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Elizabeth Fuentes

Y se me calla

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A ese le pegaron cuando era chiquito, seguro. Le dejaban las marcas de la correa o la hebilla en las piernitas y si lloraba, le daban más. Seguramente le censuraban cualquier muestra de afecto en público (“eso lo va a convertir en marico”) y en la casa solo se escuchaba una única voz: la del poder, la de la fuerza, la de la represión, porque en esta casa mando yo y si no te gusta, te vas. Pero ¿como para dónde? Para un cuartel, ¿adónde más? Allí al menos tenía las tres papas resueltas. Y aunque, como en la casa, se debía calar a los superiores y sus ofensas, las humillaciones constantes y los castigos de fin de semana, seguramente imagino que con semejante opción podría construir un camino distinto del que le ofrecía el pueblito donde vivía, sacar una carrera, tener una pensión y, sobre todo, disfrazar su infelicidad con un uniforme bien bonito.

Cada vez que veo a un padre o a una madre maltratando a un chamo, me enfurezco. “Ese va a llegar a dictador o a narcotraficante”, me digo, porque, casualmente, es la historia de todos los grandes dictadores y, por supuesto, la de los pichones de dictador, los pequeñitos, los dictadorzuelos que siembran terror en su casa y en su barrio y en su país. Los jefes de bandas armadas, los barones de las drogas, los pillos con corbata, casi todos han padecido una vida miserable cuando pequeños. Ignorados, sin voz ni voto en ese ensayo de democracia que debe ser un hogar: amargados, vengativos, apenas prueban el sabor de la maldad sin castigo, salen del clóset y se dedican, abiertamente, a perjudicar a quienes se les atraviesen en el camino por su afán de cobrarse, una a una, todas las que les hicieron en la infancia y que alguien debe pagar.

Tremenda generalización, es verdad. Cualquier militar o diputado decente puede contradecirme. Hay muchos niños educados en la pobreza, por una madre sola, sin casi nada que comer y aun así sus hijos llegan a grandes como gente de bien. Se gradúan, levantan una familia hermosa, aportan a la sociedad. Conozco más de un caso. Pero el punto es que ese tipo de muchachito sabe, en el fondo de su alma, que esa mujer que los está levantando sola y sin grandes recursos, sin Navidades ni vacaciones en Disney, los quiere y mucho, aunque se los demuestre de otra manera. Con el respeto, con la dedicación a la hora de ayudarlos a hacer la tarea, inventado maromas para darles de comer, trabajando en exceso, remendándoles el uniforme a la 1:00 de la mañana, moldeando un rol ejemplar. Esos niñitos se saben queridos y, en consecuencia, saben querer y respetar al otro. No ocurre lo mismo con los que sufren traumas de abuso en su infancia, porque en su triste pasado se cuece el caldo de la paranoia, del narcisismo, de la mala conducta. En los hogares quebrados emocionalmente se incuban los desleales, los que se empinan y ascienden sobre la espalda de los demás para lograr lo que quieren. De allí salen los traidores, los aduladores, los que te clavan un cuchillo en la espalda cuando les conviene y siguen tan tranquilos. Sociópatas que, a la hora de la verdad, jamás conocerán la felicidad porque se les irá la vida en ascender, en aspirar, en lograr lo que ambicionan, pero no conocerán la paz ni el sosiego porque no conciben el sabor de lo hecho sin esperar nada a cambio y, menos aun, la tranquilidad que otorga la bondad pura y simple. Ni en sus mansiones mal habidas o en sus pasajes en Primera Clase, ni en sus transacciones afectivas o en sus camionetas con chofer y guardaespaldas, encontraran lo que andan buscando porque nunca lo tuvieron y siempre sentirán que algo les falta. No lo van a encontrar cercenando el derecho ajeno, pero qué importantes se deben sentir porque lo hacen. No lo van a encontrar abusando y extorsionando con el poder, pero les resulta indispensable para ver si al menos así logran un mínimo de respeto.

Pero que no se les atraviese un percance mayor en su ruta, porque entonces los veremos escondidos bajo un hueco, como Hussein o dentro de un albañal, como Gadaffi. Hasta ahí les llegará el machismo y la altanería. Sin contar con la sorpresa de descubrir que serán sus aliados los primeros en darles la espalda.