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Gustavo Roosen

Entrampados en el presente

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Si alguna percepción agobia a la Venezuela de hoy es la de entrampamiento. Entrampados en el presente, pendientes del próximo anuncio o la próxima medida, la próxima jugada o el próximo tropiezo, la próxima limitación o el próximo abuso, pareciera que no percibimos que el reloj sigue su marcha y que el mundo fuera de nosotros continúa y, sobre todo, cambia. Tanta atención angustiosa al presente ha ido velando nuestra visión del futuro, negándonos el horizonte de largo plazo y hasta la lectura de las señales que lo anuncian.

Se dan, por ejemplo, en el campo energético, hechos y circunstancias que deberían llamar a la reflexión, sobre todo en un país petrodependiente como el nuestro. Una primera noticia da cuenta de la preocupación de un importante grupo de inversores, con más de 3 trillones de dólares en acciones y otros activos de empresas petroleras y de gas, que advierten a las grandes compañías petroleras que sus programas de inversión de largo plazo pudieran resultar negativos por una posible reducción en el consumo de petróleo, consecuencia en buena medida de políticas públicas orientadas a combatir el cambio climático. A esta preocupación se une el dato revelador de la sensible baja en las utilidades del tercer trimestre de este año reportadas por las principales empresas de producción petrolera y atribuida a una reducción de los márgenes de ganancia en sus actividades de refinación.

Paralelamente, los avances en el desarrollo de fuentes alternativas de energía y de la tecnología del fracking para la producción de gas y petróleo por parte de países no miembros de la OPEP advierten sobre dos fenómenos estrechamente interdependientes: el progreso de una política que busca reducir la dependencia petrolera y, por otra, la reducción del poder de la OPEP como fuerza determinante en el comercio energético.

Mientras todo esto sucede, un país petrolero como Noruega, en ejemplo de sensatez y previsión, acumula 810.000 millones de dólares en su Fondo Soberano, creado con el producto de los ahorros generados durante la bonanza petrolera e invertidos fuera del país con el propósito de evitar el recalentamiento de su economía.

¿Cuál es en este marco la situación de Venezuela? Dicho incluso por altos personeros gubernamentales, la dependencia del petróleo lejos de reducirse se ha acentuado. Caminamos en sentido contrario. Los llamados oficiales para aumentar la producción local de bienes industriales y servicios a fin de corregir, al menos en parte, la petrodependencia, chocan con el acoso y la persecución al sector privado organizado, el único capaz de desarrollar empresas que impulsen de manera estable la industrialización y la diversificación económica. El cálculo electoral y el clima de permanente acusación y diatriba paralizan la actividad productiva y postergan irresponsablemente las complejas decisiones económicas que reclama la realidad y sin las cuales se prolonga el caos y la parálisis.

Paralelamente, desoyendo las experiencias positivas de programas sociales pensados para el verdadero crecimiento de las personas (becas estudiantiles combinadas con apoyo a la familia de los estudiantes activos, por ejemplo), se insiste en programas sociales mal estructurados, concebidos para aumentar el proselitismo y la dependencia, sin justificación ni viabilidad de largo plazo.

Frente a los colosales retos que tiene el país y a la creciente percepción de rumbo equivocado que reflejan recientes estudios de opinión, cabe preguntarse si contamos con un modelo de gestión que considere el largo plazo y que nos prepare para abordarlo con éxito. Cabe preguntarse también si seremos capaces de aprovechar el bono poblacional –una mayoría de la población económicamente activa– del que dispondrá Venezuela solo por cerca de 34 años.

El país no puede seguir entrampado en el presente. La incapacidad para mirar el futuro solo agrava y prolonga un presente no deseado. Un país que no piensa en su futuro, no tiene futuro. Y no se trata de esperarlo, sino de anticiparlo, y de crearlo. Ese ha sido el reto de siempre, aunque no siempre lo hayamos visto.