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Marcelino Bisbal

La rapiña, o lo políticamente correcto

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I

Transcurridos unos cuantos días del proceso electoral del 8 de diciembre, en los que hemos podido ser testigos de análisis numéricos de toda monta, lo único que nos queda a los ciudadanos, más allá de la perplejidad que asoman los resultados, es ver cómo seguimos avanzando en un país donde todo puede ser posible. Hemos visto que los perdedores se sienten triunfantes y avasallantes ante unos números, y los que vienen creciendo poco a poco, de manera sostenida desde 2006, son crucificados por sus propios seguidores. ¿Cómo se pueden producir esas contradicciones? ¡Allí están las cifras! Más que eso, está la realidad de los logros alcanzados. Más allá de las estadísticas que a veces ocultan situaciones, más allá de los raptos oratorios, están los hechos y acciones de un sector frente al otro.

¿Qué se puede decir ante el avance de unos y el estancamiento-retroceso de los otros? Lo que presenciamos el domingo de las elecciones municipales no se puede calibrar solamente con cifras. Esto me recuerda aquello que dijera en cierta oportunidad Carlos Monsiváis refiriéndose al relieve que hoy adquiere la política. Decía Monsiváis que el quehacer político ya no proviene de la intención metafórica, sino de las encuestas o estadísticas. Remataba tal afirmación apuntando que “los números no son poéticos pero su retórica se impone al ser objeto de la religiosidad contemporánea”. El gobierno para ratificar su hegemonía requiere decir que su triunfo fue aplastante. No veamos las cifras solamente, volteemos hacia aquellas regiones donde la modernidad triunfó frente a lo “no moderno”. Cuando hagamos ese ejercicio entenderemos cómo se ha ido empoderando (palabra de moda) política y culturalmente el país. Es la Venezuela de la unidad.

 

II

Las acciones son inocultables. Hemos visto cómo el poder, una vez más, se comporta como un ave de rapiña, como un ladronzuelo cualquiera, como un saqueador… Allí están los sinónimos que nos da la lengua: hurtar, usurpar, coger, despojar, asaltar, ratear, trincar, robar, desplumar y algunos otros. Frente al despojo de competencias a los alcaldes de la oposición que resultaron ganadores; ante el paso de manos de unos edificios, de unos mercados, de unos parques y plazas, de unos teatros; y ante el desprecio de los bienes públicos de esas ciudades que perdió el gobierno, no vale decreto o resolución gubernamental que pueda servir de explicación. Ni siquiera la Ley Habilitante –en el caso de utilizarse para tales fines– puede justificarlo democráticamente.

Tal actitud de desenfreno solo se puede explicar primero desde esta referencia leída en alguna parte: “Que Dios debería proteger a los buenos ya que los malos son definitivamente estúpidos y tan corruptos que en las noches se giran a sí mismos cheques sin fondos”. Quizá otra razón, expresada públicamente desde el poder, es la necesidad imperiosa de establecer a como dé lugar, saltándose las más elementales reglas de la política, la democracia y la ética, la hegemonía del nosotros que tenemos el control de la economía, de las instituciones públicas, pero nos falta controlar no solo 75 alcaldías que perdimos, sino la mitad del país.

 

III

Casi un epílogo. Apenas dos crónicas de lo que hemos visto después del 8 de diciembre. Aún veremos más. Pudiéramos apuntar una tercera: aquella que escenificó el señor Maduro: “Me reuniré con los alcaldes electos de la oposición cuando me reconozcan como presidente y cuando se adhieran al Plan de la Patria”. Chantaje puro y duro. Después nos dicen que en el país prevalece la democracia por sobre todo, la participación como consigna y el humanismo socialista como rumbo y camino de la revolución bolivariana.

Ojalá que en estas navidades nos dejen disfrutar de la buena nueva que se anuncia el 24 de diciembre. Los ángeles cantan: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres, objeto de su amor”.  De no ser así, porque siempre se empeñan en adelantar alguna medida indeseable, hagamos todo lo posible para pasarlo bien porque es la fiesta del nacimiento de Jesús, es la fiesta del amor. ¡Nos lo merecemos!

Advertencia: el des-orden es la moraleja de quienes nos gobiernan y para ellos no importan las fechas. Gente sin gracia.