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Freddy Lepage

Maduro, anatomía de un fracaso

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Cuando los medios reseñan que Maduro ha cumplido seis meses de gobierno, dicen una verdad a medias. Lo cierto del caso es que está desde el 22 de octubre del año pasado al frente del Ejecutivo nacional, desde que Chávez –ya en las últimas– lo designó vicepresidente de la República en sustitución de Elías Jaua. Luego, el 8 de marzo de 2013, fue designado (en clara violación de la Constitución Nacional) presidente encargado, por Diosdado Cabello, en la Asamblea Nacional. O sea, un año gobernando, tiempo suficiente para haber desarrollado un mandato medianamente bueno. 

La verdad verdadera es que no ha podido con la pesada herencia en lo económico, político y social dejada por su mentor. Maduro, al día de hoy, genera más dudas que certezas, no solamente en los sectores adversos; sino también (y esto es más grave aún) en los propios seguidores del ahora sí, llamado con propiedad, chavismo sin Chávez. Las interrogantes sobre su capacidad de gestión crecen exponencialmente en todos los ambientes; incluido, por supuesto, el militar, y en el exterior.

En atención a esas debilidades, Fernando Mires concluye en un reciente artículo titulado “¿Golpe militar en Venezuela?”, a propósito de la creación del Cesppa (Centro de Seguridad y Protección a la Patria), que se ha creado “un poder sobre el poder”, que convierte a Maduro en “un simple mayordomo del palacio militar”. Pues bien, esta aseveración de Mires da cuenta de cuán compleja es la situación.

A este análisis se le suma la referencia de Heinz Dieterich (un antiguo asesor muy bien remunerado por Chávez, exégeta del socialismo del siglo XXI), quién ha ido más allá en sus consideraciones sobre el régimen madurista, al aventurarse a señalar que “si el gobierno de Maduro y Cabello no toma medidas inteligentes y drásticas de manera inmediata en lo económico y político, tiene los meses contados”. “Bajo esa premisa consideramos que no llegará más allá de marzo o abril 2014”, sentencia finalmente. Y que conste, Dieterich no puede ser calificado de vendido al imperialismo y, mucho menos, a la agredida y cercada oposición. 

De seguidas, Dieterich da en el blanco al agregar: “Dada la incapacidad total para enfrentar los graves problemas del país, que ha demostrado el gobierno, es poco probable que pueda evitar su colapso, salvo una radical reestructuración del modelo económico del presidente Chávez y el cambio de 80% de los ministros del gabinete que no son eficientes”. Igualmente, valora el discurso de pedido de la ley habilitante como una “oratoria vacía seudoclerical”.

Un viejo y sabio dicho reza que “cuando el río suena, piedras trae”. Sobre todo si las premoniciones provienen de gente tan comprometida y defensora del proceso bolivariano como Dieterich. Pero la realidad de los hechos no se puede ocultar con la apabullante propaganda oficialista, eso no basta. El desbarajuste se ha adueñado de un país que no ve salida a sus angustias por ninguna parte, antes, por el contrario, la inflación al final del año llegará a 50%, lo que convierte los salarios en sal y agua, amén de la imposibilidad manifiesta del Ejecutivo de resolver la perversión de la escasez y desabastecimiento, convertidos en un mal crónico.

Lo anterior apunta a un crecimiento del malestar social, ante los enredos y peleas intestinas (aunque le pongan sordina) en que está inmersa la nomenclatura militar-civil establecida, que se niega a rectificar, confiando en el aumento de la radicalización y la represión para mantenerse en Miraflores a cualquier costo. A mi juicio, la profundidad de esta crisis terminal no se resuelve con el uso la fuerza, más bien la agravará. De no haber soluciones en el corto plazo, la protesta popular se hará sentir.