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Ramón Hernández

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Mucho tiempo duró la discusión entre los trotskistas sobre el carácter de lo que se ha venido llamando “revolución cubana”, obviemos las mayúsculas. La premisa era que no siéndolo la soviética, mucho menos lo podía ser una emulación tropicalera conducida por una pequeña burguesía radicalizada, con muchos trazos gansteriles y que sustituía el debate, la formación y las enseñanzas de la historia con voluntarismo y caprichos de presuntos iluminados. Vulgar bonapartismo.

Habiendo llegado la experiencia al tercer lustro del siglo XXI lo único que han demostrado los barbudos de la Sierra Maestra devenidos en “comunistas” patrocinados por Moscú ha sido su capacidad para mantenerse en el poder, además de ser los más eficientes del hemisferio en la propagación de cuanta miseria sea posible concebir o imaginar.

Desde las primeras estatizaciones y expropiaciones, que fueron miles de miles y que abarcaron todo tipo de propiedad, se vio claro que no se trataba de una revolución de los trabajadores, de los oprimidos y marginados, sino de una élite pequeñoburguesa radicalizada. La clase obrera fue segregada de la dirección del proceso, su participación era nominal, nunca funcional. La dirección pasó a los militares. Se repitió la vieja fórmula del caudillismo latinoamericano, con su absolutismo centralista y el nuevo culto a la personalidad. Obvio, los intereses de la camarilla en el poder se oponen a las mejoras del pueblo que dicen defender. Aplican la vieja ecuación de repartir una manzana entre muchos y quedarse con las nueve restantes.

Mi amigo es trotskista y es obrero. Participó en la ola expropiatoria que casi acaba con la torrefacción del café y es testigo de cómo la pequeña burguesía semiilustrada y oportunista ha penetrado la burocracia y se ha enriquecido expoliando a los trabajadores y metiendo la mano en el tesoro público. En ninguna de las empresas que han pasado a manos del Estado se ha recalculado las ganancias para incrementar los ingresos de los trabajadores, y sus beneficios sociales. Al contrario, los burócratas en el nombre del Estado se apropian de la plusvalía y la gastan en grandes camionetas y viajes a Disney, mientras que usan a los consejos obreros como capataces o conserjes. Tampoco escuchan sus ideas y reclamos.

La burocracia roja militar se apropia de los bienes nacionales. Es lo que ocurre en el Centro Genético Florentino y en la Empresa Socialista Agrícola Marisela, que del próspero hato El Frío devino en una casa de beneficencia subvencionada por la renta petrolera. Nada de producir riqueza ni de pagar salarios justos, todo es reparto entre ellos y francachela. Vendo parcela ideológica.