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Sergio Ramírez

Centroamérica que aún no existe

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Este mes de septiembre celebramos otro aniversario de la independencia de Centroamérica, declarada en 1821 sin heroísmos ni épica alguna, fruto de la decisión de los próceres criollos que deliberaban encerrados tras las paredes del Palacio Nacional en Guatemala, temerosos de que si no se apresuraban el asunto se les iría de las manos. Ellos mismos lo dicen en el acta con todo candor: lo hacían “para prevenir las consecuencias, que serían temibles, en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”. Y lo primero que decidieron luego fue dejar con todos los poderes políticos y militares a don Gabino Gaínza, el mismo jefe político del Gobierno colonial.

A lo mejor tenían razón aquellos caballeros de mostrarse tan temerosos y timoratos ante lo que el destino depararía a las provincias de Centroamérica una vez libres del dominio de la lejana corona española, porque aquella fruta madura de la independencia que caía por sí sola, librada a la inercia, ya traía dentro el gusano de la disensión, quizás, antes que nada, porque la entidad de nación entre las cinco provincias no era sino un artificio, en todo caso ciudades estado de carácter más bien feudal que compartían territorios y recelaban de la Capitanía General de Guatemala.

Lo que vino enseguida fueron disensiones, unos que mejor pidieron esperar de manera timorata, o taimada, “a que se aclararan los nublados del día”; otros que se plegaron al abortado imperio mexicano de Iturbide, como quien corre para ponerse a salvo; otros que no aceptaban autoridad alguna sino la propia, y enseguida enfrentamientos, divisiones, una efímera república federal, guerras, fusilamiento de caudillos, periodos de anarquía seguidos por dictaduras férreas. Nunca lo que se escribió de manera pomposa en las constituciones tuvo otro valor que no fuera retórico. Y todavía estamos pagando el precio de aquel fracaso.

Las reformas liberales que siguieron fueron siempre acompañadas de la imposición militar, los reformadores se convirtieron muy pronto en autócratas, y quienes defendían el orden tradicional, contrarios a todo cambio, no les iban a la zaga en cuanto a confinar en las mazmorras a quienes reclamaban libertades públicas, y la democracia fue colocada siempre en el cepo. El patíbulo sólo cambiaba de sitio, a la izquierda o a la derecha, y la única gracia que se concedía a los que se alzaban en rebeldía era la de morir sentados frente al pelotón de fusilamiento.

Y luego perdimos el siglo XX en términos de institucionalidad y asentamiento de un verdadero Estado de Derecho; enclaves extranjeros, intervenciones militares, dictaduras de opereta sangrienta, por fin revoluciones frustradas y malversadas, y hemos entrado en este siglo XXI con muchas lecciones aún por aprender, o incógnitas que despejar, la primera de ellas es que si una Centroamérica vista como entidad política es aún posible.

Parecería que no. Hay organismos de integración establecidos, pero poco eficaces, perdidos en laberintos burocráticos, ya se sabe que la burocracia es un animal insaciable que se alimenta de ideales, y hay un Parlamento centroamericano que funciona como un cementerio de elefantes, lejos de tener ningún poder supranacional.

Y las disensiones parecen no haber cesado, litigios por pequeños islotes o franjas pantanosas de territorio fronterizo, países que juntos significarían algo en el mundo y que por separado significan muy poco, y que no dejan de mirar hacia su propio ombligo, tanto como para aspirar cada uno a su propio ferrocarril o canal interoceánico, de modo que esos barcos y trenes quiméricos atravesando estos territorios exiguo divididos por fronteras erizadas de alambres de púa mentales se divisarían de un país a otro.

Lo que tenemos en la mayoría de los países de Centroamérica son sistemas democráticos que no bastaría llamar imperfectos. Son más bien deficitarios, porque lo que más nos frustra son sus carencias. Y la más visible de esas carencias es la de la fortaleza institucional, que es la que da la mejor medida de la democracia, porque impide que el poder sea todo lo abusivo que por propia tendencia pretende ser. En Guatemala hay un sistema judicial asistido con muletas, pues la persecución de delitos gruesos depende de una Comisión Internacional contra la Impunidad de las Naciones Unidas; en otros, las directrices políticas se imponen sobre las decisiones judiciales; y el narcotráfico es capaz de corromper a los jueces, fiscales y policías.

La ciudadanía se vuelve plena cuando la sociedad es capaz de generar instituciones respetables y maduras que no pueden ser avasalladas ni burladas por quienes ejercen el poder, aunque se trata del poder proveniente de unas elecciones; instituciones que puedan responder por el control y la transparencia de la función pública.

Y distorsiones. Hoy en Nicaragua se habla de incorporar las organizaciones de empresarios, de manera institucional, a la toma de decisiones legislativas y administrativas, y Ortega quisiera ver sustituida la actual Asamblea Nacional por una entidad de carácter corporativo, con gremios, sindicatos y estamentos que reemplacen a los partidos políticos, excepto al partido único oficial. Populismo corporativo, nada menos que en el siglo XXI.

Las cuentas pendientes de la democracia real en Centroamérica están a la vista. Seguridad ciudadana, libre expresión del pensamiento, equidad social, justicia económica. Fortaleza de las instituciones, transparencia de la gestión pública. Educación de calidad como palanca imprescindible del desarrollo. Un gobierno autoritario, sea duro o moderado, no puede asegurar esta convergencia de fortalezas. Y mientras en uno solo de estos países la democracia sufra falsificaciones, los demás se verán necesariamente afectados y las ideas de integración, postergadas. La asimetría se vuelve fatal.

Anastasio Somoza, fundador de la dinastía que imperó en Nicaragua por casi medio siglo, solía decir de manera socarrona que la democracia es un alimento demasiado fuerte para el estómago de un niño, y que por eso había que dárselo a cucharadas. El niño era el país. El dictador era el padre, cuidadoso de que sus hijos no se empachen. Esto mismo es lo que venimos escuchando desde aquel 15 de septiembre de 1821 bajo diferentes retóricas.