• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Juan Barreto

Tierra-patria

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Los discursos dominantes son dominantes precisamente porque se instalan en las mentalidades como “sentido común”, como entidad “natural”, como cosa “lógica”. Justamente porque el poder es el poder. Sin ambigüedades, brutalmente. La gente hace lo que hace, piensa lo que piensa, porque está inmersa –desde la etapa fetal– en una maraña de sentido que estructura su mentalidad, su visión del mundo, su aparato perceptual, su sensibilidad. El lenguaje, los valores, las representaciones, las pulsiones instintivas, las ideas, los conceptos, las aspiraciones ideológicas, éticas o estéticas, están –todas– enlazadas con la racionalidad del poder. Allí nada se escapa. De allí nadie sale ileso.

Esta inmensa capacidad de domesticación de los “aparatos ideológicos del Estado” (como gustaba llamarles L. Althusser) se expresa en todos los ámbitos. También se manifiesta en la estructuración de la memoria colectiva, en el modo de procesar la experiencia, en la manera en que se configura lo vivido. La historia es precisamente eso: la manera en que las comunidades estructuran su mundo de la vida. Tanto en el terreno de los saberes como en el campo de la afectividad, cada colectivo va armando su gramática de la experiencia, nombrándola de una cierta manera, recuperándola de modos singulares.

Una experiencia como la “democracia representativa” es un típico ejemplo de la fabricación de arquetipos ideológicos por las élites dominantes. La “Historia” oficial –con sus mitos y rituales– se encarga de legitimar lo que ya está marcado como “verdad” por el tinglado de la ciencia, de la academia, de la opinión pública, del aparato escolar.

Los territorios poblados no son la multitud. Un gentío pegando gritos es una cosa, una comunidad sintiendo juntos es otra. Un río humano desfilando en nombre de lo que sea es una cosa, una revuelta subversiva de cualquier magnitud es otra. La masa amorfa sirvió siempre para cualquier cosa. La muchedumbre, el circo, la gentarada son el prototipo del gendarme: rebaños arreados por capataces como típico modelo de la gobernanza en el subdesarrollo.

La multitud es una forma superior de agregación colectiva, red de redes, en la que se han roto las ataduras con la racionalidad dominante. La multitud jamás será el “partido”, el “sindicato” o el “gremio”. Se trata de una forma de gregarismo que se funda en el reconocimiento, en las luchas. Movimiento de movimientos, en la irrupción y la discontinuidad de cualquier lógica instalada. La multitud aparece en los espacios de ruptura, en la sublevación, en los sacudimientos, en las turbulencias. Es siempre constituyente, jamás será estatus. Sólo en las vibraciones subterráneas de la vida colectiva es posible avizorar la emergencia de la multitud.

La otra historia (con “h” minúscula) se construye precisamente como memoria del acontecimiento, como microrrelato de lo vivido por comunidades reales (no por lugares constituidos). Epopeyas, heroicidades y “fechas patrias” se construirían desde la cotidianidad, y desde el avance de la revolución. La comunidad emancipada no requiere de ningún permiso ideológico. Las grandes “identidades nacionales” darán paso a la conciencia planetaria de “tierra-patria” (a lo Morin). Tendrá sentido entonces la figura retórica de “ciudadanos del mundo”. Un nuevo cosmopolitismo hará su entrada triunfal en comunidades ecológicamente enraizadas, plenas de biodiversidad y en expandida multiplicación de su diversidad cultural.

Entonces –y sólo entonces– tendrá sentido hablar de revolución. Una racionalidad civilizatoria se habrá trastocado, los discursos dominantes estarán deconstruidos, las viejas prácticas habrán colapsado. Nuevos actores tomarán la palabra para compartir el aura dionisíaca de otra socialidad: una comunidad de mujeres y hombres realmente libres. ¡Viva la multitud revolucionaria!