• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

Por la puerta de servicio

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Con la entrega de premios, la emoción, los aplausos e inevitables palabras de sus organizadores fue clausurado el festival. El gobernador y la primera dama agasajaron en la casa de gobierno a un selecto grupo de invitados. Levantada sobre una colina, la mansión colonial dominaba todo el verdor del valle. En el amplio patio central estaba la mesa principal en la que el mandatario y su esposa compartirían con las autoridades del festival, y, alrededor, las otras mesas vestidas con fina elegancia. El murmullo de las conversaciones era una música que agregaba alegría a la reunión mientras un pequeño y bien entrenado ejército de mesoneros escanciaba el vino y servía el whisky, lo que contribuyó a destrabar cualquier inhibición porque muy pronto los invitados desanudaron los lazos del protocolo: gesticulaban y acechaban a los mesoneros. Se tranquilizaron un poco cuando llamaron a cenar; se sentaron a la mesa y los mismos mesoneros de los tragos comenzaron a llevar y traer unos platos de exquisita elaboración. Por ser invitados de honor, Belén y yo estábamos sentados en la mesa del gobernador y lo escuchábamos disertar sobre sus responsabilidades políticas y de gobierno a la vez que se refería con mucho orgullo a las manifestaciones culturales de la región.

Desde mi asiento podía ver un improvisado escenario dotado de un precario sistema de iluminación, y mientras escuchaba la disertación del gobernador, me estremecí al pensar que aquel agasajo podría culminar con un “acto cultural” y de solo imaginar al conjunto de música local o algún declamador me puse tan nervioso que me serví yo mismo de la botella de whisky un trago triple como veía hacerlo en Caracas a un amigo mío buen poeta y formidable bebedor. Cuando pregunté al gobernador sobre el uso del escenario me dijo con cierta presunción: “Amigo Izaguirre, me va a llamar mentiroso si le digo que usted no ha visto nunca un grupo de danza tan maravilloso como el que se va a presentar allí”.

Al rato, comenzaron a aparecer los bailarines en aquel escenario construido de urgencia: algunos, vestidos con trajes presuntamente típicos, es decir, pantalones blancos, camisas del mismo color, alpargatas y pañuelitos rojos anudados al cuello; otros, muy pocos, con torpes máscaras simulando animales selváticos; y las mujeres, con faldas coloradas, descalzas y pañuelos en la cabeza. Una estridente música caribeña acalló las voces de los asistentes para dar inicio... ¡al peor de los desastres!

Trasladar el folklore a un escenario teatral exige espacio y un diseño coreográfico; requiere de una escenografía adecuada, un vestuario vistoso y una iluminación que permitan hacer de él lo que se ofrece, esto es, ¡un espectáculo teatral! En todo caso, al hacerlo, la manifestación pierde su carácter primigenio; se adultera; pierde naturalidad y espontaneidad. ¡Es Anteo que muere cuando es levantado y separado de la tierra! La situación se agrava si no es hombre experto el coreógrafo que intenta organizar sobre el deleznable escenario los pasos y desplazamientos de los bailarines, y empeora si los intérpretes, no acostumbrados a bailar en salones, se muestran inciertos y desangelados. Porque una cosa es bailar al descampado en las fiestas patronales y otra en el palacio de gobierno ante una inesperada audiencia alebrestada por los tragos pero atontada por la comilona.

El anfitrión, sin embargo, irradiaba entusiasmo y admiración ante aquella malograda función dancística y para no tener que llamarlo mentiroso hice señas a Belén y discretamente aprovechamos para cambiarnos de mesa y escapar de aquella casa por la puerta más cercana: la del servicio, por donde entran los bailarines cuando tienen que bailar en la casa de un gobernador.