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Guillermo Cochez

Déjenlos que se acaben entre sí

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Tres años y medio en la OEA me dieron pistas para entender el comportamiento de Estados Unidos frente a Venezuela. Al igual que muchos, buscaba encontrar razones para explicarme el porqué de tanta indiferencia hacia los abusos políticos y de derechos humanos allí perpetrados.

En 2004, siendo observador del referéndum revocatorio del 15 de agosto, fui testigo de cómo el Sí para revocar a Chávez ganó abrumadoramente en las urnas. A eso de las 3:00 am, todos dormidos, el CNE, en cadena nacional anunció el fraude: el 6 a 4 a favor del Sí (para que Chávez se fuera), fue cambiado para un 6 (No revocar a Chávez) a 4 al Sí. Evidencias por montón aparecieron para probar el fraude, lo cual fue impedido por el aparato cubano-venezolano.

Conté mi experiencia en los medios, explicando lo que había sido un burdo fraude. Al regresar a Panamá, el 16, me reuní con Samuel Lewis, designado canciller del gobierno de Martín Torrijos a instalarse el 1° de septiembre. Me preguntó por qué hablaba de fraude en el revocatorio, cuando ya el secretario de Estado Colin Powell había calificado las elecciones como transparentes. Contesté que esa bendición no las hacía limpias, como tampoco las anteriores repartidas por Jimmy Carter convalidando elecciones de dudosa transparencia en el pasado.

Cuando en enero 16 de 2013 denuncié en la OEA el golpe de Estado ocurrido en Venezuela con la ascensión al poder de Nicolás Maduro, y que me costó mi destitución, Estados Unidos también jugó un papel que a muchos nos pareció extraño. Fueron los artífices para convencer a mi cancillería de que no era prudente que yo hablara ese día y que, al yo hacerlo, perdí mi puesto. Querían que todo siguiera igual que, a la larga, como pareciera está ocurriendo, el régimen caería por su descomposición interna. Igual se opusieron cuando Panamá en marzo pasado invitó a María Corina Machado a hablar en la OEA.  La discusión en el Congreso norteamericano sobre la imposición de las sanciones refleja la misma posición del gobierno de Obama. Sigue en el ambiente aquel viejo complejo de querer evitar que a Estados Unidos se le acuse de intervencionista.

Y esa estrategia oculta pareciera estar dando réditos, aunque sea a un precio exageradamente alto para los venezolanos. Por más que inventen magnicidios, intervenciones de la CIA, sabotajes, guerras económicas, aviones desde Colombia, se están acabando entre ellos. Diosdado Cabello hace diariamente todo lo posible para dejar mal a Maduro, llamándole la atención al Ejército y al embajador de Colombia; la justicia avala la participación política de los militares; la carta de Giordani y su respaldo por varios chavistas históricos y bases del PSUV; la escasez galopante; la monumental devaluación que se avecina. Son factores que hacen deducir que pronto ocurrirá una explosión interna que los terminará de destruir. Salida que pareciera estar alentada por actitudes como las del Departamento de Estado.

Hay dos factores que los chavistas no han podido quitarle a la influencia indirecta en Venezuela de los norteamericanos. El petróleo y el beisbol. El primero por su extensa presencia a través de las petroleras gringas, la cual indirectamente se mantiene, y el segundo por la influencia que ese deporte tiene en la sociedad venezolana, donde ya suman más de 315 peloteros venezolanos llegados a la gran carpa, y miles en sus ligas menores: el beisbol promueve vínculo indisoluble del venezolano con la sociedad norteamericana. Esto aumenta con el éxito que cada día jugadores como Miguel Cabrera y Félix Hernández tienen en las grandes ligas.

Pienso que quizás dejarlos acabarse entre sí no es la solución menos costosa, pero de repente sería la más aconsejable para preservar los intereses gringos, que, al final de cuentas, es lo que siempre prevalece. Incluso sobre los principios democráticos.        


*Ex embajador de Panamá ante OEA

gcochez@cableonda.net