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Maximiliano Tomas

Dejar de escribir

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Primero fue Gabriel García Márquez, a mediados de 2012.Aunque sería más exacto decir que fue su hermano, Jaime, el que dio la noticia:el colombiano ya no escribiría más, debido al imparable avance de una demenciasenil. A fines del mismo año se le sumó Philip Roth, que en declaraciones a unarevista francesa anunció que Némesis iba a ser su último libro. “Noquiero leer ni escribir más. He dedicado mi vida a la novela: estudié, enseñé,escribí y leí. Con la exclusión de casi todo lo demás. ¡Es suficiente!”. Amediados de 2013 la canadiense Alice Munro decía más o menos lo mismo: “Probablementeno vuelva a escribir” (y pocos meses después le dieron el Premio Nobel deLiteratura). Ahora fue un tercer Nobel, y otro autor que pasó los ochenta años,Günter Grass, el que decidió, en una entrevista periodística, abandonar la escritura.“Tengo 86 años. Mi salud no me permite tomar proyectos que tardaría en realizarcinco o seis años, el tiempo necesario para investigar y escribir una novela”.

Hay escritores que no pueden dejar de escribir: a algunosse los llama grafómanos, a otros prolíficos, a otros narradores profesionales.También escritores que lo único que no pueden hacer (o no les interesa hacer),al parecer, es escribir. Otros que escriben bajo presión, o a demanda. Peroahora debemos lidiar con una nueva categoría: la de los escritores querenuncian públicamente a escribir. Uno terminó por acostumbrarse a los retirosde los futbolistas, de los boxeadores, de los tenistas (los músicos, se sabe,no se retiran: siempre están volviendo): atletas de alto rendimiento, genios deldespliegue técnico, estrellas mundiales, el retiro es la ocasión paradespedirse de sus seguidores, amasar algunos miles de pesos extra, comenzar unanueva vida. Pero si el acto de escribir suele ser algo íntimo, que se realizapor lo común en silencio y soledad: ¿a quién podría interesarle la renunciapública de un escritor?

La semana pasada el crítico Matías Serra Bradford publicóun artículo que se ocupaba de los escritores que en algún momento de su vida sehartaron de todo y buscaron abstraerse del mundo, salir de escena. Desde lostípicos casos de reclusión de J. D. Salinger y Thomas Pynchon, a lasmisteriosas desapariciones y exilios autoimpuestos de Ambrose Bierce o ArthurRimbaud. Ninguno de ellos se preocupó por anunciarlo en los diarios. “La desapariciónde un escritor tiene una taxonomía colorida: se esconde, se suicida, pierde lavida en un testimonio o un enfrentamiento, se interna en un bosque, sedesconoce su paradero, abandona las letras, se abandona. En casi todos loscasos legendarios se trata de ausencias desprovistas de estrategia, de pose. Ladesaparición tiene modos y modales”. Algo parecido escribía un tiempo atrásotro crítico, Ignacio Echevarría, ante las confesiones de Munro y Roth: “Elmismo acto de hacer pública la declaración de esa renuncia entraña unainteriorización de la figura pública del escritor, con toda su vanidad y todasu servidumbre. Y esa sí es una fatalidad de la que parece improbable zafarse,menos aún cuando se ha alcanzado tal visibilidad”.

Es sabido que cuando a Jorge Luis Borges le preguntaroncuándo escribía él respondió “todo el tiempo”. Quería decir que aún cuando noescribiera físicamente, estaba escribiendo en su cabeza. Cuando mis amigosescritores están pasando por una fase poco productiva, en la que los cuentos ylas novelas no salen o no aparecen, me dicen que no están escribiendo; pero lohacen con pudor, con malestar, hasta con cierta vergüenza. ¿Por qué será quealguien para quien el acto de la escritura es constitutivo se sacaría de encimaesa tarea como si fuera un peso, una carga, algo a lo que se lo obliga? Decirque ya no se escribirá más es lo contrario a desaparecer: suena detrás de esaspalabras un eco de desesperación por ser leído, reclamado, tenido en cuenta.Quizá haya otras razones, no confesadas: coqueterías, maniobras publicitarias,secretas renegociaciones de una obra por parte de un agente. O la necesidad deconjurar, contra lo que se asegura, ese destino aparentemente elegido. A NéstorSánchez, uno de los escritores más singulares y eludidos de la literaturaargentina (autor de Nosotrosdos, Siberia Blues y La condición efímera) lepreguntaron una vez por qué ya no escribía. “Ya escribí”, dijo, sencillamente.Esa es la forma en que debiera renunciar un escritor. En tiempo pasado, en vozbaja, sin que le importe demasiado a nadie, y mucho menos a él mismo.