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Sergio Dahbar

Decir adiós no es fácil

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Uno abre los ojos, se toma un café, mira hacia el Ávila, descubre las primeras noticias del día, huele a cáscaras de mandarinas, hace una cola en el banco, pierde el tiempo persiguiendo algo que no hay, sabe que no podrá viajar, lee un libro y sigue viviendo. Todos los días nos despedimos de algo que no sabemos qué es.

Mientras el enorme adiós en el que se ha convertido el país sigue su rutina, cae en mis manos desde la biblioteca un libro que ya he leído. Es la última obra de un escritor maldito estadounidense, Richard Brautigan, Una mujer infortunada. Es breve, inolvidable, y se organiza alrededor de las pistas de un viaje sin regreso.

Este año se cumplen 30 años de la muerte del escritor (1984), que había nacido en Tacoma, Washington (1935). Fue una figura notable de la contracultura de los años sesenta y tuvo una vida llena de adversidades: pobreza, demasiados domicilios temporales, no conoció a su padre, su madre se casó varias veces, tuvo que sobrevivir con sus hermanastras.

Se ha dicho que “su cerebro fue el único juguete que tuvo’’. A los veinte años fue recluido en un psiquiátrico por arrojar una piedra contra una comisaría. Pudo de todas maneras construir una obra que trascendió su muerte.

Pienso entonces en una frase del cineasta español Julio Medem (Los amantes del círculo polar) que siempre me persigue: “Podría contar mi vida uniendo

casualidades’’.

Apenas abro el libro, recuerdo lo que me llamó la atención de Una mujer infortunada la primera vez que lo agarré: además de la forma de encadenar situaciones absurdas y definir personajes extraños, medetuve lentamente en su prólogo.

Allí Brautigan ilumina una escena cotidiana. Está en su casa. Recibe la llamada de un amigo que lo conmociona. Luego se queda en silencio y llama a una vecina. Le pregunta si quisiera comerse un trozo de patilla. La había comprado para una cena, pero al final no la comieron y se echaría a perder.

La amiga aceptó la oferta. Lo invitó a acercarse a su casa en media hora, para cenar con ella y un amigo que la visitaba. El estaba ansioso y prefirió decirle que iría de inmediato con su patilla a cuestas.

Y así lo hizo. Cuando tocó la puerta de su vecina, ella bajó las escaleras con una bata, porque venía del cuarto. Brautigan entró y dejó la fruta en una mesa.

Sintió a su vecina algo ausente.

Entendió que arriba estaba su amigo y que quizás había interrumpido algo. A lo mejor estaban haciendo el amor. Pensó entonces, ¿por qué habría

atendido el teléfono si estaba ocupada? ¿Por qué no había buscado una excusa?

Brautigan entendió rápidamente y buscó una excusa para regresar a su casa y escapar de esa situación ridícula en la que entró sin darse cuenta.

Pensó entonces que quería hablar con una amiga que tenía un sentido de humor extraordinario para captar esas confusiones de la vida cotidiana que nos

convierten en seres ridículos. Se imaginaba la carcajada sonora de Nikki Arai (así se llamaba) al oír este desencuentro entre conocidos.

Pero Brautigan no podía llamar a su amiga Nikki Arai porque justamente la primera llamada que recibió esa tarde fue para informarle que había muerto de un infarto después de luchar contra un cáncer.

Y el impulso que sintió por llevarle la patilla a su vecina escondía unas ganas profundas de encontrar a alguien con quien compartir esa muerte que había llegado de manera inesperada. Era una forma de estirar la mano y encontrar a alguien cerca.

Un año después de haber terminado de escribir Una mujer infortunada, Richard Brautigan se pegó un tiro en la cabeza con una mágnum 44 en su rancho de Montana.

Volví a colocar el libro en la biblioteca. Pensé que no es fácil decir adiós. Menos aún en un país donde uno se despide de algo nuevo todos los días.