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Tulio Hernández

Cuidar la unidad

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Uno de los grandes logros de las fuerzas democráticas venezolanas ha sido la alianza unitaria para competir juntos en las elecciones presidenciales de octubre pasado y en la de gobernadores del próximo diciembre. Fue una verdadera lección de madurez y capacidad de negociación entre fuerzas de muy diversos orígenes y credos políticos, en algunos casos con liderazgos signados por viejos rencores y desconfianzas que fueron colocados, por suerte, en segundo lugar.

Pero el triunfo del candidato oficialista –amparado en su liderazgo carismático, el ventajismo desmedido con aprobación de la mayoría de las rectoras del CNE y la puesta del aparato de Estado en pleno al servicio de su campaña electoral– ha producido un malestar profundo que, de no ser bien llevado, podría erosionar los logros de esa alianza y el innegable crecimiento del número de venezolanos que condenan el régimen autoritario conducido por el Jefe Único y abogan por la recuperación del hilo extraviado de la democracia.

Hay tres fuentes básicas de malestar. La de, primero, quienes piensan que Henrique Capriles y Primero Justicia actuaron de manera extremadamente sectaria en la campaña para las elecciones presidenciales, y dejaron pocas posibilidades de juego y participación a las demás fuerzas políticas, lo que habría incidido en el resultado final. La de, en segundo lugar, quienes creen que la campaña electoral tuvo un fuerte sesgo clase media, una gran ambigüedad en sus promesas a los sectores populares, y no fue lo suficientemente cuestionadora del régimen rojo ni defensora de la democracia como sistema. Y, en tercer lugar, a mi juicio la que tiene mayores efectos en el ciudadano común, la de quienes creen que hubo aceptación resignada de los resultados ofrecidos por el CNE por parte del candidato Capriles y poca pugnacidad de la MUD ante el ventajismo y abuso de poder oficial amparado por la mayoría de las autoridades del CNE abiertamente comprometida con el gobierno rojo.

Sobre la primera y la segunda fuente de malestar, que afecta principalmente a los activistas políticos, la MUD tendrá que propiciar un debate responsable en enero, una vez que pasen las elecciones de gobernadores y la tregua de Navidad. Pero para contribuir a reanimar a quienes apuestan por la democracia, para que vuelvan a las urnas electorales el próximo 16 de diciembre, es necesario hacer un esfuerzo explicativo y otro de imaginación política que aborde sin temores el dilema fundamental que plantea el modelo político bolivariano a las fuerzas democráticas.

Me refiero al hecho de que el régimen que el chavismo ha logrado construir aunque, de una parte, es una tiranía y un autoritarismo, no es en esencia una dictadura como algunos simplistamente lo califican. Y, a la inversa, aunque convoca a elecciones y permite el libre funcionamiento de los partidos opositores, tampoco es en esencia una democracia, como los propios voceros oficiales tratan de demostrar.

No es un juego de palabras. Hay elecciones, pero la autonomía de poderes, clave de la democracia, es absolutamente inexistente. Es una realidad que tenemos que afrontar. Por eso lo del CNE es decisivo. Si nos ponemos rigurosos y rechazamos su actuación delictiva y violatoria de la Constitución, en tanto que el Tribunal Supremo ni cualquier otro poder van a actuar correctivamente, deberíamos negarnos a participar en elecciones viciadas en su proceso. Pero, como ya sabemos, gracias al retiro en las elecciones legislativas de 2006, cuánto cuesta políticamente abandonar un espacio, si vamos a elecciones organizadas por este CNE ya sabemos –como lo denunció la MUD en el transcurso de esta semana– que hay espacios en los que el oficialismo actuará con ventajismo, arrogancia e impunidad.

Ese es el gran dilema. Todos sabemos cómo se hace política en democracia. También cómo se lucha contra una dictadura. Ahora tenemos que aprender cómo se enfrenta, sin pecar de ingenuos ni tomar atajos equivocados, el autoritarismo del siglo XXI. Y para aprenderlo con éxito no es necesario hacer leña de la MUD, sino reinventar la política, juntos.