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Antonio López Ortega

Cultura contra la muerte

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Cada vez que escucho un valse de Antonio Lauro, sumergido en los entresijos de su profundidad sonora, siento que allí radica el más importante aporte venezolano a la música universal. Con razón el guitarrista australiano John Williams, conocedor de su universal repertorio, alababa sus piezas únicas como momentos de trascendencia.

El gran Jesús Soto, en confesión a José Balza, recordaba que su arte óptico había nacido a orillas del Orinoco, donde todas las tardes se refugiaba a ver los destellos del crepúsculo sobre los rizos del agua: quién sabe si en esa vibración cromática pudo haber estado la génesis del cinetismo. Rufino Blanco Fombona, preso insigne del general Gómez, escribió el primer diario literario de nuestra tradición en la cárcel.

Y también a Rufino debemos, según testimonio de Ángel Rama, que la Biblioteca Ayacucho haya sido una reinvención de la Biblioteca Americana que el caraqueño concibió en sus años madrileños. La coreografía “Selva”, estrenada en los años 70 por la agrupación Danzahoy, nos inscribía en las corrientes mundiales de la danza contemporánea. Los museógrafos brasileños que nos visitaban en los años 80 reconocían al Museo de Arte Contemporáneo de Caracas como el más importante de su tipo en América Latina.

Nuestros diseñadores gráficos producían los más importantes afiches o carteles, que se premiaban en Polonia, pero también las mejores ediciones, que se premiaban en Leipzig. Hubo un momento en que el Cenal reconocía con sus premios los mejores esfuerzos de la industria gráfica nacional, incluidos las iniciativas alternativas. En 1993 Venezuela fue país invitado de la Feria de Guadalajara, un honor que no hemos vuelto a merecer.

Nuestra fotografía logró un esplendor sin igual a partir de los años 70, con franca exposición internacional. Nuestras artes visuales, amparadas por una sólida red museística, conquistaron todos los discursos contemporáneos y, sin duda, llegaron a estar a la cabeza de la apuesta plástica continental. En los años 60 Venezuela funda Monte Ávila Editores y en los 70 el Premio de Novela Rómulo Gallegos, plataformas institucionales que ampararon, primero, a buena parte del exilio español y, segundo, a la diáspora intelectual sureña que huía de las dictaduras.

Ese gesto de acogida, quizás con la única excepción de México, siempre abierto, no ha tenido secuelas en los años recientes.

Es bueno recordar estos hechos culturales, que son esencialmente nacionales, para anteponerlos a la mediocridad de nuestra política, a la bajeza de nuestro liderazgo y a la corrupción del lenguaje con el que nos hablan desde las más altas instancias. En términos generales, el país nunca ha estado a la altura de sus creadores y, sin embargo, los creadores lo han dado todo por el país. Ese olvido o abandono ha sido más lacerante en tiempos recientes, porque si bien antes nos condenaban los oficios –¿cuál puede ser el rol público de un poeta?, se preguntaba cualquier dirigente–, ahora nos condenan las posiciones o los credos.

Un verdadero apartheid cultural divide al campo creador en críticos y adeptos. Y ya sabemos lo que la posición crítica trae como consecuencia: el ostracismo de cara a cualquier prebenda pública. Si, pese a todo, nuestros creadores sobreviven con admirable salud, esto se debe a que la indiferencia pública ya forma parte de nuestra condición genética.

En tiempos en los que el olor a muerte, a disolución republicana, a crisis nacional, cunde por todas partes, es bueno tener muy en cuenta la voz de nuestros creadores, quienes nunca han hecho diferenciaciones de ningún tipo y mucho menos discriminado actos o gestos de nuestro gentilicio. Ante la muerte del sentido, de la condición ciudadana, ahora y siempre, cultura y más cultura. O dicho de mejor manera en los versos del gran cultor José del Pilar Rivera: “Si yo muriéndome estoy/ y me vienen a buscar/ como sea para cantar/ dejo la Muerte y me voy”.