• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

¡Culebras!

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En el edificio anexo al Museo de Ciencias se encontraban las oficinas de la Cinemateca Nacional. La planta baja la compartían el serpentario de Ramón Abdón Lancini, director del museo, y las películas de la filmoteca. A veces veía a Lancini y a un ayudante que, armado de una pértiga, sostenía la culebra mientras Lancini, arrobado, la fotografiaba como si fuese Miss Simpatía. Yo sabía que las mías, es decir, las películas, podían ser más peligrosas que las que él fotografiaba con cauteloso amor. Entonces se calificaba de culebrones a las películas y las telenovelas.

He tropezado con víboras, pero nunca he tenido una culebra con nadie. De niño, durante un paseo a la distante Baruta cruzando colinas y haciendas, apareció en el camino una cascabel y recuerdo que en lugar de gritar con académica elegancia: ¡Coño, una culebra!, dije con espesa vulgaridad: ¡Una serpiente!, y de inmediato mi hermano José Luis le reventó la cabeza de un tiro que también estuvo a punto de acabar conmigo.

Una empecinada serpiente comenzó a atormentarme desde mucho antes de que tuviera yo conciencia de lo que significaba la manzana, y todavía hoy, octogenario, siento que continúa en su empeño. Nunca me gustó que Cleopatra tuviera tan a mano aquella culebra de dos metros que le mordió un seno. ¡Con los actuales implantes al áspid egipcio le habría costado su esfuerzo! Se dice que Cleo no se suicidó, sino que fue asesinada por orden de Octavio. Es como Bolívar, que no murió de enfermedad, afirmó tantas veces nuestro necio y atolondrado caudillo, sino que fue asesinado por el imperialismo cuando éste aún no existía como tal.

Sin quererlo, mi hijo Boris, muy niño, protagonizó un escándalo en la apacible calle ciega donde vivíamos frente a un parque infantil y matas de mango que daban sombra refrescante. Como todo lugar edénico, ¡era un infierno! Los muchachos entraban en la calle en sus motos y se trepaban a los árboles donde escondían la marihuana; la policía trataba de sorprenderlos, y aquel constante y violento ajetreo alteraba mis nervios y los de Belén.

¡Ocurrió al atardecer! ¡A gritos, mi hijo pedía que no mataran su culebra! La serpiente estaba allí enroscada frente a mi casa y mi vecino, medio borracho, comenzó a disparar su escopeta errando los tiros pero acrecentando el alboroto y haciendo que Boris, con mayor desconsuelo, gritara que era su culebra favorita. “¡Pero, qué padres son esos que permiten que un niño juegue con una culebra!”, oía yo a los otros vecinos. ¡Y la culebra sin moverse! Creíamos que estaba muerta como Cleopatra, pero el hecho de que permaneciera enroscada indicaba lo contrario. “¡Dejen en paz a esa culebra! ¡No dispare! ¡No dispare!”, gritaba yo como si participara en alguna película de terror que se estuviera rodando en el Museo de Ciencias con las víboras de Lancini de protagonistas.

Cuando el hombre dejó de disparar, cesaron los gritos y se aquietaron los reiterados reproches de los vecinos, Boris corrió a rescatar a su mascota: una culebra de plástico que formaba parte de una colección de repugnantes animales que los niños de aquellos años setenta convirtieron en juguetes favoritos: ¡alacranes, tarántulas espeluznantes, gusanos verdes acromegálicos!

El epílogo de aquella ridícula peripecia fue que el hijo adolescente del vecino de la escopeta comenzó a traer de la montaña verdaderas serpientes y a cultivarlas con abnegada dedicación permitiendo que juguetearan en el jardín contiguo al mío sin que al padre se le ocurriera caerles a tiros.

Metafóricamente hablando, el país también se ha llenado de víboras y el 7 de octubre habrá que darles duro por la cabeza; pero no con tiros de escopeta ¡sino con votos!