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Anne-Marie Slaughter

Dejemos que Europa lidere en Ucrania

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Mientras avanza la anexión de Crimea por parte de Rusia, Estados Unidos debe hacerse a un lado; la Unión Europea debe dar un paso al frente, y la comunidad internacional debe asegurar que Rusia pague un precio económico y político alto por sus acciones, y que los nacionalistas rusos y ucranianos no sumerjan a ambas partes en una espiral de violencia mortal.

Hasta el momento, los líderes occidentales han jugado sus cartas lo mejor que pudieron, evitando los pasos en falso del principio de la canciller alemana, Angela Merkel, quien hizo una afirmación calculada de los intereses regionales de Rusia como el comportamiento de un líder que perdió todo contacto con la realidad. La intensificación de la crisis por parte de Estados Unidos a esta altura no haría más que jugar a favor del presidente ruso, Vladimir Putin, y dejar expuesto a Occidente como un tigre de papel.

Para entender por qué, vale la pena hacer algo de historia. A lo largo del siglo XX, Estados Unidos intervino en repetidas ocasiones en América Latina para derrocar o doblegar gobiernos que no le gustaban: en Cuba, Nicaragua, República Dominicana, Panamá, Guatemala, Haití, El Salvador, Chile y Granada, para nombrar solamente los casos más prominentes. Durante la Guerra Fría, sucesivos presidentes norteamericanos estaban profundamente felices de enviar tropas, directa o indirectamente, para asegurar que gobiernos amistosos prevalecieran en el continente americano (y más allá).

Ahora recordemos las respuestas occidentales a incursiones soviéticas y rusas previas en países estratégicamente importantes: Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968 o Georgia en 2008. Cada vez, Estados Unidos se negó a comprometerse militarmente con un Estado que poseía el mayor arsenal de armas nucleares sobre la tierra.

Recitar esta historia no es aprobarla, sino más bien intentar comprender cómo podrían entender los rusos la legitimidad de las acciones de Putin. También existe la dinámica política universal por la cual una crisis o una amenaza extranjera fortalece a un líder fronteras adentro. Putin está recibiendo el mismo salto de popularidad por su aventura en Crimea que el que tuvo la entonces primera ministra británica Margaret Thatcher en la guerra de Malvinas en 1982. Incluso intelectuales de izquierda se están alineando en respaldo de Putin por proteger a los rusos étnicos de lo que el Kremlin y sus medios aliados retratan como un nacionalismo ucraniano “fascista”.

En este contexto, el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, tiene razón al dejar en claro que la OTAN no está contemplando ningún tipo de respuesta militar. Haría mucho mejor incluso si delegara responsabilidades como principal negociador y portavoz en esta crisis a un grupo de líderes de la UE: el alto representante de la UE, Catherine Ashton; Merkel; el primer ministro británico, David Cameron, y el primer ministro polaco, Donald Tusk. 

La UE en su totalidad tiene vínculos económicos mucho más amplios con Rusia –y por lo tanto más influencia– que Estados Unidos. La UE es el principal socio comercial de Rusia –Estados Unidos está en quinto lugar, detrás de China y Ucrania–. Aproximadamente la mitad de la inversión extranjera directa rusa en 2012 estuvo destinada a Holanda, Chipre y Suiza (que no es miembro de la UE, pero sí objeto de la presión de la UE), mientras que aproximadamente 75% de la inversión extranjera directa que ingresa a Rusia proviene de países de la UE. Finalmente, los oligarcas rusos tienen más propiedades en Londres y el sur de Francia que en Nueva York o Miami.

Es más, es menos probable que la presión de la UE sobre Rusia suscite el nacionalismo ruso que la “interferencia” de Estados Unidos en la vecindad de Rusia. Para empezar, Ucrania también está en el vecindario de la UE. Pero, más importante aún, la UE no les recuerda a los rusos diariamente sus pérdidas y su humillación postsoviéticas en el escenario global de la misma manera que lo hace Estados Unidos.

Estados Unidos tiene muchos menos expertos en Rusia hoy que hace dos décadas, porque la mayoría de los responsables de la política exterior de Estados Unidos han estado prestando mucha más atención a China, India y Oriente Medio. A ningún país, mucho menos a una ex superpotencia, le gusta ser ignorado.

Finalmente, si Estados Unidos se hace a un lado, la UE, las Naciones Unidas y hasta China pueden recordarles a los rusos las consecuencias políticas de violar flagrantemente el derecho internacional y tener que hacerse cargo de territorios empobrecidos e impacientes que resultarán mucho más difíciles de digerir de lo que sugerirían los resultados del referéndum. Los tártaros musulmanes –aproximadamente 15% de la población de Crimea– se oponen férreamente a sumarse a la Federación Rusa y pueden convertirse en una espina permanente, junto con el 25% de los habitantes de Crimea que hablan ucraniano, que han sido silenciados en los últimos diez días.

La decisión de Estados Unidos y Europa de imponer algunas sanciones económicas ahora, con la posibilidad de adoptar sanciones más duras y más amplias después, no es una señal de debilidad sino de cálculo estratégico. Todavía quedan armas más pesadas en el arsenal diplomático para disuadir a Putin de intentar seguir desguazando a Ucrania; mientras tanto, los mercados están imponiendo costos económicos adicionales a todos los rusos.

Hoy es tan importante fortalecer a los miembros moderados del nuevo gobierno ucraniano como reducir la influencia de los nacionalistas de extrema derecha que pisotearían los derechos de los ucranianos ruso-parlantes. Desde la Revolución francesa hasta Egipto y Siria, los extremistas muchas veces se impusieron a los moderados y luego procedieron a imitar las tácticas y las políticas del gobierno contra el cual originariamente se unieron y al que querían derrocar.  

Esto no quiere decir que Estados Unidos, la UE y otros actores preocupados no deberían hacer todo lo posible para asegurar que el pueblo de Ucrania, no importa la lengua que hable o la religión que practique, obtenga los derechos y la prosperidad que tanto busca. Para Estados Unidos, la defensa de los valores universales es, según la Estrategia de Seguridad Nacional del presidente Barack Obama, un interés estadounidense central.

Sin embargo, la manera de buscar ese interés en este caso no consiste en invitar a una confrontación al estilo de la Guerra Fría, sino en respaldar a los países que tienen más influencia sobre Rusia y que están más en riesgo –estratégica y económicamente– para encontrarle una solución a esta crisis.

 

*Presidente y CEO de la New America Foundation, es autora de The Idea That Is America: Keeping Faith with Our Values in a Dangerous World.

 

Copyright: Project Syndicate, 2014.