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Eduardo Mayobre

Darle la razón a la esperanza

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“De nosotros depende darle la razón a la esperanza”. Con estas palabras concluyó Michelle Bachelet su discurso de agradecimiento al pueblo de Chile por haberle otorgado un triunfo contundente a ella y a la nueva mayoría. Al oírla, en estos días de Navidad, renace el orgullo de ser de izquierda. La lucha contra la desigualdad y la pobreza, por la democracia y los derechos humanos en la cual hemos creído desde niños recobra sentido cuando observamos a una líder socialista que promete un futuro mejor y tiene un pasado que la avala.

Ante la presencia de esta mujer valiente, quien después de sufrir cárcel y exilio ha sabido liderar a los chilenos en la transición desde una dictadura militar y una democracia formal amarrada de manos a un nuevo pacto social que promete no solo el crecimiento económico sino la igualdad de oportunidades para jóvenes, mujeres y sectores postergados, renace la esperanza de que vale la pena luchar por una sociedad más justa.

Chile, con una de las más limpias tradiciones democráticas de América Latina, debió sufrir durante 17 años una de las dictaduras militares más crueles e inhumanas de que haya recuerdo. El general Augusto Pinochet Ugarte, en nombre de unas fuerzas armadas confundidas y en favor de una plutocracia codiciosa, convirtió la reacción contra las ansias progresistas de ese pueblo en un régimen personalista, corrupto y asesino. La seguridad nacional fue su consigna. El anticomunismo su divisa.

Con tal engaño y con el apoyo de una oligarquía tradicional que se sentía amenazada por la revolución pacífica, de empanada y vino tinto, que proponía el presidente Salvador Allende, se hizo del poder para promover una dictadura que recordaba a la satrapía de Rafael Leónidas Trujillo en unos de los países más cultos e institucionales de América Latina. Se trataba de la versión de derecha de la ecuación líder-ejército-pueblo que el comandante eterno Hugo Chávez quiso imponer en Venezuela.

Cuando uno intenta oponerse a la camarilla cívico-militar, que ahora encarna Nicolás Maduro, en ocasiones le asalta la duda de si acaso está apoyando a una derecha defensora de viejos privilegios comparable a la que se refugió en el autoritarismo de Pinochet. Le confunde el hecho de que la arbitrariedad se ha disfrazado de izquierdismo, a la vieja usanza del arrogante Fidel Castro. Pero cuando observa que un movimiento cívico y democrático, como el que encarna Bachelet, es capaz de recuperar y de construir una democracia igualitaria, desde las cenizas en las cuales había sido sumida, luego de las buenas gestiones de presidentes de la talla de un Ricardo Lagos, renace la esperanza.

Es posible ser de izquierda desestimando los cantos de sirena del comando cívico-militar que ahora nos gobierna. No es necesario creer en las misiones impuestas desde Cuba para promover la justicia social y luchar en contra de la marginalidad y la pobreza. Existe una vía civilizada e institucional para avanzar tal como lo demuestra el triunfo en Chile de Bachelet. No son necesarios la arbitrariedad, el estancamiento y la inflación para promover la causa de los necesitados. La fuerza armada no es una fatalidad para someternos sino un apoyo para salir adelante. El comandante eterno no es alguien a quien admirar sino un caudillejo, un Maisanta del siglo XXI. Su mirada que ahora nos propone la propaganda oficial desde los edificios de la misión vivienda es más una amenaza que un consuelo.

El triunfo de Bachelet por mayoría abrumadora nos recuerda que es posible luchar por la justicia y la solidaridad sin necesidad de recurrir al personalismo y la violencia. Nos aclara que el supuesto sesgo popular del movimiento que se autodenomina bolivariano es simplemente una impostura. Nos dice que es posible el avance social sin dictadura.

A Chile le costó 2 décadas de autoritarismo y otras tantas de pasividad llegar a darle la razón a la esperanza. Nosotros tenemos 15 años en los cuales hemos retrocedido. Hemos vuelto a las prácticas de un Cipriano Castro. Nos hemos acostumbrado a la insolencia. Pero se trata de una enfermedad pasajera. De una recaída en las tradicionales dictaduras del Caribe. Nuestra sociedad no es ya capaz de soportarla. Por ello no está lejos el momento en que podamos elegir y tener un liderazgo progresista y democrático, como lo ha hecho Chile. Con ello pudiéramos reivindicar nuestras posiciones de verdadero socialismo y repudiar el falso socialismo del siglo XXI con el cual se ha tratado de engañarnos. Así se le daría una razón a la esperanza, tal como lo propone esa líder extraordinaria que ha resultado ser la Bachelet. Lo que nos permite desearles a todos, sinceramente, un feliz año nuevo.