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Carlos Paolillo

Danza de autora

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La danza de autor lleva consigo rasgos de intimidad. Se trata de un discurso coreográfico que personaliza fuertemente ideas y conflictos. Un universo particular queda develado en cada movimiento y en cada gesto corporal. Lleva el sello inconfundible de su creador, de quien proviene y a donde se dirige. Contigo aprendí, la más reciente obra de Julie Barnsley, habla por ella con dolor y cínico humor. Su reposición, ocurrida hace pocas semanas en la Sala Anna Julia Rojas de Unearte a cargo de la Compañía Universitaria de las Artes, trajo de nuevo a la escena un fresco sobre el amor y sus modos de sentirlo y expresarlo, motivo siempre presente en la creadora a lo largo de su larga trayectoria de coreógrafa.

El sentimiento amoroso es para Barnsley esencialmente romántico, pero no dentro de su visión convencionalmente edulcorada, sino en su concepción más violenta y desgarrada. Más bien se diría que lo planteado por la autora es la absoluta incapacidad de amar y la improbabilidad de plenitud en la pareja. Contigo aprendí apela a un mundo de referentes sociales en el que el bolero sirve de gran analista del amor, tanto el feliz como el imposible. Pocos pueblos como el latinoamericano para expresar las grandezas y las miserias de este sentimiento que a todos toca. El cancionero popular se convierte así en un vehículo expresivo fundamental para vivirlo, aunque no necesariamente entenderlo.

La coreógrafa, de origen inglés, contrasta sus referencias culturales de adopción  con su sentido de identidad originario. Surge así otro cancionero, el del pop británico de los años setenta, que sirvió de marco sentimental a su juventud, para mostrar la otra cara de una misma realidad. Son dos rostros de un mismo sentimiento que conviven a lo largo de la obra, tal vez de forma disociada desde el punto de vista musical, pero sin contradicciones emocionales de fondo.

Contigo aprendí refuerza inicialmente el espíritu lúdico del baile social. Las parejas danzan sus afectos y sus apegos en aparente armonía. Le sigue un desenfreno colectivo que le otorga una connotación tribal en el que cierta dimensión dionisiaca se alcanza. La norma social, colorida, artificial y finalmente quebrantada, se trastoca en convulsa organicidad de cuerpos que se muestran  inanimados en medio de una docilidad mecánica. El amor muestra su lado más oscuro y desequilibrado. Su mirada idílica y regocijante termina en un campo de cuerpos retorcidos y devastados y en un canto naif entristecido. El amor (o el desamor) es en verdad así.

El trabajo creativo de Julie Barnsley, de claros visos neoexpresionistas, es enmarcado por ella dentro de la tendencia del teatro físico y de cierta concepción de lo corporal en la posmodernidad. De alguna manera Contigo aprendí sintetiza todas estas inquietudes y la conduce a una indagación de búsquedas totalizadoras. Mucho de su vida personal está plasmado allí, en el movimiento y la gestualidad que sus intérpretes ocasionales tratan de hacer suyos. Aunque lo logren, la danza, en verdad, le pertenece a su autora.