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Tulio Hernández

La soledad de los desengañados

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Cuando tropiezo con una de ellas no sé qué hacer ni qué decir. Son personas relativamente fáciles de identificar. Adversan al régimen rojo con desprecio profundo pero no se activan en su contra. No porque desconfíen de la unidad opositora, como los Ni-Ni. Sino simplemente porque el activismo político no está entre sus opciones. Ni siquiera en la época de estudiantes lo ejercieron.

Pero no son cínicos, indolentes ni escépticos. Sufren por el país. Y mucho. Por lo colectivo. Y por lo personal. Sufren por los conductores que con cada vez más frecuencia irrespetan las luces de los semáforos. Por los días en que no llega el agua o se va la electricidad. Por la basura acumulada en todas partes. Por el dinero que alcanza cada vez menos. Por el deterioro moral que impulsa a cada vez más personas a actuar como delincuentes. Por las cifras de asesinatos que, como la inflación y la moneda extranjera, van siempre en aumento.

Los podríamos llamar también “los desahuciados”. Aunque sería más preciso “los que desahucian”. Porque son un tipo de venezolano que considera que el país ya no tiene solución. Que no hay salida. Para decirlo en los términos que Carlos Monsiváis usaba para Ciudad de México, que somos un país posapocalíptico porque lo peor ya pasó. Por eso nos miran, y se miran a sí mismos, con una mezcla de piedad, desencanto e impotencia. Como un médico bueno que hizo todo lo posible pero sabe que el paciente no tiene futuro porque no se ayudó a tiempo.

Algunas veces, lo confiesan, añoran vivir en un país normal. Decente. Donde los gobernantes guarden un mínimo de respeto al ciudadano, la política no tenga secuestrada la psique de cada uno, y el miedo no sea el carnet de identidad. Por eso una que otra mañana se despiertan con ganas de emigrar. Pero, aunque pertenecen a las clases medias, no saben o no tienen cómo hacerlo. Están atrapados. No pueden ser extranjeros en otros países pero se han vuelto unos extraños en el suyo propio.

Presumo que hay un malestar mayor que les afecta con especial molestia, casi desespero. Un malestar que padecemos también los otros, los que igual adversamos al régimen rojo pero todavía vemos la actividad política y la vía electoral como el camino para salir del militarismo sin recurrir a más militarismo. Me refiero a las baterías de mentiras cada vez más grandes, descabelladas y descaradas que han comenzado a usar como estrategia de defensa los jefes del gobierno rojo.

No hablamos de demagogia elemental, esa que suele acompañar, con diferencias de grados, todo gobierno incluso democrático. No. Hablamos de la fase superior de la mentira y el engaño, que junto al cinismo y la arrogancia, a la gran ordinariez, el odio y la violencia verbal nos hace sentir a los no convencidos, a los no hipnotizados por el discurso rojo, que somos tratados como tontos –irrespetados a toda legua– por el discurso que con cada vez más frecuencia ofician los jerarcas rojos sin que les tiemble o se les arrugue la conciencia.

Es lo que hemos visto hacer, esta semana que hoy concluye, con la impresionante pieza de teatro del absurdo o, mejor, de farsa del absurdo del hombre que, poniendo en evidencia su incapacidad para siquiera leer correctamente un texto, se presentó el pasado martes en la Asamblea Nacional a solicitar poderes especiales. Quedó claro: la orden es mentir, mentir cien veces para hacer que la mentira se torne verdad. La orden es poner en práctica la vieja técnica del ladrón que huye gritando que delante de él va el ladrón. Es la gran alegoría de Edgar Morin sobre el comunismo: miles de personas a la orilla del mar tomando buches de agua y diciendo: “Esto no es agua salada, esto es limonada”.

No le falta razón al “desengañado” para mantenerse en ese estado de amargura pura. Pero, aunque nos mire como a unos lunáticos o unos tontos, o como a las dos cosas a la vez, tenemos que insistirle en la idea de que mejor estaríamos si se activa, cambia de canal y el 8 de diciembre, en dos meses, sale a votar.