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Aníbal Romero

Delirio, crimen ¿e impunidad?

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No es tarea fácil, pero sugiero a los lectores que revisen el denominado Plan de la Patria. Advierto que requeriría un gigantesco esfuerzo hallar, en todos los anales de los pueblos a través de la historia, otro documento que agrupe tal cúmulo de desatinos y disparates. Se trata además de un texto que sobradamente triunfaría en la competencia del Libro de Récords de Guinness, en la categoría del ridículo. Entre sus objetivos, por ejemplo, se cuenta contribuir a “la salvación de la humanidad”. Nunca he sabido de un japonés, un noruego o un suizo al que se le haya ocurrido que su país deba “salvar a la humanidad”. Semejante despropósito y carencia de sentido de las proporciones es propio de un pueblo y de unos gobernantes hondamente fracasados, que ocultan su mediocridad tras semejantes metas altisonantes, vacías e inútiles.

Los pueblos que progresan y generan real bienestar para su gente se ocupan de salvarse a sí mismos, misión por lo demás bastante complicada, y no de andar por allí predicando la “justicia social internacional”, el “nuevo orden económico internacional” o la “salvación de la humanidad”. ¡Qué cursilería por Dios!

Desde luego, en nuestro caso la propensión al delirio proviene del nefasto mesianismo bolivariano, que tanto daño ha hecho y hace, así como de la ruptura del vínculo entre trabajo y bienestar producido por el petróleo y el populismo. Un pueblo que pierde la noción de que hay que fajarse para sobrevivir y superarse, pronto empieza a entretener sueños descabellados en sus mentes extraviadas.

Pero sería un error tomarse a risa al régimen, si bien a veces es risible. El delirio de Chávez y sus acólitos se ha traducido en crimen, pues el régimen que ahora rige a Venezuela es sin duda alguna criminal. Son crímenes la entrega de la soberanía a Cuba y la asfixia de nuestras libertades, la destrucción de todas las instituciones, la industria y la agricultura, el desmantelamiento de Pdvsa, la alianza con los Estados forajidos del mundo, el reiterado fraude electoral, la expulsión indirecta de centenares de miles de venezolanos de la patria, el ensañamiento contra los disidentes, la crueldad contra Iván Simonovis y tantos otros, y el envenenamiento de las almas mediante de la prédica del odio.

Este es un régimen criminal de izquierda socialista. Y hay que repetirlo y enfatizarlo, pues ya empiezan a escucharse las voces de la izquierda no-chavista argumentando que el régimen “nunca tuvo ideología” o que es “fascista”, y ello para proteger en lo posible el evidente desastre que producen el socialismo e izquierdismo silvestres de América Latina, ampliamente representados en Venezuela por gran parte del sector civil chavista y por algunos militares sin brújula. Pero la izquierda “buena”, que sigue dominando los medios de comunicación aún libres, confía en que una nueva etapa política preserve al país dentro de los esquemas del socialismo y el populismo de siempre, aunque sin la manifiesta incompetencia de Chávez y sus ineptos seguidores.

Tal salida sería no solo inaceptable, sino igualmente el preludio de otro inexorable y rotundo fracaso para Venezuela. Los responsables de la actual pesadilla y su proyecto de izquierda no deben quedar impunes, y no por venganza –que de paso de sobra la merecen– sino por pedagogía. En nuestro país será imperativo llevar a cabo un masivo proceso de reeducación política, destinado a que el pueblo conozca la verdad para no repetir la mentira. El chavismo y sus dirigentes no deben quedar impunes, pues si ello ocurre nada habremos aprendido.