• Caracas (Venezuela)

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Sergio Antillano

Disecados

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Un elefante lleva una elegante silla tejida, con parasol, sobre su lomo; está parado en dos patas e intenta sacudir su espalda. Su rostro es de inmenso terror. La trompa apunta el cielo; su boca grita miedo. Volteado hacia atrás, con ojos agigantados, mira el final de su lomo donde un feroz tigre de bengala clava sus garras e intenta alcanzar la lujosa silla.

Congelada en el tiempo, la escena, hecha con animales taxidermizados, narra el momento cuando una manada de tigres atacó la caravana real francesa, en su visita a la India un día del siglo XVIII. El rey sobrevivió y recibió complacido esta “escultura” que un maestro taxidermista de la época preparó para palacio; representación, tamaño real y en 3D, de un momento sin igual. Eran tiempos previos a la fotografía. La narración oral y el testimonio escrito no parecían ser suficientes para transmitir la dimensión y el susto de ese instante. Aún hoy esta impresionante puesta en escena, este cuento objetual que interrumpe el paso en una estancia en la Gran Galería de la Evolución, del Museo de Historia natural de París, produce emoción y estupor.

Con técnica y arte esas escenas narraban con animales disecados. Era eficaz forma de registrar y contar visualmente, con drama y emoción, aquello que el cronista intentaba comunicar. Era la fotografía 3D de entonces; la crónica visual; la cinematografía de un instante. De ello, surgió en el siglo XIX la técnica del “diorama”, escenario que muestra un hábitat silvestre, con especímenes montados en pose de acción, en un paisaje simulado con escenografías pintadas y flora artificial. La necesidad de una eficaz didáctica de la naturaleza, en un mundo sin otros medios y con dificultades para viajar, causó el esplendor de los dioramas.

Obviamente, eran los tiempos pre-ecológicos. Aún la especie humana no comprendía su dependencia del resto de especies, ni el complejo tinglado que nos hace vulnerables si algo ocurre a ellas. Poco sabíamos de cómo funciona la biota y todavía no elaborábamos conceptos que nos llevan hoy a relacionarnos de forma diferente con la fauna y evitar su cacería para tales fines. Eran tiempos cuando la contaminación, la extensión de fronteras urbanas y el manejo no sustentable de especies, no habían todavía provocado la ruta de la extinción prematura.

Cazar para didáctica del conocimiento, narrar por medio de escenas o mostrar paisajes de lugares remotos a través de dioramas, no provocó la extinción de la fauna, pero en la actual situación incidiría negativamente en el proceso de degradación que diezma las especies silvestres. La cacería mal llamada “deportiva” tenía raíces profundas en la cultura homocéntrica; la arcaica confrontación hombre-naturaleza imperó en el mundo hasta mediados del siglo XX, por ausencia de saberes y sensibilidades de corte ecológico.

Cuando todos supimos más, todo cambió. Cesaron los disparos, los safaris, los trofeos de caza. Todos evolucionamos y cambió la manera de aproximamos a la fauna, gracias a la presencia de la ecología en el escenario público y al cambio en el pensamiento científico con preceptos ambientales. Terminó el atávico desencuentro de humanos y animales. Se crearon santuarios y refugios de fauna; centros de estudio y reproducción de especies. El safari se volvió fotográfico.

El cambio de la cultura con la incorporación de conocimientos y sensibilidades nuevas, asociadas al ambiente, revolucionó también las formas de representación y comunicación visual de la fauna, y llevó a la desaparición de narrativas donde los animales reales, disecados, eran protagonistas; eliminó la necesidad de los dioramas o de escenas con animales reales. No hay que cazar ni disecar para contar. No obstante todo ese cambio y evolución del pensamiento humano parece no haber incidido en el pensamiento dogmático de algunos voceros oficialistas que no comprenden la dialéctica de la historia, ni la estudian. Con pensamiento disecado, anclados en el pasado, juzgan y condenan extemporáneamente a antiguos cazadores, culpan al “capitalismo” de la extinción y manipulan información. Obvian, por ejemplo, la fuerza de la “cacería deportiva” en la Europa socialista del Este y nada mencionan de la actual cacería y tráfico de especies en China. Mientras, permanecen como disecados, mudos, ante la muerte de animales de zoológicos y acuarios oficiales venezolanos, y ciegos con la negligente gestión en los parques nacionales, donde la destrucción de ecosistemas resta hábitat a la fauna.

Los dogmas son ideas disecadas que hacen más daño que una manada de feroces hambrientos tigres de bengala.