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Sergio Dahbar

Cuentos chinos

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Hoy en día uno puede compartir un ascensor en Caracas con nueve ciudadanos chinos. Es uno de los cambios que se han producido en las corrientes de inmigración a partir de la decisión de China de convertirse en primera potencia económica mundial. Venezuela no podía quedarse fuera del periscopio de los negocios orientales, sobre todo con la papaya que dio por 13 años el monje que vendió su Ferrari y criticó a Maduro.

Pero entre todos los chinos que podrían venir a Venezuela, hay uno que jamás tomará esa decisión. Se llama Liao Yiwu y tiene 55 años. Vive en Berlín y, como dicen algunos campesinos, no pisará tierra venezolana por ahora, porque quien se quema con leche le tiene miedo a la vaca. Y Yiwu se quemó con el comunismo chino.

Yiwu nació en Sichuan en 1958, cuando en su país inconmensurable el Partido Comunista decidió dar el Gran Salto Adelante. Esta campaña de medidas económicas, sociales y políticas, que quiso ser admirable, buscaba salir de la economía agraria tradicional y encaminarse hacia una rápida industrialización.

Como casi todas las ideas geniales de los comunistas, este proceso que vislumbró la genialidad de Mao Zedong y que en la teoría parecía ser una salvación para el pueblo produjo la gran hambruna china que mató entre 18 millones y 32 millones de personas.

Mao quería superar a Estados Unidos y atrapar al Reino Unido con esta genial decisión de poner a los campesinos de toda la vida a producir acero en el patio de sus conucos. Como no conocían el arte de la fundición, ni tenían tecnología adecuada, la catástrofe fue, como todo en China, de dimensiones brutales.

Ese fue el signo que recibió a Yiwu en la tierra. En ese terror creció en sus primeros años y después, como si acaso estuviera pagando alguna pena de otra vida, abandonó el Gran Salto Adelante para desembocar en la Revolución Cultural. Su padre fue señalado de contrarrevolucionario. Ese delito era juzgado por los jóvenes radicales de la Guardia Roja, que podían decretar el ostracismo, las humillaciones o la muerte.

Con esa impronta creció Yiwu y se transformó en un rebelde. Sus poemas “La ciudad amarilla” e “Ídolo” ratificaron su condición de paria en una sociedad imposible que criminaliza toda crítica ideológica y política. En 1989 un poema suyo, “Masacre”, avizoró el desenlace trágico de la plaza Tiananmen. No pudo imprimirse, pero Yiwu lo grabó en cassettes y lo distribuyó de manera espontánea.

Fue condenado a cuatro años de cárcel, y sometido a torturas y reclusión. Esa experiencia fue tan dura que la recordó dolorosamente en la Feria del Libro de Guadalajara, donde fue invitado por la editorial Sexto Piso para presentar la traducción al español de su libro El paseante de cadáveres, extraordinaria e insólita colección de entrevistas realizadas a gente del submundo chino que no conoce los beneficios de la globalización actual china.

Así habló de su reclusión y tortura. “Creo que este acontecimiento es, además, el destino de China, y al ser el destino de China, se transformó en mi propio destino, sobre todo después de que me encarcelaran. Esta experiencia en la cárcel fue para mí una pesadilla. Entonces, cada vez que pienso en un poema o en la poesía, lo que viene a mi mente es una pesadilla”.

Las entrevistas de Liao Yiwu tienen la extraña cualidad de profundizar en el pasado de China. No se quedan en la epidermis de la actualidad. Y esa característica las convierte en piezas asombrosas. En una de ellas presenta a Zeng Yinglong, campesino calvo y bizco, que se proclama emperador porque oye la voz de una salamandra que le anuncia su reinado. Yiwu conoció a Yinglong en la cárcel.

Yiwu entrevista a caníbales (gente que se comió a familiares para sobrevivir a la Hambruna), paseantes de cadáveres (quienes trasladan los muertos hasta su tierra natal), adivinos, espiritistas, limpiadores de baños, músicos de entierros, tratantes de mujeres, saqueadores de tumbas, embalsamadores… Toda una sociedad que se encuentra fuera de la estructura del éxito económico y que él llama la China Profunda.

Cuando Liao Yiwu salió de la cárcel, el panorama que encontró no podía ser más desolador. La esposa lo había abandonado y los escritores no querían verlo, para evitar represalias. Finalmente, se exilió en Alemania y en 2012 recibió en Frankfurt el Premio de la Paz de los libreros alemanes.

En estos días escribió en su blog de The New York Review of Books una entrada, el 4 de junio pasado, donde recuerda los hechos trágicos de Tiananmen. Se cumplen 25 años de la masacre y el exilio de muchísimos jóvenes chinos que se enfrentaron a tanques con piedras, palos, fuego y mensajes de cambio. He aquí algunas de sus líneas:

“La gente en Occidente solo supo sobre el Hombre del Tanque (se llamaba Wang Weilin) porque se paró solo en una avenida inmensa y detuvo los tanques. Era una larga fila, humeante, como miles de insectos flatulentos. De lado y lado intentaban pasar por su lado, pero el los detenía una y otra vez. Estás hecho de hierro, yo soy de carne y hueso, vengan, hijos de puta! Esta escena ingresó a la historia porque casualmente había reporteros extranjeros grabando. Me contaron que hasta el viejo presidente Bush lloró cuando vio la grabación. Esa noche hubo incontables personas como el hombre del tanque pero no fueron grabados.

“El Hombre del Tanque no era uno de los líderes estudiantiles, no era ningún intelectual, nadie había oído hablar de el. Dejó esta pequeña escena, un indeleble ícono de la historia, y luego algunas personas se lo llevaron. Nadie sabe qué paso con él. Más de 100.000 chinos se exilaron después del 4 de junio. En Hong Kong la Operación Pájaro Amarillo continuó durante años ayudando a la gente a escapar. Pero en ninguna de esas listas figura el nombre de Wang Weilin. Incluso las personas con las que hablé para mi libro, no supieron del Hombre del Tanque en sus cárceles ni campos de detención”.

Liao Yiwu informó en su blog que recientemente en la capital de China se desató una ola de arrestos. Para él buscan frenar cualquier conmemoración del 4 de junio de 1989.

“En el apartamento del profesor de la Academia de Cine, Hao Jian, y más de una docena de intelectuales, se habían reunido para un debate. Todos fueron arrestados y cinco siguen detenidos por la severidad de sus crímenes: el abogado de derechos civiles Pu Zhiqiang, el investigador de las ciencias sociales Xu Youyu, el activista religioso quien fuera prisionero político Hu Shigen y la bloguero Liu Di (quien nació a finales de los 1980) y el profesor Hao Jian, cuyo primo fue asesinado en 1989”.

Liao Yiwu piensa que estos hechos demuestran que los años de Mao han regresado a China. Para él solo significan el regreso del horror que vivieron sus padres y él conoció en carne propia. Por eso jamás se montará en un ascensor caraqueño.