• Caracas (Venezuela)

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Sergio Antillano

Dar vida sin perderla

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Luego de atravesar a pie, una intrincada selva en la Sierra de Perijá, al final de la tarde, una joven Yukpa, con fuertes contracciones de parto, llega al dispensario médico de Los Ángeles del Tukuko. Ella no tiene historia médica allí. Desconociendo los riesgos, nunca asistió a consulta. No habla bien español y al auscultarla por vez primera, sin poder hacerle ecosonograma ginecológico, por carecer del equipo, el médico descubre que está ante un parto complicado, que no podrá atender con éxito. Deben llevarla al hospital. No hay ambulancia. Apurando el paso, salen en el vehículo de la misión religiosa de la zona, la paciente, el médico y un pariente Yukpa, que ayuda como intérprete. Veloces, recorren la oscura carretera que baja de la Sierra a La Villa del Rosario. No pueden avisar que van en camino porque el ambulatorio y esa aislada zona del Zulia, carecen de conexión y equipos de comunicación y de telefonía celular. Después del largo y angustioso recorrido, llegan al Hospital demasiado tarde. La joven mujer muere en el parto; un niño queda huérfano. Ese es un drama reiterado en diversas zonas remotas de Venezuela y en áreas urbanas en pobreza, donde mueren embarazadas por diversas causas evitables asociadas al parto o al embarazo. Son muertes prevenibles, que no tienen razón de ocurrir en estos tiempos. Las madres suelen estar dispuestas a morir por el hijo… pero ello no debiera ser necesario.

Muchas embarazadas desconocen el imperativo de ir con regularidad y disciplina, a control médico prenatal; ignoran los riesgos que corren y acuden por primera vez al médico al momento del parto. Muchas no pueden ser salvadas por carencias en los ambulatorios o porque el personal disponible, al momento del parto, no tiene suficientes conocimientos o experiencia. La ausencia o precariedad de servicios de salud, se unen al drama de mujeres demasiado jóvenes o demasiado desinformadas como para enfrentar exitosamente el embarazo; desnutridas y sin apoyo, mujeres de todas las edades, fallecen en esta rica nación, en su embarazo o durante el parto. Otras, alejadas de centros de atención primaria u hospitales, mueren en el anonimato sin siquiera formar parte de las estadísticas oficiales.

La mortalidad materna es un problema de salud pública en los países más pobres. Anualmente, en el mundo, 529.000 mujeres fallecen por causas asociadas al embarazo, parto o puerperio. Son 400 madres que mueren por cada 100.000 niños nacidos vivos. Casi todas ellas mueren en países como el nuestro, pobres o eternamente “en vías de desarrollo”. Son muertes evitables con cuidados médicos básicos y oportunos, asociados a sistemas de salud eficientes.

En Venezuela las estadísticas son difíciles de obtener o presentan disparidades numéricas, pero la permanencia o empeoramiento de este problema, es una tendencia que reflejan todas las fuentes. La tasa de mortalidad materna se ubica en unos 73 fallecimientos por cada 100.000 niños que nacen vivos, de acuerdo con la Red de Sociedades Científicas Médicas Venezolanas; sin embargo, en 13 de los 25 estados del país, hay entre 80 y 180 muertes por cada 100.000 nacidos vivos; asemejan los peores registros de mortalidad materna del continente, muy superiores a las de los países más desarrollados. Y eso ocurre aquí, a pesar de los descomunales ingresos al Fisco nacional y la monumental riqueza de este territorio donde algunos se jactan de contar con “la mayor reserva petrolera del mundo”.

La sociedad global quiere hace décadas, ponerle fin a este problema y es incluso uno de los objetivos del Milenio en el 2000. A pesar de ello, una embarazada en el Caribe o América Latina tiene 27 veces más posibilidades de morir que en EE.UU, como consecuencia del embarazo o del parto. El meollo del asunto parece estar en la pobreza, malnutrición y deficiente formación e información de las embarazadas. También influyen los numerosos embarazos adolescentes y las barreras de lenguaje en el caso de mujeres indígenas con culturas distintas a la del personal de salud. Muchos factores hacen que falten al control prenatal y obstétrico y que descuiden su ingesta de vitaminas y minerales esenciales. La precariedad de los servicios médicos y las dificultades de las embarazadas para tener acceso a centros de salud, a médicos, medicamentos y vitaminas, contribuyen al desenlace fatal.

Son insuficientes los programas de educación sexual y reproductiva, planificación familiar o sobre el embarazo, enfermedades asociadas o cuidados a la embarazada. También se requiere reforzar la formación del personal de salud en ambulatorios, que además, están incomunicados por ausencia de Tecnologías de Información y Comunicaciones TIC en esos Centros. El personal allí, muchas veces no es graduado o carece de sólida preparación y experiencia para el éxito en embarazos complicados; lejos de especialistas y hospitales y sin TIC, no tiene a quien consultar ni puede acceder a servicios de formación o educación a distancia.

El ambulatorio del Tukuko, en la Sierra de Perijá, actualmente intenta acercarse a la solución; busca contar con TIC para la necesaria conexión y con un Programa de prevención de mortalidad materna. Equipos, tecnologías y conocimientos, los tendrá a través de la Red de Telemedicina de la UCV, con apoyo de la iglesia, una ONG indigenista, empresas privadas de telecomunicaciones e informática, junto a la Gobernación del estado Zulia. Ellos y quienes laboran en ese remoto ambulatorio, están decididos a que ninguna mujer muera por embarazo.