• Caracas (Venezuela)

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Abdón Espinosa Valderrama

Debacle económica en Venezuela

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Antes de entrar al tema central de esta columna, permítaseme expresar franca complacencia por el acierto del presidente Juan Manuel Santos de haber escogido el prestigioso nombre de Germán Vargas Lleras como candidato a la vicepresidencia en su propuesta de reelección de Jefe de Estado. Como pocos, idóneo para el ejercicio del cargo y funciones de gobierno. Dicho sea sin demérito del actual, Angelino Garzón, quien lo ha desempeñado con eficiencia y rectitud.

Sobre los inquietantes sucesos en la hermana Venezuela, se han vertido copiosos comentarios, pero su persistencia incita a reexaminar sus características. No sin motivos, la economía más rica de América Latina ha entrado en peligrosa debacle, sustituyendo la abundancia por la severa escasez de bienes esenciales. Quién iba a pensar que fuera a estar, además, en dificultades no pocas veces invencibles para el pago puntual de sus importaciones, poseyendo la privilegiada fuente del petróleo y otras del subsuelo. Tanto como para honrar el deber prioritario de abastecer el consumo nacional.

Hará un mes, The Economist publicó extenso estudio sobre la centuria de declinación melancólica de la economía argentina y de lo que otros países pueden aprender de sus adversidades y desaciertos. Cien años atrás, era más rica, prometedora y pujante que la de Francia, Alemania e Italia, solamente superada por la de Australia, Gran Bretaña y Estados Unidos.

En vísperas de la Primera Guerra Mundial se hallaba en todo su esplendor y, aún diez años después, se la ponía como paradigma latinoamericano de dones naturales, de prosperidad y modernidad. Agazapadas en la fertilidad asombrosa de sus suelos, se hallaban, sin embargo, las ineptitudes que habrían de dar al traste con tanta afluencia: golpes militares, errátiles y demagógicas políticas, incapacidad para ponerse a tono con los veloces cambios tecnológicos. Ahora mismo, da trazas de empezar a sufrir lo que la publicación citada denomina la crisis de la década, considerando que en las anteriores no le ha faltado tal revés.

Este inmediato antecedente ha debido servir para explicar y aun para prevenir el desastre económico de Venezuela, con su increíble escasez de divisas y bienes de consumo popular, con su inflación desbordada y consiguiente carestía y la consecuencia inevitable de protestas exasperadas de las multitudes juveniles en las calles, a falta de otros medios para hacerlo.

La supresión de las libertades públicas, tanto como de las garantías para el ejercicio de los derechos fundamentales, más si se la acompaña de la abolición de la separación de los poderes y de cualquier otra forma de protesta, expone a las dictaduras a la manifestación impetuosa del descontento con actos de presencia donde todavía sean posibles, incluso exponiéndose a mortales represiones. Como aparentemente las ha habido con cuerpos iracundos, irregularmente armados.

Nadie habrá de negar que parte de la población respalda las medidas represivas porque no la afectan o porque se encuadran en su credo político o porque del gobierno depende. No obstante, a juzgar por los discutidos resultados de las últimas justas electorales, al menos la mitad de esa población disiente, pero es a toda la comunidad nacional a la que afecta la dramática escasez en los mercados y la inseguridad y los sobresaltos en las calles. Desde esta orilla fraterna, no podemos sino hacer votos por que se encuentren bases propicias para el restablecimiento democrático y la moderación civilizada del lenguaje. Con liberación de los líderes encarcelados y el regreso a Venezuela de la libertad, la prosperidad y el bienestar.