• Caracas (Venezuela)

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Alicia Freilich

Cuervocracia

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Ave de negro plumaje, grito ronco, se nutre de corroña, restos alimenticios, hierbas tóxicas y pequeños animales. En la mitología universal sobresale como símbolo de mal agüero. La dirigencia chavista añade varias subespecies a su nociva permanencia en otras regiones.

El cuervo superior es vivaz, de pico grueso en ruido continuo para movilizar y aumentar el tamaño de su banda. Se tiñe de rojo con la sangre de sus víctimas y sus predilectas son parias sin nido, inermes ante su voracidad que exige carne y alma ya podridas. Oportunista, los cría y entrena en su quehacer o los deja a la intemperie hasta que se debilitan convertidos en carroñeros ambulantes que descuartizan a sus presas en el mismo estilo de su temible graznido. Numerosas aves cantoras diferentes, de variados y hermosos trinos, huyen o se tapan las orejas para sobrevivir esa bulla carnicera que comercia con despojos.

La corroñofilia puede cambiar el color de muchas plumas para despistar pero aun disfrazada del tricolor nacional subsiste con bandera negra yihadista nutrida en muerte, crueldad y engaño. Es corroñera por naturaleza.

En el siglo XXI surge la dupla, una infraespecie de rojos viejos verdes, pajarotes nocturnos, un par de córvidos que aparentan ser pareja y de facto son un disfuncional matrimonio solo administrativo. A la izquierda, el empapado de sangriento rojo vivo desde su cuna en lugar desconocido, se babea por una pájara brava de aspecto grácil llamada revolución. Por ella cumple órdenes cruzadas entre cuervos mayores locales y extranjeros. Compensa su pequeñez de cerebro, en pesado y lento cuerpo, regalando a la pajarola –que simula inocencia de comeflor pero acumula muchos criminales fracasos– una inmensa riqueza ajena que agota en poco tiempo. El otro cónyuge negro a la derecha, corto de mente, verbo y figura, odia lo colorado pero astuto al fin, por ahora se tiñe de escarlata mientras enamora a la misma falsa pajarita con su enorme fortuna personal cuyo origen también es muy oscuro. Junto a su banda de iguales forrados en plumas doradas, se sostiene sobre una rama fuerte, peñones en pico y garra. Ambos ejemplares y su cortejo ignoran que la pajarera revolución de sus ansias los está devorando poco a poco.

Para derrumbar de una vez ese nicho duplex, luce que no bastan las permitidas piedritas del camino. Se necesita además la fuerza de halcones y águilas en rapiña bajo control, diestros en cazar buitres y zamuros, un apoyo que comandea una sola, gigantesca bandada de distinto calibre, incluidos cuervitos rosados y recién desplumados porque los pajarracos no toleran su agudo gorjeo. Todos hambrientos de comida sana y del aire limpio. Hartos de basureros, trampajaulas y cloacas. Pero ese final es imprevisible y de alto riesgo, pues los ayudantes son cuñas del mismo ramo verde oliva.

Así explica el estado actual del complejo régimen Cuervolandia, un paisano –refugiado joven profesor– a sus alumnos de una universidad foránea.

Por sus reacciones en esta clase inaugural se comprueba que no falla el método pedagógico de la fábula orwelliana Rebelión en la granja (1945) para dibujar el totalitarismo patrio a todo color.