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Francisco Suniaga

Cuestión de percepciones

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La política en una democracia tiene sus escenarios naturales: el parlamento, los medios de comunicación, las instituciones. En Venezuela, a lo largo de quince años y al impulso de su dinámica esencialmente antidemocrática, el chavismo ha cerrado o reducido al mínimo la posibilidad de que la política fluya en tales espacios. El gobierno chavista no contempla ni por asomo la alternabilidad en el poder y se ha dedicado sin disimulos a acumular todo el que sea posible para detentarlo ad eternum. El equilibrio del poder en la sociedad hace tiempo que se perdió y los mecanismos para recuperarlo por vía electoral están bloqueados.

La realidad detrás de este razonamiento relativamente teórico es bastante más complicada y en ella las percepciones de los opositores  importan de manera determinante. En el plano económico, por ejemplo, las percepciones son compartidas incluso por una mayoría de venezolanos que va más allá de la oposición. Las preocupaciones por la inflación, las devaluaciones sucesivas, la escasez, el desempleo, etcétera, son comunes: Venezuela vive un inocultable desastre económico.

Igual ocurre con las percepciones en el plano social. Algo muy malo está ocurriendo en un país donde se dan episodios como el de la gandola cargada de reses que se volcó hace unos días en Morón. La forma como la población colindante al lugar del accidente descuartizó a machetazos las reses en la propia carretera fue tan bárbara, tan brutal que habría espantado a una manada de leones. Cualquiera, al ver las gráficas, concluye que la inseguridad que asfixia al país y es causa principal del éxodo de sus ciudadanos tiene fuentes muy profundas.

El problema de las percepciones se complica mucho más en el plano de lo político por cuanto han sido divergentes y percibir con precisión al adversario es crucial para combatirlo.¿Se está enfrentando a una dictadura o a una “democracia deficiente” (para darle un nombre)? Dependiendo de esa percepción, por supuesto, se derivará una forma de confrontarla.

Chávez fue un maestro en enviar señales confusas y los demócratas de Venezuela y el mundo divergían en torno a la calificación del régimen. Con sus retiradas estratégicas, generaba expectativas de apertura democrática que hacía lucir como exagerados a quienes calificaban de dictadura su gobierno. Maduro, desde la misma campaña electoral de abril pasado donde solo el ventajismo pudo salvarlo, ha demostrado ser muy torpe en el manejo del poder heredado. 

Con Maduro, quien no anda con disimulos ni entiende de mano izquierda, el autoritarismo se ha acelerado y magnificado. Su política hacia los medios de comunicación, para tomar solo una muestra, se ha traducido prácticamente en un cierre de los mismos para la oposición. Por esa razón su mensaje no llega hasta la mayoría de los electores potenciales. Las posibilidades de siquiera volantear en los barrios caraqueños, otro ejemplo, han sido impedidas por los colectivos terroristas. Adicionalmente, Maduro ha abusado del aparato judicial para atacar e intimidar a los opositores y él mismo se da el lujo de anunciar los encarcelamientos en cadena nacional. Basta recordar la campaña de pasquines con las imagines de Capriles, López y Machado y su estigmatización como trilogía del mal.

El caso de la Asamblea Nacional no ha podido ser más claro. El gobierno de Maduro manipuló la justicia, allanó las inmunidades de parlamentarios opositores y alteró lo que el pueblo había expresado en las urnas. Así consiguió algo que los venezolanos con el sufragio le habían negado: la posibilidad de disponer de una mayoría calificada que lo habilitara para legislar. O sea un golpe de estado a la soberanía popular. En resumen, a Maduro, que todavía tiene sobre sí la sombra de la ilegitimidad por negarse a revisar los resultados electorales del 14-A, lo único que le falta es desconocer abiertamente unos resultados electorales desfavorables. Nada indica que no sería capaz de hacerlo.

Las protestas que aún persisten, independientemente de quiénes las hayan convocado inicialmente, han servido para que la oposición en su conjunto, y los venezolanos mucho más allá de ella, compartan la percepción de que se está confrontando una dictadura. Con su torpe, primitiva y criminal represión, Maduro facilitó mucho las cosas. Ahora nadie duda en Venezuela ni ignora en el mundo que el país está bajo un régimen dictatorial. Lo que toca a continuación es afinar la forma de enfrentarlo. Ese ha sido, entre otros, el mayor logro de esta jornada de protestas.

La otra gran conquista ha sido dejar expuesta la extrema fragilidad de este gobierno.  Su reacción exagerada ha sido la muestra más clara de esa debilidad. Las armas que  desarrollaron para aplastar a la democracia son inútiles en el mundo moderno (los cubanos se pelaron). La opinión pública internacional lo ha condenado. Esa condena será el cristal a través del cual todas sus acciones futuras, y las de la opositores, serán vistas y juzgadas. La oposición, por su parte, ha descubierto fortalezas que no sabía que poseía. Ya vendrán otros rounds, pero este se ganó.