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Jorge Selaive

Dejemos el pesimismo económico a un lado

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La economía chilena creció por debajo de lo esperado la segunda parte del 2013. En parte, porque no fuimos capaces de anticipar correctamente la transitoriedad del crecimiento de los trimestres anteriores, y en parte también por una desaceleración efectiva de la inversión privada y pública.
¿Cuáles son los síntomas que llevan a muchos a considerar que la economía chilena camina hacia un crecimiento cercano a la mitad de su crecimiento potencial el 2014? Por un lado, indicadores más bien coincidentes como el retroceso en la confianza empresarial y alguna estrechez en la oferta de crédito. Por otro lado, indicadores duros como el fuerte retroceso en la inversión en maquinaria y equipos, y consecuente desaceleración de sectores vinculados.

La confianza empresarial ha retrocedido como respuesta natural a un cambio de gobierno ensalzada por una relevante reforma tributaria (miremos lo que pasó con el solo cambio de gobierno en 2006). Esta reforma, si algo hará, será continuar el proceso de transferencia de riqueza desde el capital al trabajo que se ha observado durante los últimos años. No tenemos razones para esperar grandes castigos a la confianza de los consumidores a menos que tengamos daños relevantes en el mercado laboral.

La capacidad técnica del equipo de gobierno conformado asegura que la reforma se realizará equilibrando los alicientes para mantener el empleo y mitigar los desincentivos a la inversión. Ni mucho ni muy rápido que dañe estructuralmente el empleo y la inversión, ni tan poco que no permita los objetivos de recaudación y genere daños político-reputacionales.

La Encuesta de Crédito Bancario indica efectivamente ciertas restricciones. Desde una arista simple, los bancos son empresas y, finalmente es esperable que esta encuesta sea coincidente con los indicadores de percepción empresarial. Sin embargo, al mirar las cifras de colocaciones, se observa un crecimiento razonable, que habla de un endeudamiento importante en algunos segmentos de hogares. Un crecimiento de 9% en las colocaciones en pesos el 2013 indica que se han colocado cerca de US$ 9.000 millones en los bolsillos de los chilenos en préstamos de consumo y vivienda, no muy distinto a las cifras de años previos.

Las importaciones de capital han retrocedido de manera significativa, pero particularmente las vinculadas a la minería y transporte. Las relacionadas a energía y otros sectores industriales permanecen saludables. Asimismo, la creación de empleo permanece sólida, al igual que el crecimiento de las remuneraciones, en tanto la confianza de los consumidores no se ha derrumbado y no parece creíble un escenario de repentino y abrupto desplome. El tipo de cambio ha regresado a niveles competitivos, y el mundo desarrollado se encuentra en un claro proceso, frágil y dependiente, pero de recuperación económica.

El boom de inversión en la minería, que explicó la mitad del crecimiento económico entre el 2010 y 2012, ha terminado, pero aquello no significa que la economía chilena no tenga bases para continuar creciendo en un marco donde persistan los esfuerzos por mejorar la distribución del ingreso y eliminar ciertas rentas sectoriales. Aquello no es incompatible con una juiciosa, gradual y equilibrada reforma tributaria.
De darse el escenario más probable, en unos meses más no debería extrañar que las percepciones cambien, y de mirar el vaso medio vacío en crecimiento, se migre a un escenario equilibrado. Los vientos para el dinamismo de la actividad son favorables la segunda parte del año. Tendremos claridad respecto a la reforma tributaria y la temporalidad en su implementación, el mundo continuará robusteciendo su crecimiento, en tanto las políticas estabilizadoras monetaria y fiscal locales estarán ya como antibiótico circulando en la sangre de la economía. Chile va de menos a más este año, y espero que pronto el empresariado comience a internalizar aquello. Chile puede crecer en torno a 4%, y si crece algo menos, me parece prudente indicar que crecer más no es sinónimo de crecer mejor.

Demasiada negatividad de nuestros líderes de opinión, justificada en cifras de corto plazo que solo arman el rompecabezas macroeconómico parcialmente, en nada contribuye. Más aún, puede terminar construyendo un profecía autocumplida. El juego parece trivial para algunos que lo han jugado por muchos años. Es preferible ser un negativo consuetudinario, porque cuando las cosas no se dan, todos te encuentran como el gran predicador, en tanto cuando las cosas resultan bien, nadie se acuerda de tus mensajes mientras disfrutan del banquete.