaciones personales e instituciones públicas de solidaridad.

En la actual confusión venezolana nadie se puede quedar en casa y hay que salir en todos los campos: social, educativo y económico para actuar, explicar y aclarar que la superación de la pobreza, con oportunidades de trabajo, vida digna y libertades para todos, pasa por la defensa explícita de la democracia liberal y social. Pero hay alergias: unos a la palabra liberal y otros a la social. El mal llamado neoliberalismo ni es posible, ni ofrece soluciones para las mayorías, porque la supuesta competencia perfecta es una ficción y la gran mayoría del país no tiene oportunidades por carecer de poder y de preparación.

Por eso la sociedad venezolana debe exigirle a su Estado para que haga un extraordinario esfuerzo para nivelar los de abajo hacia arriba ofreciéndoles oportunidades para ser productores y conquistar efectivamente los derechos humanos liberales individuales en una sociedad solidaria. Los empresarios no deben avergonzarse de defender los derechos liberales de todos –no sólo los suyos–, desde los más excluidos, tomando en serio lo de responsabilidad social, sin quedarse en propaganda. Con decenas de miles de emprendedores, decididos exitosos y solidarios (cosa no fácil) tendremos empleos de calidad y lograremos que lo público no sea un botín de privilegio para la parcialidad política que se apropia del Estado, sea el excluyente partido único “revolucionario” o las minorías económicamente poderosas.

Los partidos políticos (viejos y nuevos) tienen que retomar sin vergüenza las 2 materias no aprobadas en los últimos 30 años: la eficiencia y transparencia en el manejo del Estado y la verdadera pasión social para superar la pobreza basada en una democracia liberal y solidaria, con participación ciudadana y al mismo tiempo contralora. Con sólo medio país (no importa cuál) es imposible salvar los derechos personales y los logros sociales solidarios que son imprescindibles.

En el comunismo totalitario no tienen cabida las iniciativas sociales ni la creatividad individual (sin las cuales toda sociedad va al fracaso) en educación, en organización político-social y en la producción económica. Necesitamos, ciertamente, un Estado y unas instituciones capaces de convertir los frutos de la libre creatividad en realizaciones sociales e instituciones que beneficien a todos. Este no es un tema congelado hasta la próxima elección presidencial, sino que está en la calle día a día; se pierde o se gana en la próxima elección de gobernadores, en las escuelas, liceos y universidades, en los hospitales públicos, en las empresas básicas de Guayana, en la producción agrícola y en los servicios públicos decadentes.

Para evitar la noche totalitaria y construir alternativas de vida hay que tener la visión, el corazón y el coraje para construirla y no quedarse en lamentaciones y mutuas acusaciones de derrotados.